-Premio Concurso Dominicano de obras teatrales 1989-
William Mejía
Personajes
Por orden de entrada.
DIONISIO. – Primo de Martín.
CÉSPEDES. – Un galeno de hospital.
MARISELA. – Auxiliar de Céspedes.
AURORA. – Novia de Martín.
WALKIRIA. – Ex-novia de Martín.
MARCO. – Hermano de Walkiria.
MARTÍN. – Soldado de academia.
Escenografía
Es una habitación, en un hospital público de pueblo. Al fondo hay una cama con un herido, al que se le suministra un suero. Hay una mesita, una silla, etc.
Acto único
DIONISIO. – (Detrás de la cama, frente al herido y al público, mientras se escucha una música suave.) Usted no se puede morir, primo. ¿Me oye? (Saca una botella de ron de debajo de su chaleco, y toma un trago. Se nota que ha tomado mucho.) He pasado más de media noche aquí, y no me voy a dormir, porque usted se me muere entonces... Y es necesario que usted siga en medio, primo, para que la vida encuentre siempre con qué tropezar. (Suena otra pieza musical suave.) Esa música (señala hacia arriba), es como para fines de entierro. Pero yo estoy seguro de que no se refiere a usted. (Otro trago.) La familia de nosotros está hecha de una madera muy resistente... Sí, se me figura que usted va a seguir disfrutando de la desazón de la vida. Y, fíjese bien, no importa los balazos que fueron; así como son siete, pudieron haber sido veintiuno, o sesenta y tres, para el caso da igualito. (Otro trago.) Un Martínez, de la rama de nosotros, no se muere cuando el otro quiere, y además...
Siente que alguien se acerca y esconde la botella bajo el chaleco, al tiempo que se sienta en la silla.
CÉSPEDES. – (Entra seguido por Marisela. Palpa al herido.) Es increíble, pero este soldado aún está vivo.
MARISELA. – (Revisa el récord.) Parece que tiene muchas ganas de vivir, doctor.
CÉSPEDES. – De morir, diría yo. Un soldado, en tiempos de guerra, le está pisando siempre los talones a la muerte.
MARISELA. – Esto no es todavía una guerra.
CÉSPEDES. – Lo mismo da guerra o guerrilla. Son casi las mismas consecuencias. Mire a toda esa gente tirada en este hospital.
MARISELA. – Hablaba del desequilibrio de fuerzas.
CÉSPEDES. – Y yo, del poder de las armas, no del número de ellas. Mire, éste que agoniza es de los más, y véalo ahí, con remotísimas posibilidades de vida, por no decir ninguna, porque ni siquiera se le puede mover para llevarlo a la capital.
MARISELA. – (Inyecta al paciente.) Quizás le pueda ayudar su vitalidad.
CÉSPEDES. – Ojalá que ese deseo suyo encuentre apoyo en alguna parte.
MARISELA. – Usted es insensible, doctor.
CÉSPEDES. – ¿Será la costumbre de ver la muerte tan cerca de mí?
MARISELA. – Admite entonces que es insensible.
CÉSPEDES. – De ninguna manera, sólo complazco su curiosidad.
MARISELA. – ¿Siente por los muertos?
CÉSPEDES. – Claro que siento por los muertos; especialmente si son muertos innecesarios, como los de la guerra.
MARISELA. – Coincido con usted. Los muertos de la guerra son una desgracia; mi padre era capitán del ejército y murió en la guerra civil defendiendo la constitucionalidad. Por eso he tenido siempre mis ideas en estos problemas… Y, dígame una cosa, doctor, ¿siente también por los vivos?
CÉSPEDES. – Sí, específicamente por los que están enfermos y no se pueden curar.
MARISELA. – ¿Y por los que están enfermos de amor?
CÉSPEDES. – Esa enfermedad no existe.
MARISELA. – Le aseguro que existe... Debería hacer un alto y mirar a su alrededor. Luego de mirar, que es un asunto panorámico, vea en ese alrededor a algunas personas importantes. Observe ahora los detalles en las personas importantes. No hay dudas, debe reconocer que a su lado hay gente que muere de amor, y usted no hace nada por remediarlo.
CÉSPEDES. – ¿Quién muere de amor a mi lado?
MARISELA. – Observe bien le dije...
CÉSPEDES. – ¿Sabe? Yo soy hijo de una familia muy religiosa, enemiga de la guerra, y por eso yo soy enemigo de la guerra. Y, antes de irme a la universidad, mi relación única vino de monaguillos y de catecismos. Por eso sé poco de todo lo demás... De modo que no le sorprenda que yo observe y no vea a nadie muriéndose de amor por aquí.
MARISELA. – (Cambia de conversación.) Doctor, aparte de este señor (por Dionisio), hay una muchacha en la sala de espera que dice conocer a este soldado, y afuera hay otras dos personas que quieren entrar a verle.
CÉSPEDES. – Aunque no es la norma, que los dejen pasar. (En disposición de irse.) Pero que nadie pase a otro sitio que no sea el privado No. I... (Concluyente.) En este privado hay ya realmente poca cosa qué hacer. (A Dionisio.) Como usted es el familiar más cercano que tiene este soldado en el pueblo, yo le exhorto a prepararse para lo peor.
DIONISIO. – ¿Cómo?
CÉSPEDES. – Debo sincerarme con usted..., es un caso imposible. (Se va seguido por Marisela.)
DIONISIO. – (Se pone en pie y va hasta la puerta por donde salieron. Se cerciora de que se fueron ya.) Óigame, yo he estado siempre en lo peor, de modo que no tengo que prepararme para nada. Y sobre eso de imposible, ya lo veremos, medicucho... (Al herido.) Sí, ya lo veremos, primo, porque usted es un Martínez “de a verdad”. (Saca la botella y toma.)
AURORA. – (Entra apresurada, con vestuario sencillo.) ¿Cómo está Martín?
DIONISIO. – Bueno, Aurorita, según el matasanos que acaba de salir, Martín no está entre “Lucas” y “Juan Mejía”, ese lugar ubicado entre “Lucas”, el lado bueno, y “Juan Mejía”, el lado malo. No, qué va, el primo Martín está definitivamente en el lado malo, allá por donde le dicen “Juan Mejía”.
AURORA. – ¡Oh, Martín! (Cae de rodillas al pie de la cama.)
WALKIRIA. – (Entra, seguida por Marco, ambos con vestuario elegante.) Querido Martín, desde que lo supe vine enseguida. Pensé de inmediato en lo mucho que podrías necesitarme. (Ve a Aurora.) Pero no me explico qué hace esta infeliz aquí.
AURORA. – (Mira a Walkiria con ojos de fuego.) ¡Walkiria, condenada traidora...! (Salta sobre ella.) ¡Por ti fue que Martín se fue a la guerra!
WALKIRIA. – ¡Suéltame, estúpida!... ¡Marco, ayúdame!
Las separan, y se quedan mirándose de manera desafiante.
DIONISIO. – ¡Basta! ¡Basta! Éste no es un lugar para pelearse. (Va hasta la cama.) Mire como es la cosa, primo, usted muriéndose y estas dos peleándose por usted. Eso es lo que se llama un macho.
MARCO. – (A Martín, con aire amanerado.) Yo vine también a verte, mi amigo Martín.
Necesitas de mí y de mi hermana Walkiria. Tú necesitas a los amigos decentes; no a gente desechable, inmundas ratas de basureros.
DIONISIO. – Qué lástima que aquí no rieguen veneno contra las ratas; para ver si se van definitivamente o ruedan echando espuma por la boca.
MARCO. – ¿A quiénes te refieres con eso de que “ruedan echando espuma por la boca”? ¿Se puede saber?
DIONISIO. – “Con mucho gusto y fina voluntad”, como dice mi amigo Timosenko; uno de los que menciono es aquel homosexual, nieto de un “hombre serio”, pero cuya hombría se “debilitaba” visiblemente cuando tomaba alcohol. Ese homosexual al que me refiero es el que echaron de su casa al comprobarse la equivocada orientación de su sexualidad y se mudó luego a un apartamento, acompañado por su querida hermanita, después que se les fue a pique la serenidad del hogar paterno.
MARTIN. – Si te refieres a mí, debo decirte que la orientación sexual es una opción que le corresponde estrictamente a la persona y…
Martín se mueve en la cama.
DIONISIO. – (A Marco.) Espérese...
MARTÍN. – (Se mueve en la cama y delira.) No, no..., morir no. ¡Prendan la luz!
Dionisio lo agarra y trata de tranquilizarlo.
DIONISIO. – No se ponga “desesperoso”, primo, que quizá esa luz se le prende de nuevo.
MARTÍN. – La luz, la luz...
DIONISIO. – Si no fuera porque estamos en este sitio, yo le prendería a la luz suya con dos o tres petacazos, como en los tiempos viejos; pero ya ve usted, primazo, ni eso se puede...
Sigue hablándole y bajando la voz, al tiempo que la luz baja también, hasta hacerse la oscuridad total. A oscuras, Martín delira.
MARTÍN. – (Con voz jadeante.) La luz, la luz... (Suenan explosiones, como si fueran cañones.) ¿Y eso? ¿Es que a pesar de tantas bombas y morteros, siguen aún resistiendo? (Un ametrallamiento.) ¿Qué ocurre ahora? ¡Son ellos! ¡Son ellos! Pero, cómo. Mi fusil. Ahora no dispara. ¡Ahhhh!
Crece el tableteo y se detiene bruscamente. La luz sube poco a poco... Martín está ahora de pie, en pantalón de pijama y con el pecho vendado, en primer plano. Junto con Dionisio, que aparece también de pie y muy bebido, con una camisa distinta y la botella en la mano. Al fondo se ve la cama con una simulación del herido encima.
DIONISIO. – ¿Qué le parece, primo?
MARTÍN. – No, Dionisio. Yo no creo que eso a lo que le llamas vida, sea la vida.
DIONISIO. – Ah, usted, primo Martín. ¿Usted recuerda aquellos tiempos en que la pasábamos entre libros y esperanzas, entre sueños y alegrías? Todo se fue a pique, primo, usted se fue a la academia militar, más por el capricho de Walkiria que por otra cosa, diría yo, y nosotros nos quedamos haciendo lo de antes, jugando a descubrir estrellas en los amaneceres. En fin, en la vida, primo; porque usted no me va a decir que la vida es esa agonía repentina que tiene usted ahí, echado en esa cama, ese estado moribundo por defender lo ajeno.
MARTÍN. – No es ajeno, Dionisio. La Patria es también mía..., tuya.
DIONISIO. – (Por la candidez de Martín.) Ay, primo. (Toma un trago.)
MARTÍN. – Además, morir por estas cosas es un verdadero canal hacia el cielo.
DIONISIO. – Ésas son las teorías de Marco, el hermano de Walkiria.
MARTÍN. – Un hombre santificado, no lo puedes negar.
DIONISIO. – Muy santo, tan santo como la hermanita.
MARTÍN. – Ella es caprichosa, es verdad.
DIONISIO. – Y algo más que caprichosa, primo.
MARTÍN. – ¿Qué quieres decir?
DIONISIO. – Para refrescar su memoria, déme recordarle que la abuela paterna de Walkiria era conocida en estos alrededores como “La mujer fatal”; no porque tuviera mala suerte en su vida, sino porque le acarreó la fatalidad a los muchos hombres con los que se fue a la cama; y, como hemos hablado algunas veces, las mujeres heredan la conducta de sus abuelas. Y, esa muchacha, como hija de un hogar deshecho, apunta muy bien a ser ahora “La nieta fatal”. De modo que no fue un caso aislado lo que ella le hizo hace poco... Acuérdese también que los viejos dicen que “a la mujer hay que buscarla por familia”, y la familia de Walkiria...
MARTIN. – No hables así.
DIONISIO. – ¿Qué pasa, primo? Esa muchacha no es ya su novia.
MARTÍN. – No sabes de qué hablas.
DIONISIO. – Cuídese de ella, primo, y agárrese de Aurora, quien cree en el amor como verdad de la vida y tiene un profundo concepto de la fidelidad. Recuerde que la abuela materna de ella era la mujer más seria de estos alrededores.
MARTÍN. – Pero, hablas de las divinidades como si fueran...
DIONISIO. – (Sorprendido.) Divini... ¿qué? Ahora si fue verdad que usted me la puso difícil, primo. ¿Divinidades? Ésas mujeres son Aurora, su nueva novia, y Walkiria, la ex “incumbente”.
MARTÍN. – No entiendes nada. El alcohol te embota. ¿Por qué le entregas así tu vida al alcohol?
DIONISIO. – Recuerde que yo soy nieto de Rómulo Martínez, quien tiene en la región el récord de más días corridos bebiendo. A él lo admiraba desde niño por las historias que se contaban; bebía luego como can juvenil, jolgorio en el que participaba también a usted… Cuando usted se fue, vino entonces la degeneración… Y no le entrego mi vida al alcohol, primo, es al revés. Le entrego el alcohol a la vida. (Termina la botella.) Y usted, si sigue en la honda de las divinidades, resístase a la muerte, no deje que Walkiria toque su cuerpo en esa cama. Záfese de sus garras, y quédese en esta vida, es lo mejor. Se lo dice su primo... Y ahora, déjeme ir por otra botella, para seguir rumiando soledades. (Se va.)
Martín da unos pasos y mira hacia la cama. Se escucha una especie de viento terrorífico. La simulación de herido se mueve en la cama, y Martín, de pie, se retuerce por el dolor.
MARTÍN. – (Con palabras forzadas.) No, Walkiria, no. No podrás conmigo. No, no… No podrás.
Walkiria entra por el lado contrario al que salió Dionisio. Está vestida de blanco y lleva un velo transparente sobre el rostro. El viento terrorífico aumenta y se detiene de repente.
WALKIRIA. – Sí, podré. Quien no debe esquivar mis designios eres tú, mortal criatura.
MARTÍN. – Te conozco, Walkiria... Sé de tus caprichos. Conmigo no podrás.
WALKIRIA. – ¡Es el designio! ¡No te resistas!
MARTÍN. – ¡Sí, lo haré!
WALKIRIA. – La misión mía sigue siendo la de siempre, Martín, aunque ahora con cierta variante para acomodar con la modernidad. Esa misión es llevar las almas de los valientes al trono infinito de Odín… ¿Sabes que con sólo tocar tu cuerpo, que está ahí, tirado en esa cama, te haría morir?
MARTÍN. – (Se dobla otra vez por el dolor.) ¡Inténtalo!
Entra Aurora, toda vestida de colores, como imitando a la primavera, y una música suave sustituye a la anterior.
AURORA. – ¡Sí, inténtalo! Y sabremos cuál de las dos tiene más poder.
Se miran desafiantes por unos segundos.
WALKIRIA. – ¿Quién te llamó, Aurora?
AURORA. – Descúbrelo, espíritu de las tinieblas. Y a ti, ¿quién te envió? Tú te tomas tus libertades, ¿no?
WALKIRIA. – Está bien..., vamos a hacerlo en buena lid. Ayudemos a Martín a encontrar la mejor de las razones.
Dionisio aparece en la puerta, sorprendido. Ellas no reparan en él.
AURORA. – Aceptado. Empieza tú.
WALKIRIA. – Martín, ¿qué es la vida?
MARTÍN. – ¿La... la vida?... No... A la verdad que no he tenido tiempo de pensar en eso... No lo sé, no.
DIONISIO. – Primo, dígale que la vida es la bebida, para que pase el primer punto.
WALKIRIA. – Es tu primera derrota, Aurora. Se supone que quien no conoce qué es la vida, no la necesita.
AURORA. – Es posible que un concepto no se conozca teóricamente, pero la práctica puede decir todo lo contrario.
DIONISIO. – (Para sí.) Ah, muy bien, entonces, la divina muchachita es una excelente pragmática.
AURORA. – Di, Martín, ¿no te gustaría seguir viviendo?
MARTÍN. – Claro, todo está por hacerse todavía.
DIONISIO. – ¡Empate!
WALKIRIA. – ¿Ah, sí? ¿Te gustaría seguir viviendo si te faltara, por ejemplo... una pierna... o las dos?
MARTÍN. – ¿Sin piernas?
WALKIRIA. – ¿Y si al mismo tiempo te quedaras sin la vista?
MARTÍN. – (Casi desesperado y mirándolas alternativamente a las dos.) ¿Mis ojos, también?
Se escucha un viento terrorífico.
WALKIRIA. – ¿Cómo podrías ir a la guerra, hacer deporte o salir con tu novia?
MARTÍN. – ¡Dios mío! Eso no, no.
WALKIRIA. – Has escuchado la respuesta, Aurora.
AURORA. – ¡Pero no es lo que quieres hacer creer! No se trató de una negación, sino, más bien, de una suplica. (A Martín.) ¿No podrías sonreír sin piernas y sin ojos carnales?
MARTÍN. – Oh, Dios, no sé, no sé.
DIONISIO. – Ha llegado la señora duda.
AURORA. – Bien, pienso que Martín debe tomarse el tiempo justo.
WALKIRIA. – Aceptado. Ya verás, Aurorita, que no te servirá de nada abrirle las puertas de la vida. Tiene la mejor de las razones.
AURORA. – Tendremos que hacer un pacto.
WALKIRIA. – Te escucho.
AURORA. – Saldremos de aquí, y ninguna de las dos entrará hasta que Martín tenga bien clara su decisión.
WALKIRIA. – Convenido, querida.
Se van las dos.
DIONISIO. – Bueno, primazo, yo he cambiado verticalmente de parecer. Si usted ha de vivir sin las piernas, eso es desvivir. Y sin ojos ni se diga. Mejor sería pegarse unos tragos violentos, y subir medio raro al cielo, para que conteste lo que le venga a la boca cuando lo bombardeen a preguntas.
Se toma Otro trago, se sienta recostado de la pared, y dormita.
MARTÍN. – (Confuso y con ojos desorbitados.) Sí, es cierto. Sin ojos y sin piernas sería solamente un estorbo. No…, no...
Música suave de nuevo.
DIONISIO. – (Adormilado.) Porque lo dijo ya el poeta. “¿Qué es la vida? Un frenesí, ¿qué es la vida? Una ilusión. Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”
MARTÍN. – Sí... no puede ser otra cosa.
DIONISIO. – Si uno no ha de pensar por ser inválido y ciego, la existencia es imposible... El filósofo aquel tenía razón, primo; estaba seguramente borracho cuando descubrió que existía.
MARTÍN. – La existencia, la existencia.
DIONISIO. – Y, ¿sabe, primo? Lo que es la vida fuera de esta botella, no tiene ningún propósito.
MARTÍN. – ¿No hay sentido para estar vivo, entonces?
DIONISIO. – Por lo menos para mí, fuera de la botella, no. Mis anhelos se frustraron hace tiempo. Tenía metas, esperanzas, y hasta mujer... Hoy tengo sólo esta botella; que, por cierto, según el otro filósofo, como es botella puede ser también cualquier otra cosa; y así como la tengo, puede ser también que ella me tenga a mí.
MARTÍN. – ¿Qué hacer, Dios?
DIONISIO. – Mire, primo (se pone en pie), póngale mente a esto; cójalo como venga, pero por el lado de la decisión de los Martínez “de a verdad”, que quedamos nada más dos. (Otro trago.) Recuerde que una vez lo dijo alguien, “cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. Y con usted abandonarse a Walkiria, no sufrirá ya ni ceguera ni invalidez.
MARTÍN. – Mis ojos..., mis piernas.
CÉSPEDES. – (Entra, vestido ahora como un cura.) He venido por si deseas confesarte, hijo.
MARTÍN. – Gracias, padre.
DIONISIO. – ¿Padre de qué, primo? Éste es el médico que lo atiende, aunque venga vestido como cura.
MARTÍN. – No sigas tomando, Dionisio, porque lo estás viendo todo al revés.
CÉSPEDES. – Si necesitas de la confesión, aquí estaré, Martín.
MARTÍN. – No tengo nada qué confesar.
CÉSPEDES. – Te informo que las cosas de Dios funcionan de la siguiente manera: mientras más pequeño es el motivo de los hombres, más grande se hace su intención ante los ojos del Señor. Por esa razón, todo el mundo tiene qué confesar, aunque sea el más insignificante de los detalles.
MARTÍN. – Yo no.
CÉSPEDES. – Ése es un orgullo mal entendido. Es bueno, de vez en cuando, conversar con Dios.
MARTÍN. – ¿Puedo hacerlo a través de usted, padre?
CÉSPEDES. – Soy el representante de Dios en este pueblo.
DIONISIO. – A Dios nadie lo representa, porque no se trata de una obra de teatro.
MARTÍN. – Tengo mis dudas.
CÉSPEDES. – Los de la guerrilla dicen así mismo, y no es posible que la gente del Ejército Nacional coincida con los guerrilleros, cuya Biblia es el “Manifiesto Comunista”.
MARTÍN. – No voy a coincidir jamás con los guerrilleros.
CÉSPEDES. – Ejército y guerrilla coinciden en ser propiciadores de la muerte.
MARTÍN. – Yo actúo de manera oficial.
DIONISIO. – Y los guerrilleros de forma privada, es verdad lo que dice el primo.
CÉSPEDES. – ¿Hay diferencia en un muerto provocado por el Gobierno o por la guerrilla? Quisiera saberlo.
Entra Marisela, vestida como una guerrillera, con un fusil a cuestas y con boina, toma posiciones.
MARISELA. – ¡No se mueva nadie, en nombre de la libertad!
MARTÍN. – (Busca su arma detrás de la cama y se posiciona también.) ¡Muera esta guerrillera, en nombre de la Patria!
DIONISIO. – Guerrillera no, primo, es la enfermera que lo cura.
MARTÍN. – ¡Cállate, Dionisio, esto es asunto militar!
Se produce como si fuera una batalla simbólica entre el soldado y la guerrillera.
CÉSPEDES. – Basta, señores, no podemos seguir desangrando al país.
MARISELA. – El poder popular está en el fusil.
MARTÍN. – Lo tuyo es simple locura. Te están usando los poderes internacionales para destruir a la Patria.
MARISELA. – Y a ti te están usando los poderes nacionales para perpetuar sus privilegios.
DIONISIO. – La derecha y la izquierda están en competencia, mientras mi derecha y mi izquierda luchan por mantener en alto esta botella.
CÉSPEDES. – ¡Paren esto, por Dios!
MARISELA. – Vengo a curar al cuerpo social de todos los males que padece.
MARTÍN. – Y yo no permitiré que contaminen el cuerpo social con esas trasnochadas ideas.
MARISELA. – Por mis ideas seguiré combatiendo.
MARTÍN. – Y por las mías yo haré otro tanto.
CÉSPEDES. – ¡Basta, basta! No permitiré que sigan peleando. ¿No saben que se desangran inútilmente?
MARTÍN. – Inútilmente no, padre. Yo tengo compromiso con la Patria.
DIONISIO. – Ay, primo.
MARISELA. – Tú no crees en ninguna Patria, soldado.
MARTÍN. – Tú eres la que no crees en la Patria, guerrillera. El comunismo es claro en sus planteos de destruir los cimientos tradicionales del espíritu patriótico que hemos conocido desde niños, para instaurar otro concepto tan confuso como el pensamiento original de los padres de esa teoría. Eso me enseñaron en la Academia Militar Internacional.
MARISELA. – Te aseguro que yo estoy en las montañas del lado de la Patria.
MARTÍN. – Yo limpiaré las montañas de la locura guerrillera.
MARISELA. – Y yo haré que las ideas retiemblen en el corazón de la cordillera.
CÉSPEDES. – Basta dije. Nadie se va a matar aquí. Suelte ese fusil, Marisela; deje descansar su arma, soldado Martín. Que se haga la paz.
Los dos, como a concierto, sueltan las armas.
DIONISIO. – (Toma un trago.) Que se haga la paz.
CÉSPEDES. – (A Marisela.) A ver, ¿por qué tomó usted las armas?
MARISELA. – Es mucho lo que se debe cambiar en el país.
CÉSPEDES. – Y lo hará usted con el fusil.
MARISELA. – No hay otra forma.
CÉSPEDES. – Claro que la hay. Tienen solamente que participar en el proceso democrático... Y usted (a Martín), ¿por qué combate a la guerrilla?
MARTÍN. – Es mi deber de soldado.
CÉSPEDES. – Pero, que yo sepa, no lo mandaron a combatir a este enemigo, sino fue usted quien pidió ir en persecución de los insurrectos.
MARTÍN. – Cuando la vida se amarga, lo mejor es el honor, y no hay mejor honor que el de la Patria.
DIONISIO. – Ay, primo.
MARISELA. – (A Céspedes.) En vez de usted andar propiciando paces, debería asumir su propio compromiso con el pueblo.
CÉSPEDES. – ¿Cuál compromiso?
Martín y Dionisio se retiran un poco, para escuchar.
MARISELA. – El compromiso del fusil.
CÉSPEDES. – Soy sacerdote.
MARISELA. – Camilo Torres se fue al monte.
CÉSPEDES. – Ése fue un cura confundido.
MARISELA. – ¿Confundido como usted?
CÉSPEDES. – No lo he estado nunca.
MARISELA. – Claro que lo ha estado... Es un hombre sin ideales.
CÉSPEDES. – ¿Porque no estoy con ustedes?
MARISELA. – Porque no tiene posición.
CÉSPEDES. – Estar contra la guerra es una posición.
MARISELA. – Pero está con el sistema... Únase a nosotros, padre, como Camilo Torres, y quién sabe lo que puede salir de las montañas.
CÉSPEDES. – ¿Qué puede salir?
MARISELA. – Quizás se convence y combate, como Camilo, y dejará entonces de ser un cura alineado con los intereses de las multinacionales y de los jerarcas nacionales… Tal vez se fija también en que hay allí combatiendo muchas mujeres jóvenes, y a lo mejor se enamora de una de ellas, y deja su triste estado de hombre célibe.
CÉSPEDES. – Soy cura.
MARISELA. – Pero es hombre, y necesita desahogarse, padre.
CÉSPEDES. – ¿Desahogarme?
MARISELA. – Vaya al amor de los humanos, padre, como fue el divino Jesús al amor de la humana Magdalena.
CÉSPEDES. – No blasfemes, mujer.
MARISELA. – No blasfemo, créame. Se ha dicho ya bastante sobre ese asunto.
CÉSPEDES. – Es su condición de atea la que la pone a opinar así... Que no se hable más.
MARISELA. – Pues debo regresar entonces a mis montañas.
CÉSPEDES. – No vuelva a la montaña, muchacha, no vuelva a la montaña; pues será su muerte definitiva, junta con todos los que han elegido un método tan equivocado de lucha política, en unos tiempos en que se impone el diálogo y el consenso en todas las naciones del mundo.
MARISELA. – De lo que ha dicho se desprende que le preocupa mi muerte.
CÉSPEDES. – Y la de todos los demás.
MARISELA. – Venga conmigo, padre, pues leo en sus ojos que, si queremos, los dos podemos hacer suspirar a la montaña...; hacerla suspirar de amor, nada más y nada menos. Sígame, padre, para que vea como se derrama el amor por la cordillera. (Se va.)
CÉSPEDES. – ¡Espera, guerrillera, la iglesia quiere compartir contigo tus inquietudes! ¡Espera, mujer, el hombre quiere compartir contigo la canción armoniosa del espíritu y del cuerpo! (Se va detrás de Marisela.)
MARTÍN. – Se acaban de marchar la guerrillera y el cura... Extraña junta, Dionisio. ¿No te parece?
DIONISIO. – ¿De qué habla usted, primazo?
MARTÍN. – Del cura y la guerrillera que se acaban de ir... He pensado mucho en lo que dijo el cura, y en lo que dijo también la guerrillera.
DIONISIO. – ¿Curas y guerrilleros por aquí? Yo no he visto nada de eso, primo.
MARTÍN. – Qué vas a ver si el alcohol te tiene loco.
DIONISIO. – Yo tengo loco al alcohol. Es así la cosa. Déjese aconsejar por mí, que yo sé lo que le estoy diciendo. Ah, y no se lleve de Marco, primo, que le desvía el juicio.
MARTÍN. – ¿Marco? (Ligeramente iluminado.) Puede ser que Marco...
DIONISIO. – Cuidado, primo, no deje que ese Marco le marque el sentido... Ese amigo suyo, en pro de su fin ulterior en el infinito cielo que se ha forjado, es capaz de cualquier enredadera seudo-intelecto-religiosa.
MARTÍN. – Es posible que Marco...
MARCO. – (Entra.) El dolor físico sabe soportarlo solamente el hombre de verdad, y, si es tal, soporta también el dolor espiritual. Ése es sencillamente el resumen final del pensamiento del gran filósofo Séneca, el padre indiscutido del estoicismo, teoría que ha hecho conformar a tantos disconformes del mundo.
DIONISIO. – Hablando del loco de Roma, y él que asoma. Y estoicamente pronunciado.
MARTÍN. – ¡El filósofo Marco en persona!
DIONISIO. – ¡Qué filósofo ni filósofo, primo, ése es Marco el hermano de Walkiria!
MARCO. – Martín, amigo mío, en nombre del saber de todos los saberes, te pido resignación.
MARTÍN. – ¿Resignación?
MARCO. – Sí, Martín, si Walkiria ha de tocar tu cuerpo, tocado sea.
DIONISIO. – Yo cambio verticalmente de opinión. Por donde va éste, yo no voy.
MARCO. – Porque caminas por veredas...
DIONISIO. – Y usted, que no sabe nadar, anda en el mar, sin barco y sin balsa, y tiene varios horizontes, todos engañadores.
MARCO. – ¡No tolero que...!
MARTÍN. – Por favor, por favor, no se peleen, y ayúdenme a dilucidar la decisión que debo tomar.
DIONISIO. – ¡Vivir!
MARCO. – Sería conculcar las leyes divinas. (En tono de confidencia a Martín.) Sólo tienes que aceptar al señor como tu salvador, y no preocuparte ya por más nada.
DIONISIO. – Ése es el falso horizonte cristiano.
MARCO. – ¿Falso el cristianismo?
DIONISIO. – Falso usted.
MARCO. – Pero, ¿qué se ha creído este borracho?
DIONISIO. – ¿Y qué ha emborrachado a este creído?
MARTÍN. – ¡Basta! Dionisio, Marco, por favor...
MARCO. – Óyeme bien, Martín, la muerte tiene para ti dos grandes aportes; por un lado, mueres como héroe del ejército...
DIONISIO. – Una gran gloria, veinte mil persiguiendo a unos cuantos infelices.
MARCO. – Pero no negarás que, de cualquier modo que sea, lo ascenderán el mismo día de la muerte, y pondrán medallas al cadáver y dispararán salvas múltiples, y hasta un Martínez aparecerá adornando con su nombre una calle de la ciudad.
DIONISIO. – Marquito, eso parece más militar que cristiano y, además, se me figura que Jesús vino a descoyuntar a los que estaban sobre el árbol, no a los que lloraban sentados en las raíces.
MARCO. – Ése es otro tema..., no me gusta la política.
MARTÍN. – Sigue, Marco, no te ocupes de Dionisio.
MARCO. – Dime, Martín, ¿temes a la muerte?
MARTÍN. – Temer no, pero es una incongruencia que...
DIONISIO. – Cada quien está en el derecho de morirse solito, sin caprichos de nadie.
MARTÍN. – Sí, es una incongruencia que me ocurra esto, precisamente a mí.
MARCO. – Es posible que tus dudas no sean más que la inseguridad en cuanto al lugar que te corresponderá en el más allá.
DIONISIO. – Ya empieza el aburridísimo divagar filosófico-religioso.
MARCO. – ¿Qué dices, hombre vulgar?
DIONISIO. – Que su tartamudear filosófico no me ha convencido nunca.
MARCO. – Tu opinión es hija de la simpleza..., y quizás de tu borrachera. (A Martín.) Te decía que el más allá...
DIONISIO. – No hay tal.
MARCO. – Pero, ¿qué es?
DIONISIO. – Que no hay más allá.
MARCO. – ¿Cómo?
DIONISIO. – Como lo oyes, aprendiz de filósofo..., el principio es el mismo fin... Si no lo entiendes, te lo explicaré de manera más sencilla: agarra los chinos de China, de la China grande, y ponlos uno detrás del otro. Entonces, dándole la vuelta a la tierra, el último chino de la China grande vendrá a parar al mismo sitio donde está el primer chino de la China grande... Esto quiere decir que el más allá, como lugar, no es más que el aquí práctico en que estamos.
MARCO. – ¿Y el problema del tiempo, entonces?
DIONISIO. – Lo mismo. El más allá en lugar, es el aquí; y en el tiempo futuro plus ultra, es el ahora.
MARCO. – (Frenético.) Parece que el licor tiene dotes filosóficas... (Altanero.) O tal vez has estudiado buena “disparatología”.
DIONISIO. – En la universidad donde dan esa asignatura usted puede ser el rector.
MARTÍN. – ¿Pero es que no van a terminar la disputa? Y entre tanto yo, pendiente de una decisión, me deprimo en un caos espantoso. Sí, sí, es cierto. No sé dónde iría. (Muy angustiado.) No sé qué lugar tendría destinado si muriera. (Marco y Dionisio lo observan.) Si Walkiria tocara mi Cuerpo, ¿qué cosas podrían suceder? ¿El martirio? ¿La anulación definitiva? ¿La felicidad eterna?... En cambio, si continuara viviendo; pero sin piernas y ciego..., si eso sucediera... ¿Sería yo capaz de soportar lástima en los demás? ¿Dónde se irían mi orgullo, la soberbia, mi altivez? (Casi ahogado por el llanto.) No, no; a mí no, por favor, a mí no.
MARCO. – Yo tengo la llave de tu decisión.
DIONISIO. – Para meterlo preso, seguramente.
MARCO. – Conozco algunas artes, por medio de las cuales se puede invocar a los difuntos para que nos hablen de su experiencia en el más...
DIONISIO. – En el aquí. Además, la experiencia de los muertos es tierra y gusanos.
MARCO. – ¡En el más allá!
DIONISIO. – Y, ¡dale!
MARCO. – Conoceríamos allí qué te tienen reservado. Hablaremos con tus padres, con otros soldados, con filósofos...
MARTÍN. – (Un poco calmado.) ¿Cómo es eso posible, Marco?
MARCO. – Hay que preparar las condiciones. Armonizamos este cuarto, tu cuerpo lo sacamos de aquí con todo y cama, y nosotros tres...
DIONISIO. – Conmigo no cuenten.
MARCO. – Nos asistimos de alguien que me ha servido varias veces de médium, y ya veremos los resultados.
DIONISIO. – Mire, cristiano, según la Biblia, “los muertos muertos están y sólo resucitarán el día del juicio final”. De modo que usted tiene dos corrientes raras en la cabeza. Y oiga bien, si usted cree en Dios de verdad, no cree entonces en esa sesión que está proponiendo, y si no cree en Dios, no hay tampoco más espíritus.
MARCO. – Las cosas celestiales no las entiende el vulgar.
DIONISIO. – El peso y medio o el uno cincuenta, mi amigo.
MARCO. – ¡Los dos, atrevido! ¡Los dos!
DIONISIO. – Cuando se acaban los argumentos, se trancan los argumentistas.
MARCO. – (Trata de sosegarse.) ¿Estás listo para la sesión, Martín?
MARTÍN. – No, no, Marco; no creo que sea capaz. Yo...
MARCO. – Pero, Martín...
DIONISIO. – Anótese un punto menos, filósofo. Eso es no, y no se queda, habló un Martínez.
MARCO. – ¿Por qué no una muestra?
MARTÍN. – No.
DIONISIO. – ¡No!
MARCO. – ¡Oh, miedo que te apoderas de las almas débiles!
MARTÍN. – No creo que sea miedo, Marco.
MARCO. – ¡Oh, almas perversas que se sacian con espíritus nobles!
DIONISIO. – “...Hacia Belén la caravana pasa”.
MARCO. – Cuando el hombre, indeciso, deja perder su única oportunidad, las postrimerías de sus pensamientos lo depositarán en el limbo dantesco. Y los que no son capaces siquiera de enfrentarse en vida al conocimiento de la verdad ultra dimensional, no probarán jamás los sabores dulces de la gloria.
MARTÍN. – ¿Qué dices, Marco? ¿Qué te pasa?
MARCO. – Y, ay de aquellos que se mofan de lo divino, de lo oculto y de lo insólito; las mismas sombras de su ignorancia los envolverán en el caos sin final de las maldiciones.
DIONISIO. – (Como distraído.) “Tú eres espuma; yo, mar que en sus cóleras confía”.
MARCO. – Las sombras empezarán lentamente...
DIONISIO. – Como se iniciaron en su cerebro.
MARTÍN. – La luz, la luz.
MARCO. – El ser se sentirá como una esfera negra.
DIONISIO. – Y adentro, usted.
MARTÍN. – (Con voz adolorida.) La luz, por favor...
MARCO. – Inmensamente negra.
DIONISIO. – Como su conciencia.
MARTÍN. – Luz, por favor… (Está jadeante.) Siento que en mi alrededor hay una sombra progresiva que trata de envolverme.
DIONISIO. – ¡No lo permita, primo, que usted es un Martínez “de a verdad”!
Marco se cruza de brazos e, inmóvil, se sonríe; a seguidas se le ve como poseído. Dionisio se toma un trago y se sienta al fondo, recostado de la cama. Dormita.
MARTÍN. – Quizás quiera morir sí, pero no en medio de la oscuridad. Así no. Que se haga la luz. La luz. Ahora veo dos regiones, una montañosa y otra como si fuera una gran estepa gris, vieja y cuarteada. Por el centro pasa como si fuera un río de sombras. Y las montañas son verdinegras, la neblina surge del subsuelo en la gran llanura: pero no sé, en alguna parte presiento una hermosa pradera con flores de todas clases, trinos que vienen de no sé donde... Y las dos regiones (se agarra fuertemente la cabeza.)... No sé, no sé... ¿Qué hace Aurora en medio de esas flores? ¡Qué bella es! Pero qué digo, Dios, si es una enviada del cielo, no puedo equivocarme, no es humana. Me abre los brazos; pero no, por favor, no. Oh, la neblina me la oculta, y ¿qué es eso, Dios mío? No, del río de sombras sale un monstruo horripilante que me señala, y otro monstruo detrás se regocija haciendo gestos estúpidos.
DIONISIO. – ¡Póngale coraje, primo Martín!
Walkiria entra sigilosamente por una puerta y, tratando de que Martín no la vea, se acerca a la cama e intenta tocar el cuerpo que está en la cama.
MARTÍN. – ¿Qué pasará ahora? ¿Qué puede pasar?
DIONISIO. – (Dormitando aún y levantando la botella, tratando de dársela al cuerpo que está en la cama.) Puede pasar un trago...
Walkiria se sorprende y no puede tocar el cuerpo. Martín la ve y quiere ir a impedirlo; pero algo, como en una pesadilla, se lo impide por más esfuerzos que hace. Marco, aún cruzado de brazos suelta una carcajada. Walkiria está petrificada ante el brazo levantado de Dionisio.
MARTÍN. – ¡No te atrevas, espíritu caprichoso! (Pero no puede avanzar y Marco sigue riendo.)
DIONISIO. – Beba, primo, beba.
AURORA. – (Entra.) ¡Me lo suponía, espíritu desleal!
WALKIRIA. – No he hecho ninguna cosa.
AURORA. – (Interponiéndose entre la cama y Walkiria.) ¡Poco que te faltó, monstruo tenebroso!
DIONISIO. – (Se pone en pie.) Ah, pero es que tenemos debate celestial una vez más.
MARCO. – (Todo azorado y habla como en secreto.) ¡Cállate, no intervengas para nada, inmunda sabandija! ¿No vez que esto es divino?
WALKIRIA. – (Con miedo.) Haré lo que digas, Aurora, pero no perjudiques mis atribuciones.
AURORA. – Teníamos un trato, ¿no?
WALKIRIA. – Pero...
AURORA. – ¡Fuera!
Walkiria se va temerosa y ligera. Aurora sale amenazante detrás de ella.
DIONISIO. – Bueno, yo voy por más 1icor..., porque si el que me he tomado me ha hecho figurar a dos mensajeras del cielo, contrarias además, ¿qué me aparecerá si me ajusto otra botella? Vamos a ver, pues dice la inteligencia de la calle, que “probando es que se guisa”. (Se va dando tumbos.)
MARCO. – Todos estos son preanuncios, Martín.
MARTÍN. – ¿Preanuncios de qué?
MARCO. – Del fin que se te aproxima... ¿No te viste ahora mismo en el propio cielo?
MARTÍN. – Eso no me anuncia nada.
MARCO. – Valkiria te lo dijo.
MARTÍN. – Pero yo no me lo creo.
MARCO. – ¿Contradices a una diosa?
MARTÍN. – Aurora dice otra cosa.
MARCO. – Ésa es una advenediza.
MARTÍN. – Es la diosa griega de la esperanza.
MARCO. – Ella te está perdiendo.
MARTÍN. – No, Marco, me está ganando la esperanza.
MARCO. – (Avanza amenazante.) ¡Te está ganando la locura! Y voy a impedírtelo.
Va rápidamente hacia el cuerpo que está en la cama, pero Martín, conociendo su intención, se interpone.
MARTÍN. – ¿Qué pretendes, Marco?
MARCO. – ¡Acabar con esto de una vez!
Intenta tocar el cuerpo, y forcejean.
MARTÍN. – ¡No puedes decidir por mí!
MARCO. – ¡No sabes lo que piensas ni piensas lo que dices!
MARTÍN. – ¡Tú no sabes lo que estoy pensando!
Lo empuja con fuerza y se separan.
MARCO. – ¡No sabes tampoco lo que estás haciendo, estúpido!
MARTÍN. – Estoy viendo claras algunas cosas.
MARCO. – No tienes derecho a ver nada.
MARTÍN. – Sí, veo muy claro que Walkiria y tú representan el mismo origen, y la más negra de las intenciones.
MARCO. – ¡Estás blasfemando!
MARTÍN. – Y te voy a enfrentar, criatura perversa.
MARCO. – No hagas otra locura.
MARTÍN. – Cuando se descubre el mal hay que combatirlo de inmediato.
MARCO. – ¡No puedes contra el designio!
MARTÍN. – (Resuelto y enérgico.) ¡Guerra contra el designio, contra Walkiria, contra ti!
MARCO. – ¡No puedes combatir a un ejército de dioses como si fuera un ejército de estúpidos mortales!
MARTÍN. – (Más enérgico.) ¡Ni hombres ni dioses podrán destruirme!
MARCO. – Estás definitivamente loco..., estás provocando a las fuerzas del cielo. ¡No te acerques!
MARTÍN. – ¡Empezará dando cuenta de ti!
MARCO. – (Como invocando al cielo.) ¡Que se desborde el tío de las tinieblas contra este infeliz mortal que se rebela!
MARTÍN. – ¡Que viva la rebelión del espíritu!
Un humo denso aparece en el escenario y empieza a cubrir paulatinamente todo.
MARCO. – ¡Que las sombras cubran lo humano y lo divino!
Empieza a bajar la luz.
MARTÍN. – ¡Hasta mí no llegarán las sombras!
MARCO. – ¡Tienes todavía tiempo, Martín!
MARTÍN. – ¡No van a destruirme!
MARCO. – ¡Hay un mundo de luz con senderos de flores más allá de esta miseria!
La luz sigue bajando, mientras se ven como relámpagos y se oyen truenos.
MARTÍN. – ¡Que se pulverice de inmediato la promesa falsa!
MARCO. – ¡Obedece, Martín!
MARTÍN. – (Impertérrito.) ¡Jamás!
MARCO. – (Voz de profundidad.) Entonces, todo seguirá siendo oscuridad para ti.
Se hace la oscuridad total, mientras siguen produciéndose los relámpagos y los truenos.
MARTÍN. – ¡He de combatir a lo natural y a lo sobrenatural si es preciso!
MARCO. – Serás una partícula de polvo cósmico que deambulará en el espacio insondable “per sécula seculórum”. Sufrirás los embates de lluvias de aerolitos y te sentirás sin fuerzas en el vacío; y recibirás por tu inútil resistencia el castigo sin final de todas las maldiciones del universo.
MARTÍN. – (A todo pulmón.) ¡Qué vengan juntas todas las maldiciones del universo!
MARCO. – (Con voz natural.) ¡Es inútil, criatura infeliz!
MARTÍN. – (Con igual fuerza.) ¡Vete, sombra! ¡Quiero luz!
Se encienden todas las luces. Dionisio aparece ahora con el mismo chaleco del principio, como inclinado sobre el cuerpo de Martín, que está en la cama. Está también Marco, con la misma vestimenta del principio, y Walkiria y Aurora, que aún se miran desafiantes.
DIONISIO. – A la verdad, primo, que usted ha hablado buenos disparates esta noche. Bueno, en estos casos uno dice muchas vainas.
MARCO. – (Inclinándose sobre Martín.) Martín, querido amigo...
DIONISIO. – (Separándolo de la cama.) Quite, quite.
MARCO. – Quita tú, borracho.
DIONISIO. – No, quite usted, mamarracho.
AURORA. – (Reacciona y por Walkiria.) ¡Reza mucho, arpía, para que Martín no se
muera!
WALKIRIA. – Está agonizando, querida, y de todas maneras, si se hubiera salvado, sería para mí, no lo dudes.
AURORA. – No le harás más daño, monstruo; Martín, como hijo de una familia de tradición deportiva, fue deportista de méritos, ganó incluso varias medallas; pero tú quisiste que se fuera a la academia militar tan solo porque te dio de capricho casarte con un oficial del ejército. Y luego, cuando le traicionaste, pidió ir en persecución de los insurrectos. ¡Y mira los resultados!
DIONISIO. – Que se termine la discusión; pues no vale nada esa competencia por el primo Martín, que está finiquitando ya.
WALKIRIA. – Es verdad. (Por Aurora.) Si tú lo quieres, te lo dejo. Haz lo que quieras con sus despojos, infeliz. (Intenta irse.)
Entra Céspedes seguido por Marisela. Dionisio esconde rápidamente la botella debajo del chaleco y se sienta.
CÉSPEDES. – (Mientras él toma el récord en las manos.) Revise la temperatura.
MARISELA. – (Aplica el termómetro y descubre algo, pasa luego a la sorpresa.) ¡Doctor, ha bajado muchísimo!
CÉSPEDES. – (Le toma el pulso y le aplica rápidamente el estetoscopio.) Oh, Dios, pero los latidos son casi normales... Inyección, por favor... No es posible... Este hombre...
WALKIRIA. – ¿Qué?
DIONISIO. – (Curioso.) ¿Cómo?
MARISELA. – (Después de inyectar.) ¡Se lo dije, doctor, va a vivir!
AURORA. – ¿Cómo dice?
CÉSPEDES. – Es realmente increíble, muchacha, pero se salvará.
MARCO. – ¡Oh, diosito, ah tú que haces maravillas!
DIONISIO. – (Deja que se vea su borrachera.) ¿Cómo es la cosa?
AURORA. – (Eufórica.) ¡Se ha salvado, Dionisio; Martín ha ganado la batalla!
CÉSPEDES. – Sí, se ha salvado. Pero no puede ser...
DIONISIO. – (Se pone en pie y da tumbos, muy emocionado.) ¡Con los Martínez puede ser siempre! Mírelo ahí, medicucho. ¡Que venga el pueblo entero, para que vean a un Martínez “de a verdad”!
Céspedes mira sorprendido a Dionisio por un instante, y sigue aplicándole medicamentos a Martín.
WALKIRIA. – ¿Quedará bien mi Martincito, doctor?
AURORA. – No tienes derecho a preguntar nada, Walkiria; pues no es ya “tu Martincito”, recuerda que son ahora mis despojos.
WALKIRIA. – Estás loca, infeliz, son míos los derechos. (Insiste.) ¿Cómo quedará, doctor?
CÉSPEDES. – Se salvará, no hay dudas... Sólo va a perder una pierna. Pero esto es verdaderamente increíble.
WALKIRIA. – ¿Una pierna?... (Mueca de desagrado.) ¡Ah, qué horror!
DIONISIO. – ¿Una pierna?
AURORA. – ¿No te hará ninguna falta, verdad Martín?
DIONISIO. – Claro que no le hará falta. Un Martínez “de a verdad” puede caminar perfectamente con piernas ajenas (por Aurora), y más si son unas bellas piernas de mujer.
CÉSPEDES. – (En actitud de irse, seguido por Marisela.) Dejen solo al paciente, en lo que estudiamos de inmediato este caso milagroso. (A Dionisio.) Usted, el primero, Amigo... Y a propósito, sería interesante que nos explicara qué hace usted aquí en estado de embriaguez.
DIONISIO. – Es el mundo el que está embriagado, doctor, yo soy de los poquísimos que permanecemos sobrios en la azotea (señala su cabeza), para ponerle así las ideas en orden a este mundo borrachón.
Se va, pero entra enseguida, de manera subrepticia, y se esconde detrás de la cama.
MARISELA. – ¿Vamos a celebrar por la vida, doctor?
CÉSPEDES. – Vamos a celebrar por la vida, Marisela... (Con el récord en la mano y echándole el brazo a la enfermera.) Bien, señores, si tienen motivos suficientes para alegrarse por este milagro, felicitaciones. (Se va con la enfermera.)
Aurora acaricia el pelo de Martín, extasiada.
WALKIRIA. – Por fin creo que no hago nada por aquí. (Por Aurora.) Me asquean las ratas. La contaminación apesta. (Se va.)
Aurora, que no se da por entendida, besa a Martín y se va por la puerta contraria con visible alegría.
DIONISIO. – (Sale del escondite.) Tiene razón la Walkirita esa. Por eso fue que dije que es una lástima que en el privado No. 1 no hubiese veneno contra las ratas.
MARCO. – Yo he de retirarme también. (Por Dionisio.) No he resistido nunca la basura. ¡Adiós a la inmundicia! (Se va.)
DIONISIO. – Bueno, primo, ahora es que yo estoy seguro de que usted es el otro Martínez “de a verdad” que le quedaba al mundo. (Toma un trago.) ¡Que vivan los Martínez “de a verdad”! ¡Que vivan las Auroras, ¿verdad primo?, y los amaneceres! Y que se queden las Walkirias en sus marcos de mundanal oscuridad. Ah, y que viva esta botella, y usted, primo Martín.
Telón.
Azua, 1989.
Nota: Esta obra está protegida por la ley de derecho de autor. Para cualquier fin, favor de comunicarse con el autor (William Mejía) por medio de los siguientes correos electrónicos: teatristasactivos@gmail.com, elandarin@hotmail.com, w.meja@yahoo.es