Usuario anónimo ¿Quieres tener tu propio blog?
Crear blog gratis en OboLog

La novela de la inocencia. Por Carlos Guisarre

miércoles, 12 de enero del 2011 a las 16:38
LECTURA
     
 

 

Cuando una historia de amor y acontecimientos generales de una nación se combinan en una obra narrativa, pueden pasar dos cosas: la primera es que el sentido de ambos conflictos se pierda por el entrelace confuso que se puede generar y la segunda es que la novela resultante del proceso llegue a la altura de las piezas más importantes.

En el caso de la novela de William Mejía, Estrella, el sincretismo entre el amor imposible de Estrella Estévez y Luis Dotel, y los hechos que llevaron al tirano Rafael Trujillo al Gobierno dominicano, hace que la narración sea ampliamente reflexiva y entretenida.

La novela se ubica al principio de la década de los 1930, cuando en el mundo entero se sintieron los golpes de la Gran Depresión de Estados Unidos y la República Dominicana había sufrido una transición de alto mando que tardaría 30 años en ser revertida. En ese contexto, la reproducción de los tramas trágicos de Shakespiare estaban por acaecer en un pueblo ficticio del Cibao llamado Feraz.

En este pequeño pueblo, pero donde residían familias muy prósperas, Jairo Razuk, miembro de la estirpe más acaudalada del municipio, se enamoró caprichosamente de Estrella Estévez, quien encarna en la novela las dotes de virtud, sin igual belleza e inocencia.

Con ahínco, el joven rico, conocido por sus malas maneras y por ser seguidor político del militar que acababa de llegar al Poder Ejecutivo, estaba “detrás de la hermosa muchacha”, siempre recibiendo una negativa de parte de ésta.

Para Estrella la vida cambió cuando conoció al médico Luis Dotel, quien atendía al padre de la chica porque éste tenía problemas cardíacos. En un día se enamoraron, se besaron y se juraron amor eterno.

No obstante, a veces, la literatura no opta por el final feliz y Mejía acogió esta premisa. Jairo Razuk, el villano de la obra, llevó a cabo una caterva de triquiñuelas que terminaron en la separación momentánea de los amantes.

Estrella casi se casa con Jairo Razuk, por cosas de la vida, hasta que Dotel regresa por su amada, el novio no lo acepta y el final tiene carácter medieval. Esta novela define el tiempo en que el país perdió su inocencia, su libertad y su pudor.

 

Carlos Guisarre

Comentarista literario del Listín Diario, Santo Domingo, R. D.

 

Jacques Copeau Gran hombre de teatro. Por William Mejía

domingo, 10 de octubre del 2010 a las 19:55

Jacques Copeau fue escritor, comediógrafo, maestro y renovador del teatro (1879-1949). Muy joven quedó huérfano de padre, y se inició en el arte como representante artístico; pero pronto decidió ser director y crítico teatral. Y llegó a ser grande en el teatro, tan grande, que es considerado como uno de los guías más importantes de la escena europea de la primera mitad del siglo XX.

En 1909 fue uno de los fundadores de la prestigiosa Nueva Revista Francesa, en al que escribió durante mucho tiempo. En 1913, con el apoyo de Gaston Gallimard, y en el momento cumbre de su carrera, fundó el teatro del "Vieux Colombier", para enfrentar al mercantilismo y echar de Francia al “teatro malo”. La idea fue representar allí obras maestras del teatro universal. Lo acompañaron en ese proyecto Dullin y Jouvet.

Sus actores vivieron en comunidad, con normas estrictas y disciplina física, y se ejercitaban en juegos de máscaras e improvisación. Al año fue cerrado por la Primera Guerra Mundial, y reabrió después del suceso, en 1919. Pero vuelve a cerrarse en 1924, para dedicarse a la escuela de la compañía, en la que Copeau difundió sus ideas hasta el día de su muerte.

Concepciones sobre el actor

 

La sinceridad artística, sin analizarla en sus elementos, sin precisar qué entra en ésta de los elementos de no sinceridad, se puede decir que nada puede reemplazarla. (Copeau. “Sobre la interpretación”, Libro de Saura, “Actores y Actuación”. Pág. 60.) Para Copeau esa sinceridad del actor está ligada a su calma, el poder de dominación que le permite ser poseído por lo que dice y dirigido por esa misma expresión. Esta pureza es la integridad del artista, que lo hace tener calma, naturalidad, relajación. (Saura, Pág. 61)  

Ataca a Diderot por sus conceptos en La paradoja del comediante. Primero hace algunas anotaciones donde exalta el papel de fino observador de teatro que fue Diderot, pero más adelante lo contradice. "En consecuencia, exijo que (el actor) posea penetración...". Sí. Pero Diderot agrega: "y ninguna sensibilidad". He aquí la paradoja, que torcerá todo.” (Copeau, Prólogo a la Paradoja del Comediante de Diderot, Pág. 10.)

En ese ensayo dice que lo que resulta horrible, en el artista, no es la mentira, puesto que él no miente; no es el engaño, porque no engaña; tampoco la hipocresía, ya que aplica su sinceridad con el personaje. Lo horrible del actor es su poder para sentir lo imaginario. Para él, el actor es un ser humano que puede considerarse y tratarse a sí mismo como la materia de su arte, es decir, actuar como un instrumento del personaje, sin dejar de distinguirse de él.

Plantea su idea del sacrificio que debe hacer el buen actor, el cual es, entre todos los artistas, el que más sacrifica su persona en la especie de apostolado que hace. Y concuerda con Diderot en cuanto a que el artista no debe pasarse de sensibilidad. Y lo dice así: “No tratéis pues nunca de ir más allá de vuestra propia sensibilidad, tratad de que sea exacta". (Prólogo citado, Pág. 13)

Pero vuelve a contradecir al pensador de la ilustración al aclararle que es el personaje el que se acerca al comediante, quien le pide todo lo que necesita para vivir a sus expensas, y que poco a poco lo reemplaza en su piel. El artista sólo le deja en libertad. Especifica que este artista, para hacer bien su papel, ve primero lo que quiere hacer; Después, compone y desenvuelve; coloca las ligaduras, las pausas; razona sus movimientos, clasifica sus gestos, repite sus entonaciones; y, finalmente, se especta, se  aleja de sí, se juzga.

Otra vez contradice a Diderot, al afirmar que poner en duda la sensibilidad del actor, a causa de su presencia de ánimo, como asegura el pensador ilustrado, es negarle esa sensibilidad a todo artista que respeta las leyes de su arte, no permitiendo nunca que el tumulto emotivo paralice su alma. “Lo absurdo de la "paradoja" consiste en poner los procedimientos propios del oficio a la libertad del sentimiento, y negar, en el artista, su coexistencia y su simultaneidad. Lo esencial del comediante es entregarse. Para darse, es necesario que primeramente se posea a sí mismo.” (Prólogo citado, Pág. 28)

Y vuelve a la responsabilidad y a las condiciones que amerito el buen actor; es decir, el estudio y observación de los principios, una memoria segura, una dicción obediente, la respiración regular y los nervios en reposo. La cabeza y el estómago livianos nos proporcionan tal seguridad que nos hace audaces, intrépidos.

 

Ideas sobre el director

 

Los conceptos de Copeau sobre Dirección escénica se hallan esparcidos en varios trabajos teóricos, aparecidos en diversos medios. Entre éstos se destaca su texto “El papel del director”, aparecido en el “Principios de la dirección escénica”, de Edgard Ceballos, donde asegura lo siguiente sobre el montaje teatral:  

“Por puesta en escena entendemos el dibujo de una acción dramática. Es el conjunto de movimientos, gestos y actitudes, el acuerdo de fisonomías, de voces y silencios, es la totalidad del espectáculo escénico emanado de un pensamiento único que lo concibe, regula y armoniza.” (Copeau, “El papel del director”; libro de Ceballos, “Principios de la dirección escénica”, Pág. 55.)

Esto viene a confirmar la idea que tiene Copeau como armonizador del montaje, como regulador de todo lo que pasa en el proceso; pues, para él, lo que permanece en la mente del director y no solo en la mente sino también dentro del alcance de sus sentidos, por decirlo así, es un sentimiento de ritmo general de la obra, como por ejemplo, la respiración del trabajo que va a empezar a vivir.

En cuando al tratamiento con sus actores, Copeau recomienda al director buscar en él la tranquilidad interior, pues observa que cuando ha repetido un consejo varias veces seguidas a un actor, o una indicación que se esfuerza en realizar varias veces seguidas sin conseguirlo, ve en las contracciones de su fisonomía y de su voz, en la incoherencia de su mímica, que intenta alcanzar algo a través de una red de influencias que lo paralizan, un punto de partida en la vaguedad y el vacío. Lo que no consigue hacer, cree, es obtener calma y silencio dentro de sí. (Copeau, libro de Saura, Pág. 62)

En esta parte avanza las ideas, o es el antecedente, de lo que luego planteará Grotowski sobre el bloqueo del actor y sobre la necesidad de practicar la vía negativa para resolver ese problema.

En cuanto al escenario, en el discurso inaugural del Vieux Colombier, lo concibió como un espacio desnudo y neutro, a fin de que toda delicadeza sea en él apreciada y todo error resulte evidente, para que la obra dramática conforme en ese ambiente su propio ropaje, con el que procura vestirse. "Me confío al gesto, a la luz, a los trajes, a la composición del decorado”. Aquí se convierte en el antecedente de las que luego serán las ideas de Peter Brook sobre el espacio vacío.

Al respecto, dice que apasionarse por los descubrimientos de los ingenieros o de los eléctricos, es conceder a la tela, al cartón pintado o a la disposición de las luces un lugar que no les corresponde, es hacer truco mecánico, lo que Copeau repudiaba, pues no creía en ninguna maquinaria. (Revista www.teatroenlinea.150m.com; No.9, Jun-2008)

En 1928, por la muerte de Appia, a quien consideraba su maestro, Copeau reiteró que se podía trabajar sobre el drama y el actor, en lugar de girar eternamente alrededor de fórmulas decorativas más o menos inéditas, cuya investigación nos hace perder de vista el objetivo esencial.  Aseguró ahí que la idea de Appia era de una acción en relación con una arquitectura, y que ésta debería bastarnos para hacer obras maestras, si los directores de escena supiesen lo que es un drama, si los autores dramáticos supiesen lo que es un escenario…/ (www.dramateatro.com/.../index.php?)

En el Théâtre du Vieux-Colombier, donde se prestigiaba mucho el texto teatral, se eliminaron prácticamente las barreras entre los actores y el público, y en la escenografía tomaron importancia los efectos luminosos.

  

Resumen del pensamiento estético de Copeau: aportes escénicos del Vieux Colombier al teatro moderno

 

Respeto por el texto, especialmente el clásico y devolverle la vida.

El actor se coloca en el centro de la creación escénica, por lo que debe recibir una formación integral, para que pueda ser un intérprete total.

Hizo pasar por primera vez las técnicas japonesas a la interpretación actoral del Vieux Colombier.

Creó los fundamentos para un posterior desarrollo del teatro gestual.

Fueron precursores del desbloqueo del actor por medio de ejercicios apropiados, adelantándose a los planteos posteriores de Grotowski.

Revaloración de la comedia del arte (Máscaras, improvisación, sencillez escenográfica, comunicación con el público.)

Innovaron el escenario, convirtiéndolo en vacío o desnudo. Fueron precursores del espacio escénico con la menor cantidad de aditamentos: el espacio vacío que luego proclamaría Brook; y, junto con Appia, integró la luz a la escena.

Espacio fijo transformable. Jouvet diseñó el espacio escénico fijo, que ayudó a llevar los montajes a sitios alternativos.

Le dio importancia a la teatralidad para recuperar el desacreditado teatro francés de su tiempo.

Se oponía al teatro burgués de su tiempo.

 

Sus textos

 

Prefacios

Les Fratellini, historia de tres Clows de Mariel

Reseñas para una edición de las obras de MoIiére

Reflexiones de un comediante sobre la Paradoxa de Diderot.

Reseñas para una edición de comedias y proverbios de Alfred de Musset

La tempestad., de Shakespeare.

Mi vida en el Arte., de Stanislavski.

Reseña para una edición de las obras de Molióre: Moliére bromista.

Renouvellement.. Artículo-prefacio.

 

Otros ensayos

Escribió numerosos ensayos, y destacan entre éstos…

Una polémica: el teatro amoral. (La Grande Revue, 10 mayo 1907).

“El Arte teatral moderno. (N.R.F., 1 diciembre de 1910).

“Un ensayo de renovación dramática: manifiesto del teatro del Vieux-Colombier. (N.R.F., 1 septiembre, 1913)

Carta abierta a M. André Antoine. (29 septiembre), 1953.

“El Teatro del Vieux-Colombier. (Le Theatre, París, septiembre, II).

“Carta a Louis Jouvet.. Programa de la Comedia de los Campos Eliseos (23 septiembre).

Respuesta de Jacques Copeau a André Antoine. (a su proposición de ayudarle)

Adolph Appia. (en memoria).

“Reflexiones de un comediante sobre la Paradoxa de Diderot” (Revue Universelle,

“La crisis de la Comedie Française” (Nouvelles Litteraires, 11 abril).

“Sobre la Comedie Française» (Nouvelles Lítteraíres, 31 abril).

 

Libros publicados

 

«Dmpromtu del Vieux-Colombier” (Colección del Vieux-Colombier. París-New York,

Gallimard, 1917).

«‘La casa natal”, obra en tres actos (N.R.F., Col. Rep. V. +C., núm. 19, 1923).

«‘Celebración de la viña y el vino” (fragmentos en Juegos, Tablados y Personajes, núm. 19,

15 de abril de 1932).

“El pobrecito Francisco de Asís”, seis actos (Gallimard, 1946).

 Además, se le quedaron inéditos algunos dramas y comedias, e hizo varias traducciones; entre las que se cuentan Los hermanos Karamazov, del ruso, y las tragedias de Shakespeare, del inglés.

  

Bibliografía

Ceballos, Edgar. “Principios de la dirección escénica” (Ensayo de Copeau “El papel del director”). Editorial Gaceta. 1992.

Diderot, Denis. “La paradoja del comediante”. (Prefacio de Copeau, “Reflexiones sobre la Paradoja”) Copyrigthwww.elaleph. 1999.

Saura, Jorge. “Actores y actuación”, volumen II. (Artículo de Copeau, “Sobre la interpretación”) Editorial Fundamentos, primera edición, España, 2007.

 

Internet (Int. del 22-03-10)

www.biografiasyvidas.com/biografia/c/copeau.htm 

www.dramateatro.com/.../index.php? 

www.entradagratis.com/.../Copeau,-Jacques.htm 

www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=364128

www.teatroenlinea.150m.com; No.9, Jun-2008

La contemporaneidad teatral latinoamericana: Abelardo Estorino y “Morir del cuento”. Por William Mejía

sábado, 09 de octubre del 2010 a las 20:48
guardado en

 

Abelardo Estorino es uno de los dramaturgos latinoamericanos más importantes de nuestro tiempo. Nació en Cuba, en 1925. Su primer texto teatral fue Hay un muerto en la calle, escrito en 1956, pero nunca publicado ni representado; su primera obra llevada al escenario fue El peine y el espejo, en 1960; en 1961 se estrenó El robo del cochino, la cual vino a convertirse en su obra más conocida dentro y fuera de Cuba.

Entre sus textos más importantes figuran los siguientes: La casa vieja, en 1964; Los mangos de Caín, en 1965; Ni un sí ni un no, en 1980; Morir del cuento –considerada como su obra maestra–, en 1983; Vagos rumores, en 1992; y Parece blanca, en 1994. A este autor se le ha considerado como «un clásico vivo de nuestra historia escénica».

El teatro de Estorino es sumamente cubano, su temática busca siempre alrededor de los problemas familiares –Esta familia pequeño burguesa ha sido recurso para casi todos los dramaturgos cubanos del siglo XX–. Entre esos problemas hay uno no resuelto –y sin solución–, que es el conflicto entre los hermanos (Ej. La casa vieja, Los mangos de Caín).

Las de Estorino son obras que ahondan en los problemas de la gente y, por tanto, este autor le llega frecuentemente al espectador cuando hace un texto. Es un teatro con ecos de la provincia, pero no provincial. Muestra el machismo pueblerino, en especial antes de la revolución. El autor manifiesta un ansia de limpieza, pero ese deseo es también de cambio por la llegada de los nuevos tiempos.

Este autor usa con precisión la intertextualidad y el teatro en el teatro.

 

Manifestaciones de influencia afro en la dramaturgia de Estorino

 

Hay pocas señales de expresiones afro en la dramaturgia de este escritor, pero, de manera indirecta, es decir, por medio del recogimiento de los problemas sociales derivados de la discriminación contra los negros cubanos venidos de África, sí las hay.

En las obras de este autor aparece el peso del problema racial, asunto que se daba de manera más marcada antes de la revolución. Recordemos la terrible esclavitud que tuvo Cuba, y aquella discriminación, como es de suponerse, ha trascendido por los años de los años. Pongamos como ejemplo lo que refiere Boudet sobre la obra Parece blanca.

“Y así Estorino, fiel a sus constantes y con renovados recursos expresivos, dibuja un entramado de relaciones entre poder, sociedad patriarcal esclavista, mujer y raza para que, desde el título, su “parece” aluda al interés por ascender de esta mulata fatal que declara: “Blanco no es un color: es que te vean blanca, te saluden blanca, te piensen blanca.” (Boudet, Rosa-www.cubaliteraria.com/.../abelardo_estorino /index.html)

Lo racial también aparece en las expresiones de Higinio, el bodeguero, en La casa vieja; y en las manifestaciones de Sendo, en Morir del cuento.

 

Las influencias

 

Este autor tiene una combinación entre la tradición aristotélica del drama y visibles señales del nuevo teatro. El suyo es por eso teatro de transición –Estorino fue de los que apoyaron a la revolución cubana–. Sus personajes principales quieren evitar que continúe la historia de mentira que tiene el núcleo familiar, cosa que, no obstante, no se puede cambiar. El filósofo ya había planteado lo del carácter de la siguiente manera:

“El carácter en un drama es lo que revela el propósito moral de los protagonistas, es decir, la clase de hecho que pretenden evitar, donde el caso no es claro; de aquí que haya lugar para el carácter en un discurso sobre un tema por completo indiferente.” (Aristóteles, Poética, Pág. 11.)

Según Martínez, “La dolorosa historia…, un texto de 1974, abre una línea de búsquedas formales para dejar atrás la linealidad y la estructura cerrada en función de abordar, a través de un libre juego con planos de recuerdo, narración y representación, el debate del hombre con sus circunstancias contextuales, el contrapunto del individuo con su sociedad y la búsqueda del sentido de pertenencia a su propia historia”. (Martínez, Vivian. Revista Conjunto, No. 92, Pág. 64.) Los cambios en escena se hacen frente al público. Estas acciones simples de ruptura, son ya del nuevo teatro.

Además de Aristóteles, en Estorino hallamos ecos de Ibsen, de Pirandello, de Brecht y, naturalmente, de su maestro Piñera.

 

La crítica sobre el autor y su obra

Como ya se ha dicho, en la lectura de las obras de Estorino hemos encontrado un fuerte acercamiento con Brecht. Y, al respecto, Martínez dice lo siguiente:

“Esta perspectiva distanciadora permite al autor una reflexión paralela al texto mismo, a través de cada cita y de cada entrada y salida de los personajes centrales en los personajes de la evolución” (Martínez, Vivian. Revista citada, Pág. 66.) La influencia de Brecht sobre Estorino es poca en sus primeras obras, pero, en las últimas, es bastante.

Aparece también el afán de limpieza que tienen las obras de este autor. Y así lo dice Montero: “Tal voluntad de higienizar pasa a ser poco menos que una idea fija en el dramaturgo, aparece enunciado en número apreciable de personajes” (Estorino, Teatro escogido.  Prólogo de Reynaldo Montero. Pág. 12.)  

Pero el drama estoriniano es cubano, como muy bien lo plantea Bejel.

“El teatro de Estorino insiste una y otra vez en una búsqueda incisiva de las raíces cubanas; tanto sociales como políticas y psicológicas.” (Bejel, Emilio: entrevista a Estorino-http://148.226.9.79:8080/dspace/bitstream.pdf)

Naturalmente, después de sus primeras obras, el gran autor cubano entra a experimentar con los modos escénicos, hasta el punto de que algunos de sus textos podrían enmarcarse dentro del nuevo teatro. Así lo dice Leal:

“Y como Estorino parece no interesarse en la historia en sí (el qué) sino en el modo de expresarla (el cómo) su obra (Morir del cuento) gana una multiplicidad de significados que enriquece notablemente su producción última.” 

(Leal, www.cubaliteraria.cu/autor/ www.cubaliteraria.cu/autor/…estorino/obras.html).


Esta obra teatral, que fue definida por el propio autor cono “novela para representar”, distorsiona el tiempo y el espacio, y por tanto se convierte en el texto con mayor atrevimiento del decenio de los ochenta. Así lo dice Boudet:

“El agotamiento de un discurso totalizador, autosuficiente, se revela en 1983, con Morir del cuento, de Abelardo Estorino, en la cual el gran maestro de la escuela realista transita una historia descentrada, que se descompone desde el interior de los personajes.” (Boudet, Rosa-www.cult.cu/paginas/actualidad/conFilo.php?id )

 

Formación, congresos, festivales y premios

 

Estorino es un gran intelectual, el cual ha ejercido la crítica literaria en varios medios, tales como Los lunes de la revolución y Casa de las Américas.

Algo que se debe resaltar es la asistencia y adopción de postura de Estorino en el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, en 1961, donde comenzó a trabajar como asesor literario de grupos teatrales del Consejo Nacional de Cultura. En ese mismo año estrena El robo del cochino, obra con la que obtiene mención en el Premio Casa de las Américas de ese año. Otro momento importante es la concepción de su obra La casa vieja, en 1964, que le hace ganar una mención del Premio Casa de las Américas.

En 1992 recibe el Premio Nacional de Literatura; en 1997, Vagos rumores obtiene el premio que otorga anualmente la Asociación de Cronistas de Espactáculos (ACE) al teatro en español y, en el año 2002 obtiene el Premio Nacional de Teatro.

De igual modo, su experiencia en el extranjero le hace mejorar enormemente su calidad textual. Diferentes escenarios internacionales han acogido con mucha atención el repertorio de Abelardo Estorino. Obras suyas se han traducido y representado en Checoslovaquia, Noruega, Suecia, México, Estados Unidos y Chile.

En 1995 asistió al Festival de Cádiz, con Vagos rumores y con Las penas saben nadar; en 1996 viajó a Nueva York, para sumarse a un programa de intercambio cultural con los integrantes de Repertorio Español. Y, en 1997, Parece blanca participa en el Festival Internacional de Caracas.

Un año más tarde, la compañía de Repertorio Español se interesó de nuevo en sus trabajos escénicos. Entre 1998 y 2000 Estorino, siempre joven y dispuesto, pese a sus 75 años, regresó a Manhattan, donde incluso participaron también actores de ambos elencos. En 2000 se estrena El baile en el Teatro Repertorio Español y recibe el Premio de la revista Hola a la mejor dirección.

En 2001 participó en el Primer Festival del Monólogo de Miami, con Las penas saben nadar. Mientras que en 2004 la Editorial Letras Cubanas publica su “Teatro Escogido” y es invitado al Festival ZicoSur, en Chile, con Las penas saben nadar.

 

Morir del cuento

 

Morir del cuento, drama escrito en 1983, y que, según la crítica especializada, es la obra mayor de Estorino, cuenta la historia de una familia durante el régimen de Machado, en Cuba. Sendo hace fortuna, incluso con sangre envuelta, y su hijo Tavito se convierte en juerguista, entre otras razones, porque descubre que él había nacido “por obligación”, y, después de un enfrentamiento con el padre, se suicida. La obra empieza con los técnicos teatrales preparando el escenario para una obra que viene, y empiezan a actuar ellos mismos. Al final, los actores prometen contar la historia mejor en el día de mañana.

Esta obra parte de un hecho real registrado por la prensa cubana en los años treinta: el autor busca las motivaciones del suceso, dentro de una aparente armonía familiar.

“Vuelven a converger, en perfecta armonía, el melodrama, el naturalismo, el humor, el simbolismo y la influencia brechtiana… Obra de experimentación y madurez, renovación y maestría, Morir del cuento resume la dramaturgia de un gran autor y constituye un momento cumbre en la historia del teatro cubano contemporáneo.” (Martínez, Vivian-www.cubaliteraria.com/.../abelardo_estorino/index.html)

Tavito viene a ser un personaje pertinaz, pues ya aparecía en el El robo del cochino, pero allí murió víctima de Batista y de cosas sociales feas.

“En Morir del cuento, la sensualidad y la belleza que se le endilga bajo lirismo nostálgico, más el recurso de no hacerlo aparecer pero sí representar, o encarnar en un actor, más el que sea mujeriego y jugador y desobediente y mimado, de nuevo convierten a Tavito en mitificable, pero esta vez lo entraríamos en el panteón de los machos de la Nación cubana, y también de los suicidas, de esas víctimas de la realidad.” (Estorino, obra citada.  Prólogo de Reynaldo Montero. Pág. 16)  

En la propuesta se busca cómo fue la muerte de Tavito, pero no a lo policíaco, ni con suspense, y esta pequeña historia se complejiza luego.

La obra revela que varios de sus personajes no se sienten bien con la vida. Y, Tavito en especial, porque él sabe que nació con su padre disgustado por su llegada.

Morir del cuento, como casi todos los textos de Estorino, tiene teatro en el teatro, es memoriosa, va continuamente del presente al pasado y propone escenarios múltiples.

Lo de Morir del cuento se debe a dos cosas: a que Tavito “vivía del cuento”, y murió de ello, y a que la obra es un contar historias y, con la última, muren esos relatos.

 

Bibliografía

 

Aristóteles. “Poética”. Canal #Biblioteca del IRC, red Undernet. Edición: Proyecto Espartaco. (http://www.proyectoespartaco.dm.cl)

Arnold, Paul. “El porvenir del teatro”. Edic. Leviatán. Buenos Aires, Argentina. 1958.

Campbell, Joseph. “El héroe de las mil caras”. Fondo de Cult. Econ. México. 1997.

Estorino, Abelardo. “Teatro escogido”. Editorial Letras Cubanas. Bogotá. 2003.

 

Revistas

Martínez Tabares, Vivian. Vagos Rumores, reafirmación de la cubanía. Conjunto. No. 92. Casa de las Américas. 92. La Habana, 1992.

 

Internet

books.google.com.do/books?isbn=9505563795...

http://148.226.9.79:8080/dspace/bitstream/123456789/4871/1/198223P103.pdf

Pelleneri, Osvaldo y Eduardo Rovner. La dramaturgia en Iberoamérica. Teoría y práctica teatral.

www.actualidadescenica.cult.cu/Estorino_biografia.htm

www.cubaliteraria.com/.../abelardo_estorino/index.html

www.cult.cu/paginas/actualidad/conFilo.php?id

Batallando (Texto) -Muestra sincrética e intemporal en el privado No. 1-

domingo, 19 de septiembre del 2010 a las 17:41
guardado en

-Premio Concurso Dominicano de obras teatrales 1989-

William Mejía

 

Personajes
Por orden de entrada.

 

DIONISIO. – Primo de Martín.
CÉSPEDES. – Un galeno de hospital.
MARISELA. – Auxiliar de Céspedes.
AURORA. – Novia de Martín.
WALKIRIA. – Ex-novia de Martín.
MARCO. – Hermano de Walkiria.
MARTÍN. – Soldado de academia.

Escenografía

 

Es una habitación, en un hospital público de pueblo. Al fondo hay una cama con un herido, al que se le suministra un suero. Hay una mesita, una silla, etc.

 

 

Acto único

 

DIONISIO. – (Detrás de la cama, frente al herido y al público, mientras se escucha una música suave.) Usted no se puede morir, primo. ¿Me oye? (Saca una botella de ron de debajo de su chaleco, y toma un trago. Se nota que ha tomado mucho.) He pasado más de media noche aquí, y no me voy a dormir, porque usted se me muere entonces... Y es necesario que usted siga en medio, primo, para que la vida encuentre siempre con qué tropezar. (Suena otra pieza musical suave.) Esa música (señala hacia arriba), es como para fines de entierro. Pero yo estoy seguro de que no se refiere a usted. (Otro trago.) La familia de nosotros está hecha de una madera muy resistente... Sí, se me figura que usted va a seguir disfrutando de la desazón de la vida. Y, fíjese bien, no importa los balazos que fueron; así como son siete, pudieron haber sido veintiuno, o sesenta y tres, para el caso da igualito. (Otro trago.) Un Martínez, de la rama de nosotros, no se muere cuando el otro quiere, y además...

            Siente que alguien se acerca y esconde la botella bajo el chaleco, al tiempo que se sienta en la silla.

CÉSPEDES. – (Entra seguido por Marisela. Palpa al herido.) Es increíble, pero este soldado aún está vivo.

MARISELA. – (Revisa el récord.) Parece que tiene muchas ganas de vivir, doctor.

CÉSPEDES. – De morir, diría yo. Un soldado, en tiempos de guerra, le está pisando siempre los talones a la muerte.

MARISELA. – Esto no es todavía una guerra.

CÉSPEDES. – Lo mismo da guerra o guerrilla. Son casi las mismas consecuencias. Mire a toda esa gente tirada en este hospital.

MARISELA. – Hablaba del desequilibrio de fuerzas.

CÉSPEDES. – Y yo, del poder de las armas, no del número de ellas. Mire, éste que agoniza es de los más, y véalo ahí, con remotísimas posibilidades de vida, por no decir ninguna, porque ni siquiera se le puede mover para llevarlo a la capital.

MARISELA. – (Inyecta al paciente.) Quizás le pueda ayudar su vitalidad.

CÉSPEDES. – Ojalá que ese deseo suyo encuentre apoyo en alguna parte.

MARISELA. – Usted es insensible, doctor.

CÉSPEDES. – ¿Será la costumbre de ver la muerte tan cerca de mí?

MARISELA. – Admite entonces que es insensible.

CÉSPEDES. – De ninguna manera, sólo complazco su curiosidad.

MARISELA. – ¿Siente por los muertos?

CÉSPEDES. – Claro que siento por los muertos; especialmente si son muertos innecesarios, como los de la guerra.

MARISELA. – Coincido con usted. Los muertos de la guerra son una desgracia; mi padre era capitán del ejército y murió en la guerra civil defendiendo la constitucionalidad. Por eso he tenido siempre mis ideas en estos problemas… Y, dígame una cosa, doctor, ¿siente también por los vivos?

CÉSPEDES. – Sí, específicamente por los que están enfermos y no se pueden curar.

MARISELA. – ¿Y por los que están enfermos de amor?

CÉSPEDES. – Esa enfermedad no existe.

MARISELA. – Le aseguro que existe... Debería hacer un alto y mirar a su alrededor. Luego de mirar, que es un asunto panorámico, vea en ese alrededor a algunas personas importantes. Observe ahora los detalles en las personas importantes. No hay dudas, debe reconocer que a su lado hay gente que muere de amor, y usted no hace nada por remediarlo.

CÉSPEDES. – ¿Quién muere de amor a mi lado?

MARISELA. – Observe bien le dije...

CÉSPEDES. – ¿Sabe? Yo soy hijo de una familia muy religiosa, enemiga de la guerra, y por eso yo soy enemigo de la guerra. Y, antes de irme a la universidad, mi relación única vino de monaguillos y de catecismos. Por eso sé poco de todo lo demás... De modo que no le sorprenda que yo observe y no vea a nadie muriéndose de amor por aquí.

MARISELA. – (Cambia de conversación.) Doctor, aparte de este señor (por Dionisio), hay una muchacha en la sala de espera que dice conocer a este soldado, y afuera hay otras dos personas que quieren entrar a verle.

CÉSPEDES. – Aunque no es la norma, que los dejen pasar. (En disposición de irse.) Pero que nadie pase a otro sitio que no sea el privado No. I... (Concluyente.) En este privado hay ya realmente poca cosa qué hacer. (A Dionisio.) Como usted es el familiar más cercano que tiene este soldado en el pueblo, yo le exhorto a prepararse para lo peor.

DIONISIO. – ¿Cómo?

CÉSPEDES. – Debo sincerarme con usted..., es un caso imposible. (Se va seguido por Marisela.)

DIONISIO. – (Se pone en pie y va hasta la puerta por donde salieron. Se cerciora de que se fueron ya.) Óigame, yo he estado siempre en lo peor, de modo que no tengo que prepararme para nada. Y sobre eso de imposible, ya lo veremos, medicucho... (Al herido.) Sí, ya lo veremos, primo, porque usted es un Martínez “de a verdad”. (Saca la botella y toma.)

AURORA. – (Entra apresurada, con vestuario sencillo.) ¿Cómo está Martín?

DIONISIO. – Bueno, Aurorita, según el matasanos que acaba de salir, Martín no está entre “Lucas” y “Juan Mejía”, ese lugar ubicado entre “Lucas”, el lado bueno, y “Juan Mejía”, el lado malo. No, qué va, el primo Martín está definitivamente en el lado malo, allá por donde le dicen “Juan Mejía”.

AURORA. – ¡Oh, Martín! (Cae de rodillas al pie de la cama.)

WALKIRIA. – (Entra, seguida por Marco, ambos con vestuario elegante.) Querido Martín, desde que lo supe vine enseguida. Pensé de inmediato en lo mucho que podrías necesitarme. (Ve a Aurora.) Pero no me explico qué hace esta infeliz aquí.

AURORA. – (Mira a Walkiria con ojos de fuego.) ¡Walkiria, condenada traidora...! (Salta sobre ella.) ¡Por ti fue que Martín se fue a la guerra!

WALKIRIA. – ¡Suéltame, estúpida!... ¡Marco, ayúdame!

Las separan, y se quedan mirándose de manera desafiante.

DIONISIO. – ¡Basta! ¡Basta! Éste no es un lugar para pelearse. (Va hasta la cama.) Mire como es la cosa, primo, usted muriéndose y estas dos peleándose por usted. Eso es lo que se llama un macho.

MARCO. – (A Martín, con aire amanerado.) Yo vine también a verte, mi amigo Martín.
Necesitas de mí y de mi hermana Walkiria. Tú necesitas a los amigos decentes; no a gente desechable, inmundas ratas de basureros.

DIONISIO. – Qué lástima que aquí no rieguen veneno contra las ratas; para ver si se van definitivamente o ruedan echando espuma por la boca.

MARCO. – ¿A quiénes te refieres con eso de que “ruedan echando espuma por la boca”? ¿Se puede saber?

DIONISIO. – “Con mucho gusto y fina voluntad”, como dice mi amigo Timosenko; uno de los que menciono es aquel homosexual, nieto de un “hombre serio”, pero cuya hombría se “debilitaba” visiblemente cuando tomaba alcohol. Ese homosexual al que me refiero es el que echaron de su casa al comprobarse la equivocada orientación de su sexualidad y se mudó luego a un apartamento, acompañado por su querida hermanita, después que se les fue a pique la serenidad del hogar paterno.

MARTIN. – Si te refieres a mí, debo decirte que la orientación sexual es una opción que le corresponde estrictamente a la persona y…

Martín se mueve en la cama.

DIONISIO. – (A Marco.) Espérese...

MARTÍN. – (Se mueve en la cama y delira.) No, no..., morir no. ¡Prendan la luz!

Dionisio lo agarra y trata de tranquilizarlo.

DIONISIO. – No se ponga “desesperoso”, primo, que quizá esa luz se le prende de nuevo.

MARTÍN. – La luz, la luz...

DIONISIO. – Si no fuera porque estamos en este sitio, yo le prendería a la luz suya con dos o tres petacazos, como en los tiempos viejos; pero ya ve usted, primazo, ni eso se puede...

Sigue hablándole y bajando la voz, al tiempo que la luz baja también, hasta hacerse la oscuridad total. A oscuras, Martín delira.

MARTÍN. – (Con voz jadeante.) La luz, la luz... (Suenan explosiones, como si fueran cañones.) ¿Y eso? ¿Es que a pesar de tantas bombas y morteros, siguen aún resistiendo? (Un ametrallamiento.) ¿Qué ocurre ahora? ¡Son ellos! ¡Son ellos! Pero, cómo. Mi fusil. Ahora no dispara. ¡Ahhhh!

Crece el tableteo y se detiene bruscamente. La luz sube poco a poco... Martín está ahora de pie, en pantalón de pijama y con el pecho vendado, en primer plano. Junto con Dionisio, que aparece también de pie y muy bebido, con una camisa distinta y la botella en la mano. Al fondo se ve la cama con una simulación del herido encima.

DIONISIO. – ¿Qué le parece, primo?

MARTÍN. – No, Dionisio. Yo no creo que eso a lo que le llamas vida, sea la vida.

DIONISIO. – Ah, usted, primo Martín. ¿Usted recuerda aquellos tiempos en que la pasábamos entre libros y esperanzas, entre sueños y alegrías? Todo se fue a pique, primo, usted se fue a la academia militar, más por el capricho de Walkiria que por otra cosa, diría yo, y nosotros nos quedamos haciendo lo de antes, jugando a descubrir estrellas en los amaneceres. En fin, en la vida, primo; porque usted no me va a decir que la vida es esa agonía repentina que tiene usted ahí, echado en esa cama, ese estado moribundo por defender lo ajeno.

MARTÍN. – No es ajeno, Dionisio. La Patria es también mía..., tuya.

DIONISIO. – (Por la candidez de Martín.) Ay, primo. (Toma un trago.)

MARTÍN. – Además, morir por estas cosas es un verdadero canal hacia el cielo.

DIONISIO. – Ésas son las teorías de Marco, el hermano de Walkiria.

MARTÍN. – Un hombre santificado, no lo puedes negar.

DIONISIO. – Muy santo, tan santo como la hermanita.

MARTÍN. – Ella es caprichosa, es verdad.

DIONISIO. – Y algo más que caprichosa, primo.

MARTÍN. – ¿Qué quieres decir?

DIONISIO. – Para refrescar su memoria, déme recordarle que la abuela paterna de Walkiria era conocida en estos alrededores como “La mujer fatal”; no porque tuviera mala suerte en su vida, sino porque le acarreó la fatalidad a los muchos hombres con los que se fue a la cama; y, como hemos hablado algunas veces, las mujeres heredan la conducta de sus abuelas. Y, esa muchacha, como hija de un hogar deshecho, apunta muy bien a ser ahora “La nieta fatal”. De modo que no fue un caso aislado lo que ella le hizo hace poco... Acuérdese también que los viejos dicen que “a la mujer hay que buscarla por familia”, y la familia de Walkiria...

MARTIN. – No hables así.

DIONISIO. – ¿Qué pasa, primo? Esa muchacha no es ya su novia.

MARTÍN. – No sabes de qué hablas.

DIONISIO. – Cuídese de ella, primo, y agárrese de Aurora, quien cree en el amor como verdad de la vida y tiene un profundo concepto de la fidelidad. Recuerde que la abuela materna de ella era la mujer más seria de estos alrededores.

MARTÍN. – Pero, hablas de las divinidades como si fueran...

DIONISIO. – (Sorprendido.) Divini... ¿qué? Ahora si fue verdad que usted me la puso difícil, primo. ¿Divinidades? Ésas mujeres son Aurora, su nueva novia, y Walkiria, la ex “incumbente”.

MARTÍN. – No entiendes nada. El alcohol te embota. ¿Por qué le entregas así tu vida al alcohol?

DIONISIO. – Recuerde que yo soy nieto de Rómulo Martínez, quien tiene en la región el récord de más días corridos bebiendo. A él lo admiraba desde niño por las historias que se contaban; bebía luego como can juvenil, jolgorio en el que participaba también a usted… Cuando usted se fue, vino entonces la degeneración… Y no le entrego mi vida al alcohol, primo, es al revés. Le entrego el alcohol a la vida. (Termina la botella.) Y usted, si sigue en la honda de las divinidades, resístase a la muerte, no deje que Walkiria toque su cuerpo en esa cama. Záfese de sus garras, y quédese en esta vida, es lo mejor. Se lo dice su primo... Y ahora, déjeme ir por otra botella, para seguir rumiando soledades. (Se va.)

Martín da unos pasos y mira hacia la cama. Se escucha una especie de viento terrorífico. La simulación de herido se mueve en la cama, y Martín, de pie, se retuerce por el dolor.

MARTÍN. – (Con palabras forzadas.) No, Walkiria, no. No podrás conmigo. No, no… No podrás.

Walkiria entra por el lado contrario al que salió Dionisio. Está vestida de blanco y lleva un velo transparente sobre el rostro. El viento terrorífico aumenta y se detiene de repente.

WALKIRIA. – Sí, podré. Quien no debe esquivar mis designios eres tú, mortal criatura.

MARTÍN. – Te conozco, Walkiria... Sé de tus caprichos. Conmigo no podrás.

WALKIRIA. – ¡Es el designio! ¡No te resistas!

MARTÍN. – ¡Sí, lo haré!

WALKIRIA. – La misión mía sigue siendo la de siempre, Martín, aunque ahora con cierta variante para acomodar con la modernidad. Esa misión es llevar las almas de los valientes al trono infinito de Odín… ¿Sabes que con sólo tocar tu cuerpo, que está ahí, tirado en esa cama, te haría morir?

MARTÍN. – (Se dobla otra vez por el dolor.) ¡Inténtalo!

Entra Aurora, toda vestida de colores, como imitando a la primavera, y una música suave sustituye a la anterior.

AURORA. – ¡Sí, inténtalo! Y sabremos cuál de las dos tiene más poder.

Se miran desafiantes por unos segundos.

WALKIRIA. – ¿Quién te llamó, Aurora?

AURORA. – Descúbrelo, espíritu de las tinieblas. Y a ti, ¿quién te envió? Tú te tomas tus libertades, ¿no?

WALKIRIA. – Está bien..., vamos a hacerlo en buena lid. Ayudemos a Martín a encontrar la mejor de las razones.

Dionisio aparece en la puerta, sorprendido. Ellas no reparan en él.

AURORA. – Aceptado. Empieza tú.

WALKIRIA. – Martín, ¿qué es la vida?

MARTÍN. – ¿La... la vida?... No... A la verdad que no he tenido tiempo de pensar en eso... No lo sé, no.

DIONISIO. – Primo, dígale que la vida es la bebida, para que pase el primer punto.

WALKIRIA. – Es tu primera derrota, Aurora. Se supone que quien no conoce qué es la vida, no la necesita.

AURORA. – Es posible que un concepto no se conozca teóricamente, pero la práctica puede decir todo lo contrario.

DIONISIO. – (Para sí.) Ah, muy bien, entonces, la divina muchachita es una excelente pragmática.

AURORA. – Di, Martín, ¿no te gustaría seguir viviendo?

MARTÍN. – Claro, todo está por hacerse todavía.

DIONISIO. – ¡Empate!

WALKIRIA. – ¿Ah, sí? ¿Te gustaría seguir viviendo si te faltara, por ejemplo... una pierna... o las dos?

MARTÍN. – ¿Sin piernas?

WALKIRIA. – ¿Y si al mismo tiempo te quedaras sin la vista?

MARTÍN. – (Casi desesperado y mirándolas alternativamente a las dos.) ¿Mis ojos, también?

Se escucha un viento terrorífico.

WALKIRIA. – ¿Cómo podrías ir a la guerra, hacer deporte o salir con tu novia?

MARTÍN. – ¡Dios mío! Eso no, no.

WALKIRIA. – Has escuchado la respuesta, Aurora.

AURORA. – ¡Pero no es lo que quieres hacer creer! No se trató de una negación, sino, más bien, de una suplica. (A Martín.) ¿No podrías sonreír sin piernas y sin ojos carnales?

MARTÍN. – Oh, Dios, no sé, no sé.

DIONISIO. – Ha llegado la señora duda.

AURORA. – Bien, pienso que Martín debe tomarse el tiempo justo.

WALKIRIA. – Aceptado. Ya verás, Aurorita, que no te servirá de nada abrirle las puertas de la vida. Tiene la mejor de las razones.

AURORA. – Tendremos que hacer un pacto.

WALKIRIA. – Te escucho.

AURORA. – Saldremos de aquí, y ninguna de las dos entrará hasta que Martín tenga bien clara su decisión.

WALKIRIA. – Convenido, querida.

Se van las dos.

DIONISIO. – Bueno, primazo, yo he cambiado verticalmente de parecer. Si usted ha de vivir sin las piernas, eso es desvivir. Y sin ojos ni se diga. Mejor sería pegarse unos tragos violentos, y subir medio raro al cielo, para que conteste lo que le venga a la boca cuando lo bombardeen a preguntas.

Se toma Otro trago, se sienta recostado de la pared, y dormita.

MARTÍN. – (Confuso y con ojos desorbitados.) Sí, es cierto. Sin ojos y sin piernas sería solamente un estorbo. No…, no...

Música suave de nuevo.

DIONISIO. – (Adormilado.) Porque lo dijo ya el poeta. “¿Qué es la vida? Un frenesí, ¿qué es la vida? Una ilusión. Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

MARTÍN. – Sí... no puede ser otra cosa.

DIONISIO. – Si uno no ha de pensar por ser inválido y ciego, la existencia es imposible... El filósofo aquel tenía razón, primo; estaba seguramente borracho cuando descubrió que existía.

MARTÍN. – La existencia, la existencia.

DIONISIO. – Y, ¿sabe, primo? Lo que es la vida fuera de esta botella, no tiene ningún propósito.

MARTÍN. – ¿No hay sentido para estar vivo, entonces?

DIONISIO. – Por lo menos para mí, fuera de la botella, no. Mis anhelos se frustraron hace tiempo. Tenía metas, esperanzas, y hasta mujer... Hoy tengo sólo esta botella; que, por cierto, según el otro filósofo, como es botella puede ser también cualquier otra cosa; y así como la tengo, puede ser también que ella me tenga a mí.

MARTÍN. – ¿Qué hacer, Dios?

DIONISIO. – Mire, primo (se pone en pie), póngale mente a esto; cójalo como venga, pero por el lado de la decisión de los Martínez “de a verdad”, que quedamos nada más dos. (Otro trago.) Recuerde que una vez lo dijo alguien, “cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. Y con usted abandonarse a Walkiria, no sufrirá ya ni ceguera ni invalidez.

MARTÍN. – Mis ojos..., mis piernas.

CÉSPEDES. – (Entra, vestido ahora como un cura.) He venido por si deseas confesarte, hijo.

MARTÍN. – Gracias, padre.

DIONISIO. – ¿Padre de qué, primo? Éste es el médico que lo atiende, aunque venga vestido como cura.

MARTÍN. – No sigas tomando, Dionisio, porque lo estás viendo todo al revés.

CÉSPEDES. – Si necesitas de la confesión, aquí estaré, Martín.

MARTÍN. – No tengo nada qué confesar.

CÉSPEDES. – Te informo que las cosas de Dios funcionan de la siguiente manera: mientras más pequeño es el motivo de los hombres, más grande se hace su intención ante los ojos del Señor. Por esa razón, todo el mundo tiene qué confesar, aunque sea el más insignificante de los detalles.

MARTÍN. – Yo no.

CÉSPEDES. – Ése es un orgullo mal entendido. Es bueno, de vez en cuando, conversar con Dios.

MARTÍN. – ¿Puedo hacerlo a través de usted, padre?

CÉSPEDES. – Soy el representante de Dios en este pueblo.

DIONISIO. – A Dios nadie lo representa, porque no se trata de una obra de teatro.

MARTÍN. – Tengo mis dudas.

CÉSPEDES. – Los de la guerrilla dicen así mismo, y no es posible que la gente del Ejército Nacional coincida con los guerrilleros, cuya Biblia es el “Manifiesto Comunista”.

MARTÍN. – No voy a coincidir jamás con los guerrilleros.

CÉSPEDES. – Ejército y guerrilla coinciden en ser propiciadores de la muerte.

MARTÍN. – Yo actúo de manera oficial.

DIONISIO. – Y los guerrilleros de forma privada, es verdad lo que dice el primo.

CÉSPEDES. – ¿Hay diferencia en un muerto provocado por el Gobierno o por la guerrilla? Quisiera saberlo.

Entra Marisela, vestida como una guerrillera, con un fusil a cuestas y con boina, toma posiciones.

MARISELA. – ¡No se mueva nadie, en nombre de la libertad!

MARTÍN. – (Busca su arma detrás de la cama y se posiciona también.) ¡Muera esta guerrillera, en nombre de la Patria!

DIONISIO. – Guerrillera no, primo, es la enfermera que lo cura.

MARTÍN. – ¡Cállate, Dionisio, esto es asunto militar!

Se produce como si fuera una batalla simbólica entre el soldado y la guerrillera.

CÉSPEDES. – Basta, señores, no podemos seguir desangrando al país.

MARISELA. – El poder popular está en el fusil.

MARTÍN. – Lo tuyo es simple locura. Te están usando los poderes internacionales para destruir a la Patria.

MARISELA. – Y a ti te están usando los poderes nacionales para perpetuar sus privilegios.

DIONISIO. – La derecha y la izquierda están en competencia, mientras mi derecha y mi izquierda luchan por mantener en alto esta botella.

CÉSPEDES. – ¡Paren esto, por Dios!

MARISELA. – Vengo a curar al cuerpo social de todos los males que padece.

MARTÍN. – Y yo no permitiré que contaminen el cuerpo social con esas trasnochadas ideas.

MARISELA. – Por mis ideas seguiré combatiendo.

MARTÍN. – Y por las mías yo haré otro tanto.

CÉSPEDES. – ¡Basta, basta! No permitiré que sigan peleando. ¿No saben que se desangran inútilmente?

MARTÍN. – Inútilmente no, padre. Yo tengo compromiso con la Patria.

DIONISIO. – Ay, primo.

MARISELA. – Tú no crees en ninguna Patria, soldado.

MARTÍN. – Tú eres la que no crees en la Patria, guerrillera. El comunismo es claro en sus planteos de destruir los cimientos tradicionales del espíritu patriótico que hemos conocido desde niños, para instaurar otro concepto tan confuso como el pensamiento original de los padres de esa teoría. Eso me enseñaron en la Academia Militar Internacional.

MARISELA. – Te aseguro que yo estoy en las montañas del lado de la Patria.

MARTÍN. – Yo limpiaré las montañas de la locura guerrillera.

MARISELA. – Y yo haré que las ideas retiemblen en el corazón de la cordillera.

CÉSPEDES. – Basta dije. Nadie se va a matar aquí. Suelte ese fusil, Marisela; deje descansar su arma, soldado Martín. Que se haga la paz.

Los dos, como a concierto, sueltan las armas.

DIONISIO. – (Toma un trago.) Que se haga la paz.

CÉSPEDES. – (A Marisela.) A ver, ¿por qué tomó usted las armas?

MARISELA. – Es mucho lo que se debe cambiar en el país.

CÉSPEDES. – Y lo hará usted con el fusil.

MARISELA. – No hay otra forma.

CÉSPEDES. – Claro que la hay. Tienen solamente que participar en el proceso democrático... Y usted (a Martín), ¿por qué combate a la guerrilla?

MARTÍN. – Es mi deber de soldado.

CÉSPEDES. – Pero, que yo sepa, no lo mandaron a combatir a este enemigo, sino fue usted quien pidió ir en persecución de los insurrectos.

MARTÍN. – Cuando la vida se amarga, lo mejor es el honor, y no hay mejor honor que el de la Patria.

DIONISIO. – Ay, primo.

MARISELA. – (A Céspedes.) En vez de usted andar propiciando paces, debería asumir su propio compromiso con el pueblo.

CÉSPEDES. – ¿Cuál compromiso?

Martín y Dionisio se retiran un poco, para escuchar.

MARISELA. – El compromiso del fusil.

CÉSPEDES. – Soy sacerdote.

MARISELA. – Camilo Torres se fue al monte.

CÉSPEDES. – Ése fue un cura confundido.

MARISELA. – ¿Confundido como usted?

CÉSPEDES. – No lo he estado nunca.

MARISELA. – Claro que lo ha estado... Es un hombre sin ideales.

CÉSPEDES. – ¿Porque no estoy con ustedes?

MARISELA. – Porque no tiene posición.

CÉSPEDES. – Estar contra la guerra es una posición.

MARISELA. – Pero está con el sistema... Únase a nosotros, padre, como Camilo Torres, y quién sabe lo que puede salir de las montañas.

CÉSPEDES. – ¿Qué puede salir?

MARISELA. – Quizás se convence y combate, como Camilo, y dejará entonces de ser un cura alineado con los intereses de las multinacionales y de los jerarcas nacionales… Tal vez se fija también en que hay allí combatiendo muchas mujeres jóvenes, y a lo mejor se enamora de una de ellas, y deja su triste estado de hombre célibe.

CÉSPEDES. – Soy cura.

MARISELA. – Pero es hombre, y necesita desahogarse, padre.

CÉSPEDES. – ¿Desahogarme?

MARISELA. – Vaya al amor de los humanos, padre, como fue el divino Jesús al amor de la humana Magdalena.

CÉSPEDES. – No blasfemes, mujer.

MARISELA. – No blasfemo, créame. Se ha dicho ya bastante sobre ese asunto.

CÉSPEDES. – Es su condición de atea la que la pone a opinar así... Que no se hable más.

MARISELA. – Pues debo regresar entonces a mis montañas.

CÉSPEDES. – No vuelva a la montaña, muchacha, no vuelva a la montaña; pues será su muerte definitiva, junta con todos los que han elegido un método tan equivocado de lucha política, en unos tiempos en que se impone el diálogo y el consenso en todas las naciones del mundo.

MARISELA. – De lo que ha dicho se desprende que le preocupa mi muerte.

CÉSPEDES. – Y la de todos los demás.

MARISELA. – Venga conmigo, padre, pues leo en sus ojos que, si queremos, los dos podemos hacer suspirar a la montaña...; hacerla suspirar de amor, nada más y nada menos. Sígame, padre, para que vea como se derrama el amor por la cordillera. (Se va.)

CÉSPEDES. – ¡Espera, guerrillera, la iglesia quiere compartir contigo tus inquietudes! ¡Espera, mujer, el hombre quiere compartir contigo la canción armoniosa del espíritu y del cuerpo! (Se va detrás de Marisela.)

MARTÍN. – Se acaban de marchar la guerrillera y el cura... Extraña junta, Dionisio. ¿No te parece?

DIONISIO. – ¿De qué habla usted, primazo?

MARTÍN. – Del cura y la guerrillera que se acaban de ir... He pensado mucho en lo que dijo el cura, y en lo que dijo también la guerrillera.

DIONISIO. – ¿Curas y guerrilleros por aquí? Yo no he visto nada de eso, primo.

MARTÍN. – Qué vas a ver si el alcohol te tiene loco.

DIONISIO. – Yo tengo loco al alcohol. Es así la cosa. Déjese aconsejar por mí, que yo sé lo que le estoy diciendo. Ah, y no se lleve de Marco, primo, que le desvía el juicio.

MARTÍN. – ¿Marco? (Ligeramente iluminado.) Puede ser que Marco...

DIONISIO. – Cuidado, primo, no deje que ese Marco le marque el sentido... Ese amigo suyo, en pro de su fin ulterior en el infinito cielo que se ha forjado, es capaz de cualquier enredadera seudo-intelecto-religiosa.

MARTÍN. – Es posible que Marco...

MARCO. – (Entra.) El dolor físico sabe soportarlo solamente el hombre de verdad, y, si es tal, soporta también el dolor espiritual. Ése es sencillamente el resumen final del pensamiento del gran filósofo Séneca, el padre indiscutido del estoicismo, teoría que ha hecho conformar a tantos disconformes del mundo.  

DIONISIO. – Hablando del loco de Roma, y él que asoma. Y estoicamente pronunciado.

MARTÍN. – ¡El filósofo Marco en persona!

DIONISIO. – ¡Qué filósofo ni filósofo, primo, ése es Marco el hermano de Walkiria!

MARCO. – Martín, amigo mío, en nombre del saber de todos los saberes, te pido resignación.

MARTÍN. – ¿Resignación?

MARCO. – Sí, Martín, si Walkiria ha de tocar tu cuerpo, tocado sea.

DIONISIO. – Yo cambio verticalmente de opinión. Por donde va éste, yo no voy.

MARCO. – Porque caminas por veredas...

DIONISIO. – Y usted, que no sabe nadar, anda en el mar, sin barco y sin balsa, y tiene varios horizontes, todos engañadores.

MARCO. – ¡No tolero que...!

MARTÍN. – Por favor, por favor, no se peleen, y ayúdenme a dilucidar la decisión que debo tomar.

DIONISIO. – ¡Vivir!

MARCO. – Sería conculcar las leyes divinas. (En tono de confidencia a Martín.) Sólo tienes que aceptar al señor como tu salvador, y no preocuparte ya por más nada.

DIONISIO. – Ése es el falso horizonte cristiano.

MARCO. – ¿Falso el cristianismo?

DIONISIO. – Falso usted.

MARCO. – Pero, ¿qué se ha creído este borracho?

DIONISIO. – ¿Y qué ha emborrachado a este creído?

MARTÍN. – ¡Basta! Dionisio, Marco, por favor...

MARCO. – Óyeme bien, Martín, la muerte tiene para ti dos grandes aportes; por un lado, mueres como héroe del ejército...

DIONISIO. – Una gran gloria, veinte mil persiguiendo a unos cuantos infelices.

MARCO. – Pero no negarás que, de cualquier modo que sea, lo ascenderán el mismo día de la muerte, y pondrán medallas al cadáver y dispararán salvas múltiples, y hasta un Martínez aparecerá adornando con su nombre una calle de la ciudad.

DIONISIO. – Marquito, eso parece más militar que cristiano y, además, se me figura que Jesús vino a descoyuntar a los que estaban sobre el árbol, no a los que lloraban sentados en las raíces.

MARCO. – Ése es otro tema..., no me gusta la política.

MARTÍN. – Sigue, Marco, no te ocupes de Dionisio.

MARCO. – Dime, Martín, ¿temes a la muerte?

MARTÍN. – Temer no, pero es una incongruencia que...

DIONISIO. – Cada quien está en el derecho de morirse solito, sin caprichos de nadie.

MARTÍN. – Sí, es una incongruencia que me ocurra esto, precisamente a mí.

MARCO. – Es posible que tus dudas no sean más que la inseguridad en cuanto al lugar que te corresponderá en el más allá.

DIONISIO. – Ya empieza el aburridísimo divagar filosófico-religioso.

MARCO. – ¿Qué dices, hombre vulgar?

DIONISIO. – Que su tartamudear filosófico no me ha convencido nunca.

MARCO. – Tu opinión es hija de la simpleza..., y quizás de tu borrachera. (A Martín.) Te decía que el más allá...

DIONISIO. – No hay tal.

MARCO. – Pero, ¿qué es?

DIONISIO. – Que no hay más allá.

MARCO. – ¿Cómo?

DIONISIO. – Como lo oyes, aprendiz de filósofo..., el principio es el mismo fin... Si no lo entiendes, te lo explicaré de manera más sencilla: agarra los chinos de China, de la China grande, y ponlos uno detrás del otro. Entonces, dándole la vuelta a la tierra, el último chino de la China grande vendrá a parar al mismo sitio donde está el primer chino de la China grande... Esto quiere decir que el más allá, como lugar, no es más que el aquí práctico en que estamos.

MARCO. – ¿Y el problema del tiempo, entonces?

DIONISIO. – Lo mismo. El más allá en lugar, es el aquí; y en el tiempo futuro plus ultra, es el ahora.

MARCO. – (Frenético.) Parece que el licor tiene dotes filosóficas... (Altanero.) O tal vez has estudiado buena “disparatología”.

DIONISIO. – En la universidad donde dan esa asignatura usted puede ser el rector.

MARTÍN. – ¿Pero es que no van a terminar la disputa? Y entre tanto yo, pendiente de una decisión, me deprimo en un caos espantoso. Sí, sí, es cierto. No sé dónde iría. (Muy angustiado.) No sé qué lugar tendría destinado si muriera. (Marco y Dionisio lo observan.) Si Walkiria tocara mi Cuerpo, ¿qué cosas podrían suceder? ¿El martirio? ¿La anulación definitiva? ¿La felicidad eterna?... En cambio, si continuara viviendo; pero sin piernas y ciego..., si eso sucediera... ¿Sería yo capaz de soportar lástima en los demás? ¿Dónde se irían mi orgullo, la soberbia, mi altivez? (Casi ahogado por el llanto.) No, no; a mí no, por favor, a mí no.

MARCO. – Yo tengo la llave de tu decisión.

DIONISIO. – Para meterlo preso, seguramente.

MARCO. – Conozco algunas artes, por medio de las cuales se puede invocar a los difuntos para que nos hablen de su experiencia en el más...

DIONISIO. – En el aquí. Además, la experiencia de los muertos es tierra y gusanos.

MARCO. – ¡En el más allá!

DIONISIO. – Y, ¡dale!

MARCO. – Conoceríamos allí qué te tienen reservado. Hablaremos con tus padres, con otros soldados, con filósofos...

MARTÍN. – (Un poco calmado.) ¿Cómo es eso posible, Marco?

MARCO. – Hay que preparar las condiciones. Armonizamos este cuarto, tu cuerpo lo sacamos de aquí con todo y cama, y nosotros tres...

DIONISIO. – Conmigo no cuenten.

MARCO. – Nos asistimos de alguien que me ha servido varias veces de médium, y ya veremos los resultados.

DIONISIO. – Mire, cristiano, según la Biblia, “los muertos muertos están y sólo resucitarán el día del juicio final”. De modo que usted tiene dos corrientes raras en la cabeza. Y oiga bien, si usted cree en Dios de verdad, no cree entonces en esa sesión que está proponiendo, y si no cree en Dios, no hay tampoco más espíritus.

MARCO. – Las cosas celestiales no las entiende el vulgar.

DIONISIO. – El peso y medio o el uno cincuenta, mi amigo.

MARCO. – ¡Los dos, atrevido! ¡Los dos!

DIONISIO. – Cuando se acaban los argumentos, se trancan los argumentistas.

MARCO. – (Trata de sosegarse.) ¿Estás listo para la sesión, Martín?

MARTÍN. – No, no, Marco; no creo que sea capaz. Yo...

MARCO. – Pero, Martín...

DIONISIO. – Anótese un punto menos, filósofo. Eso es no, y no se queda, habló un Martínez.

MARCO. – ¿Por qué no una muestra?

MARTÍN. – No.

DIONISIO. – ¡No!

MARCO. – ¡Oh, miedo que te apoderas de las almas débiles!

MARTÍN. – No creo que sea miedo, Marco.

MARCO. – ¡Oh, almas perversas que se sacian con espíritus nobles!

DIONISIO. – “...Hacia Belén la caravana pasa”.

MARCO. – Cuando el hombre, indeciso, deja perder su única oportunidad, las postrimerías de sus pensamientos lo depositarán en el limbo dantesco. Y los que no son capaces siquiera de enfrentarse en vida al conocimiento de la verdad ultra dimensional, no probarán jamás los sabores dulces de la gloria.

MARTÍN. – ¿Qué dices, Marco? ¿Qué te pasa?

MARCO. – Y, ay de aquellos que se mofan de lo divino, de lo oculto y de lo insólito; las mismas sombras de su ignorancia los envolverán en el caos sin final de las maldiciones.

DIONISIO. – (Como distraído.) “Tú eres espuma; yo, mar que en sus cóleras confía”.

MARCO. – Las sombras empezarán lentamente...

DIONISIO. – Como se iniciaron en su cerebro.

MARTÍN. – La luz, la luz.

MARCO. – El ser se sentirá como una esfera negra.

DIONISIO. – Y adentro, usted.

MARTÍN. – (Con voz adolorida.) La luz, por favor...

MARCO. – Inmensamente negra.

DIONISIO. – Como su conciencia.

MARTÍN. – Luz, por favor… (Está jadeante.) Siento que en mi alrededor hay una sombra progresiva que trata de envolverme.

DIONISIO. – ¡No lo permita, primo, que usted es un Martínez “de a verdad”!

Marco se cruza de brazos e, inmóvil, se sonríe; a seguidas se le ve como poseído. Dionisio se toma un trago y se sienta al fondo, recostado de la cama. Dormita.

MARTÍN. – Quizás quiera morir sí, pero no en medio de la oscuridad. Así no. Que se haga la luz. La luz. Ahora veo dos regiones, una montañosa y otra como si fuera una gran estepa gris, vieja y cuarteada. Por el centro pasa como si fuera un río de sombras. Y las montañas son verdinegras, la neblina surge del subsuelo en la gran llanura: pero no sé, en alguna parte presiento una hermosa pradera con flores de todas clases, trinos que vienen de no sé donde... Y las dos regiones (se agarra fuertemente la cabeza.)... No sé, no sé... ¿Qué hace Aurora en medio de esas flores? ¡Qué bella es! Pero qué digo, Dios, si es una enviada del cielo, no puedo equivocarme, no es humana. Me abre los brazos; pero no, por favor, no. Oh, la neblina me la oculta, y ¿qué es eso, Dios mío? No, del río de sombras sale un monstruo horripilante que me señala, y otro monstruo detrás se regocija haciendo gestos estúpidos.

DIONISIO. – ¡Póngale coraje, primo Martín!

Walkiria entra sigilosamente por una puerta y, tratando de que Martín no la vea, se acerca a la cama e intenta tocar el cuerpo que está en la cama.

MARTÍN. – ¿Qué pasará ahora? ¿Qué puede pasar?

DIONISIO. – (Dormitando aún y levantando la botella, tratando de dársela al cuerpo que está en la cama.) Puede pasar un trago...

Walkiria se sorprende y no puede tocar el cuerpo. Martín la ve y quiere ir a impedirlo; pero algo, como en una pesadilla, se lo impide por más esfuerzos que hace. Marco, aún cruzado de brazos suelta una carcajada. Walkiria está petrificada ante el brazo levantado de Dionisio.

MARTÍN. – ¡No te atrevas, espíritu caprichoso! (Pero no puede avanzar y Marco sigue riendo.)

DIONISIO. – Beba, primo, beba.

AURORA. – (Entra.) ¡Me lo suponía, espíritu desleal!

WALKIRIA. – No he hecho ninguna cosa.

AURORA. – (Interponiéndose entre la cama y Walkiria.) ¡Poco que te faltó, monstruo tenebroso!

DIONISIO. – (Se pone en pie.) Ah, pero es que tenemos debate celestial una vez más.

MARCO. – (Todo azorado y habla como en secreto.) ¡Cállate, no intervengas para nada, inmunda sabandija! ¿No vez que esto es divino?

WALKIRIA. – (Con miedo.) Haré lo que digas, Aurora, pero no perjudiques mis atribuciones.

AURORA. – Teníamos un trato, ¿no?

WALKIRIA. – Pero...

AURORA. – ¡Fuera!

Walkiria se va temerosa y ligera. Aurora sale amenazante detrás de ella.

DIONISIO. – Bueno, yo voy por más 1icor..., porque si el que me he tomado me ha hecho figurar a dos mensajeras del cielo, contrarias además, ¿qué me aparecerá si me ajusto otra botella? Vamos a ver, pues dice la inteligencia de la calle, que “probando es que se guisa”. (Se va dando tumbos.)

MARCO. – Todos estos son preanuncios, Martín.

MARTÍN. – ¿Preanuncios de qué?

MARCO. – Del fin que se te aproxima... ¿No te viste ahora mismo en el propio cielo?

MARTÍN. – Eso no me anuncia nada.

MARCO. – Valkiria te lo dijo.

MARTÍN. – Pero yo no me lo creo.

MARCO. – ¿Contradices a una diosa?

MARTÍN. – Aurora dice otra cosa.

MARCO. – Ésa es una advenediza.

MARTÍN. – Es la diosa griega de la esperanza.

MARCO. – Ella te está perdiendo.

MARTÍN. – No, Marco, me está ganando la esperanza.

MARCO. – (Avanza amenazante.) ¡Te está ganando la locura! Y voy a impedírtelo.

Va rápidamente hacia el cuerpo que está en la cama, pero Martín, conociendo su intención, se interpone.

MARTÍN. – ¿Qué pretendes, Marco?

MARCO. – ¡Acabar con esto de una vez!

Intenta tocar el cuerpo, y forcejean.

MARTÍN. – ¡No puedes decidir por mí!

MARCO. – ¡No sabes lo que piensas ni piensas lo que dices!

MARTÍN. – ¡Tú no sabes lo que estoy pensando!

Lo empuja con fuerza y se separan.

MARCO. – ¡No sabes tampoco lo que estás haciendo, estúpido!

MARTÍN. – Estoy viendo claras algunas cosas.

MARCO. – No tienes derecho a ver nada.

MARTÍN. – Sí, veo muy claro que Walkiria y tú representan el mismo origen, y la más negra de las intenciones.

MARCO. – ¡Estás blasfemando!

MARTÍN. – Y te voy a enfrentar, criatura perversa.

MARCO. – No hagas otra locura.

MARTÍN. – Cuando se descubre el mal hay que combatirlo de inmediato.

MARCO. – ¡No puedes contra el designio!

MARTÍN. – (Resuelto y enérgico.) ¡Guerra contra el designio, contra Walkiria, contra ti!

MARCO. – ¡No puedes combatir a un ejército de dioses como si fuera un ejército de estúpidos mortales!

MARTÍN. – (Más enérgico.) ¡Ni hombres ni dioses podrán destruirme!

MARCO. – Estás definitivamente loco..., estás provocando a las fuerzas del cielo. ¡No te acerques!

MARTÍN. – ¡Empezará dando cuenta de ti!

MARCO. – (Como invocando al cielo.) ¡Que se desborde el tío de las tinieblas contra este infeliz mortal que se rebela!

MARTÍN. – ¡Que viva la rebelión del espíritu!

Un humo denso aparece en el escenario y empieza a cubrir paulatinamente todo.

MARCO. – ¡Que las sombras cubran lo humano y lo divino!

Empieza a bajar la luz.

MARTÍN. – ¡Hasta mí no llegarán las sombras!

MARCO. – ¡Tienes todavía tiempo, Martín!

MARTÍN. – ¡No van a destruirme!

MARCO. – ¡Hay un mundo de luz con senderos de flores más allá de esta miseria!

La luz sigue bajando, mientras se ven como relámpagos y se oyen truenos.

MARTÍN. – ¡Que se pulverice de inmediato la promesa falsa!

MARCO. – ¡Obedece, Martín!

MARTÍN. – (Impertérrito.) ¡Jamás!

MARCO. – (Voz de profundidad.) Entonces, todo seguirá siendo oscuridad para ti.

Se hace la oscuridad total, mientras siguen produciéndose los relámpagos y los truenos.

MARTÍN. – ¡He de combatir a lo natural y a lo sobrenatural si es preciso!

MARCO. – Serás una partícula de polvo cósmico que deambulará en el espacio insondable “per sécula seculórum”. Sufrirás los embates de lluvias de aerolitos y te sentirás sin fuerzas en el vacío; y recibirás por tu inútil resistencia el castigo sin final de todas las maldiciones del universo.

MARTÍN. – (A todo pulmón.) ¡Qué vengan juntas todas las maldiciones del universo!

MARCO. – (Con voz natural.) ¡Es inútil, criatura infeliz!

MARTÍN. – (Con igual fuerza.) ¡Vete, sombra! ¡Quiero luz!

Se encienden todas las luces. Dionisio aparece ahora con el mismo chaleco del principio, como inclinado sobre el cuerpo de Martín, que está en la cama. Está también Marco, con la misma vestimenta del principio, y Walkiria y Aurora, que aún se miran desafiantes.

DIONISIO. – A la verdad, primo, que usted ha hablado buenos disparates esta noche. Bueno, en estos casos uno dice muchas vainas.

MARCO. – (Inclinándose sobre Martín.) Martín, querido amigo...

DIONISIO. – (Separándolo de la cama.) Quite, quite.

MARCO. – Quita tú, borracho.

DIONISIO. – No, quite usted, mamarracho.

AURORA. – (Reacciona y por Walkiria.) ¡Reza mucho, arpía, para que Martín no se
muera!

WALKIRIA. – Está agonizando, querida, y de todas maneras, si se hubiera salvado, sería para mí, no lo dudes.

AURORA. – No le harás más daño, monstruo; Martín, como hijo de una familia de tradición deportiva, fue deportista de méritos, ganó incluso varias medallas; pero tú quisiste que se fuera a la academia militar tan solo porque te dio de capricho casarte con un oficial del ejército. Y luego, cuando le traicionaste, pidió ir en persecución de los insurrectos. ¡Y mira los resultados!

DIONISIO. – Que se termine la discusión; pues no vale nada esa competencia por el primo Martín, que está finiquitando ya.

WALKIRIA. – Es verdad. (Por Aurora.) Si tú lo quieres, te lo dejo. Haz lo que quieras con sus despojos, infeliz. (Intenta irse.)

Entra Céspedes seguido por Marisela. Dionisio esconde rápidamente la botella debajo del chaleco y se sienta. 

CÉSPEDES. – (Mientras él toma el récord en las manos.) Revise la temperatura.

MARISELA. – (Aplica el termómetro y descubre algo, pasa luego a la sorpresa.) ¡Doctor, ha bajado muchísimo!

CÉSPEDES. – (Le toma el pulso y le aplica rápidamente el estetoscopio.) Oh, Dios, pero los  latidos son casi normales... Inyección, por favor... No es posible... Este hombre...

WALKIRIA. – ¿Qué?

DIONISIO. – (Curioso.) ¿Cómo?

MARISELA. – (Después de inyectar.) ¡Se lo dije, doctor, va a vivir!

AURORA. – ¿Cómo dice?

CÉSPEDES. – Es realmente increíble, muchacha, pero se salvará.

MARCO. – ¡Oh, diosito, ah tú que haces maravillas!

DIONISIO. – (Deja que se vea su borrachera.) ¿Cómo es la cosa?

AURORA. – (Eufórica.) ¡Se ha salvado, Dionisio; Martín ha ganado la batalla!

CÉSPEDES. – Sí, se ha salvado. Pero no puede ser...

DIONISIO. – (Se pone en pie y da tumbos, muy emocionado.) ¡Con los Martínez puede ser siempre! Mírelo ahí, medicucho. ¡Que venga el pueblo entero, para que vean a un Martínez “de a verdad”!

Céspedes mira sorprendido a Dionisio por un instante, y sigue aplicándole medicamentos a Martín.

WALKIRIA. – ¿Quedará bien mi Martincito, doctor?

AURORA. – No tienes derecho a preguntar nada, Walkiria; pues no es ya “tu Martincito”, recuerda que son ahora mis despojos.

WALKIRIA. – Estás loca, infeliz, son míos los derechos. (Insiste.) ¿Cómo quedará, doctor?

CÉSPEDES. – Se salvará, no hay dudas... Sólo va a perder una pierna. Pero esto es verdaderamente increíble.

WALKIRIA. – ¿Una pierna?... (Mueca de desagrado.) ¡Ah, qué horror!

DIONISIO. – ¿Una pierna?

AURORA. – ¿No te hará ninguna falta, verdad Martín?

DIONISIO. – Claro que no le hará falta. Un Martínez “de a verdad” puede caminar perfectamente con piernas ajenas (por Aurora), y más si son unas bellas piernas de mujer.

CÉSPEDES. – (En actitud de irse, seguido por Marisela.) Dejen solo al paciente, en lo que estudiamos de inmediato este caso milagroso. (A Dionisio.) Usted, el primero, Amigo... Y a propósito, sería interesante que nos explicara qué hace usted aquí en estado de embriaguez.

DIONISIO. – Es el mundo el que está embriagado, doctor, yo soy de los poquísimos que permanecemos sobrios en la azotea (señala su cabeza), para ponerle así las ideas en orden a este mundo borrachón.

Se va, pero entra enseguida, de manera subrepticia, y se esconde detrás de la cama.

MARISELA. – ¿Vamos a celebrar por la vida, doctor?

CÉSPEDES. – Vamos a celebrar por la vida, Marisela... (Con el récord en la mano y echándole el brazo a la enfermera.) Bien, señores, si tienen motivos suficientes para alegrarse por este milagro, felicitaciones. (Se va con la enfermera.)

Aurora acaricia el pelo de Martín, extasiada.

WALKIRIA. – Por fin creo que no hago nada por aquí. (Por Aurora.) Me asquean las ratas. La contaminación apesta. (Se va.)

Aurora, que no se da por entendida, besa a Martín y se va por la puerta contraria con visible alegría.

DIONISIO. – (Sale del escondite.) Tiene razón la Walkirita esa. Por eso fue que dije que es una lástima que en el privado No. 1 no hubiese veneno contra las ratas.

MARCO. – Yo he de retirarme también. (Por Dionisio.) No he resistido nunca la basura. ¡Adiós a la inmundicia! (Se va.)

DIONISIO. – Bueno, primo, ahora es que yo estoy seguro de que usted es el otro Martínez “de a verdad” que le quedaba al mundo. (Toma un trago.) ¡Que vivan los Martínez “de a verdad”! ¡Que vivan las Auroras, ¿verdad primo?, y los amaneceres! Y que se queden las Walkirias en sus marcos de mundanal oscuridad. Ah, y que viva esta botella, y usted, primo Martín.

Telón.

Azua, 1989.

Nota: Esta obra está protegida por la ley de derecho de autor. Para cualquier fin, favor de comunicarse con el autor (William Mejía) por medio de los siguientes correos electrónicos: teatristasactivos@gmail.com, elandarin@hotmail.com, w.meja@yahoo.es

 

 

 

 

Areíto de amor (Texto) -Teatro para niños

lunes, 13 de septiembre del 2010 a las 01:11
guardado en

Personajes

Orden de aparición

 

GUABONITA. Muchacha de la isla Babeque.

JAUBABÓ. Jefe menor.

GUATIBONEX. Hermano de Guabonita.

GUAGUYÓN. Pretendiente de Guabonita.

BEÍQUE. Brujo de la tribu.

ATABEIRA. Diosa-madre.

BAIBRAMO. Dios del mal.

ANACOCUYO. Cacique, cuñado de Guaguyón.

VOCES. Un areíto indígena.

 

Escenografía

 

Se ambientarán tres lugares diferentes para diversos momentos de la obra; una gruta, una playa y el mar. En la gruta habrá pinturas rupestres y figuraciones de estalactitas. Para la playa cambiaremos por una simulación de arena en primer plano y olas lejanas, y un cielo azul sin sol o un cielo negro con estrellas, según sea el caso; mientras que para las escenas del mar bastará la apariencia de un mar azul y de un cielo estrellado o sin estrellas, según considere el escenógrafo.

 

Vestuario

 

Los hombres tienen los corrientes taparrabos de los taínos, y las mujeres, faldas que les bajan al medio del muslo, todo en algodón tejido. Se sugiere que los dioses se conciban como aborígenes, y, como tales, van vestidos, pero con adornos agregados.

 

Acto 1

Escena 1

 

Luz de antorchas. Se distingue, en penumbras, un areíto indígena, que se oye como si fuera un murmullo de fondo... “¿Es Guabonita una flor?” “Guabonita, Guabonita”… “¿Es Guabonita una flor?” / “Guabonita, Guabonita”… Y sigue la danza entre sombras y murmullos… Se ilumina el areíto, que consiste en dos filas de indígenas, paralelas y de frente, una de mujeres y la otra de hombres, con los brazos trabados y como versificando a contrapunto… Cada verso es cantado dos veces por cada fila, danzando con pasos hacia delante y hacia atrás.

 

TODAS LAS VOCES. – ¡Qué negra se ve la noche!/ Es que casi sale el sol/. ¡Qué negra se ve la noche!/ Es que casi sale el sol.

VOCES MASCULINAS. – ¿Qué le pasa al buen turei?

VOCES FEMENINAS. – El turei dormido está.

VOCES MASCULINAS. – ¿Qué le pasa al buen turei?

VOCES FEMENINAS. – El turei dormido está.

            Se ven ahora las figuras que van saliendo, danzando y entre murmullos.

 

TODAS LAS VOCES. – ¿Cómo despierta el turei?/ Quizás por razón de amor. Cómo despierta el turei?/ Quizás por razón de amor.

            Apagón.

 

Escena 2

 

Es una gruta, con pinturas, cemíes, etc. Guabonita está como recogiendo agua en una fuente. Jaubabó entra, con una cinta roja en la cabeza y una flor en la mano que oculta detrás. Le hace la corte alrededor. La besa y, como si fuera de la cabeza de la muchacha, salen estrellas, y salen tantas que forman un rayo de luz que se eleva hacia el techo. Luz de antorchas.

 

JAUBABÓ. – ¿Cómo está esta flor que recoge agua para ponerse todavía más fragante?

GUABONITA. – Estoy muy bien. Y tú, ¿volviste ya, Jaubabó?

JAUBABÓ. – Claro que sí, amada mía. Sigo siendo el más veloz en la carrera…, y creo que casi vuelo cuando tú me esperas… Tu hermano Guatibonex llegó también… Hemos recorrido la noche para traer hierbas y flores de las más necesarias…, como ésta… (Saca la flor y se la da.)

GUABONITA. – Nunca vi una flor como ésta. Es preciosa.

JAUBABÓ. – Estaba en lo más alto del árbol más alto… (Intenta besarla de nuevo)

GUABONITA. – ¡No, Jaubabó! Otra vez no. ¿No sabes que Guaguyón vigila?

JAUBABÓ. – Nadie puede impedir lo que sentimos, Guabonita.

GUABONITA. – Guaguyón es cuñado y heredero del cacique y tiene mucho poder. Y como el beíque le dijo que estoy destinada para él, es ahora capaz de todo.

JAUBABÓ. – ¡Ese beíque mentiroso! ¡Brujo farfullero!

GUATIBONEX. – (Entra.) ¡Guabonita, hermana mía, ocúltate rápidamente! Guaguyón se acerca y está furioso. Ha preguntado por ti a todo el mundo.

JAUBABÓ. – Pero, ¿qué le sucede a Guaguyón?

GUATIBONEX. – Por ti me ha preguntado también, amigo mío. Dice que si te encuentra cerca de Guabonita, vas a saber quién es el cuñado y heredero del cacique Anacocuyo. ¡Ocúltate, hermana!

 

            Guabonita se oculta.

 

GUAGUYÓN. – (Entra, seguido por el beíque.) Por fin te encuentro, Jaubabó; pero ya veo que alguien se me ha adelantado.

GUATIBONEX. – Todos nos encontramos fácilmente en una misma “guácara”, porque en el interior de estas cuevas todo es cerca.

BEÍQUE. – (A Guatibonex.) ¡Cállate!

GUATIBONEX. – (Al beíque.) ¡Cállate tú, hijo de hurón!

JAUBABÓ. – ¿Qué se te ofrece, Guaguyón?

GUAGUYÓN. – ¿Has visto a Guabonita?

JAUBABÓ. – Desde que te interesaste por ella, jamás… Tú eres el heredero del cacique.

GUATIBONEX. – (A Guaguyón.) Y menos después que cierto brujo la destinó para ti.

BEÍQUE. – ¡Eres un atrevido, muchacho!

GUATIBONEX. – ¡Y tú un hurón, un hurón pelado!

GUAGUYÓN. – (Se acerca a Guatibonex.) ¿Sabes por qué no le ordeno al Beíque que te desaparezca? Porque eres hermano de mi amada, hombre torpe. Sólo por eso…

GUATIBONEX. – Ganas no le faltarían a este loco..., si de verdad tuviera ese poder…

GUAGUYÓN. – ¡Basta...! El cacique Anacocuyo ha ordenado que se busque de inmediato Hierba Digo; pues la que había se acabó en el último baño que tomó la gente. Además, la que trajeron ustedes esta noche no sirve para el baño, está nueva, y el cacique quiere de la hierba más vieja, de la que crece por los lados de la playa.

GUATIBONEX. – ¿Hierba de la playa? ¿No sabes acaso, Guaguyón, que no hay ya tiempo para el regreso antes de salir el sol?

GUAGUYÓN. – Ése es tu problema…, y el de Jaubabó..., llegar aquí antes que salga el sol.

GUABONITA. – (Sale de su escondite.) No, Guaguyón. No los mandes. Mira que si el sol sale antes que vuelvan, serán transformados en objetos o animales. No lo permitas, Guaguyón, por nuestro dios Yucahuguamá.

GUAGUYÓN. – ¡Qué bueno que llegas, Guabonita! Para que veas cómo se van hacia la playa los dos hombres más veloces de Babeque.

GUABONITA. – Tienes que devolver esa orden, Guaguyón.

GUAGUYÓN. – Lo siento, bella dama. Es una orden del cacique Anacocuyo.

JAUBABÓ. – (Se acerca a Guabonita.) No te angusties, Guabonita, haremos todo lo posible para volver a tiempo… (Y se va despavorido, seguido por Guatibonex.)

GUAGUYON. – Si son veloces de verdad, regresarán antes de que salga el sol...

GUABONITA. – ¡Eres un malvado, Guaguyón! ¡Eres un malvado!

            A partir de aquí las voces cantan en off hasta el final.

TODAS LAS VOCES. – ¿Por qué la flor se entristece?/ Se ha perdido Jaubabó. ¿Por qué la flor se entristece?/ Se ha perdido Jaubabó.

            Apagón.

 

Escema 3

El mismo escenario de la gruta. Guaguyón tiene  un bejuco en la mano y en el otro extremo de éste se halla Guabonita, en el suelo, atada por el cuello; mientras el beíque se ha puesto a realizar como si fueran conjuros.

 

GUAGUYÓN. – Jaubabó y Guatibonex están en peligro de que los sorprenda el sol.

GUABONITA. – ¡Tú tienes la culpa por haberlos mandado a la playa!… Y, si el cacique dio la orden, él es también culpable... (Llorosa.) ¡No volverán! ¡No volverán!

GUAGUYÓN. – No llores, preciosa, que a mi lado vivirás feliz.

BEÍQUE. – Además, serás la dueña de todo cuando Guaguyón sea el cacique; lo cual no está muy lejos, pues Anacocuyo muere pronto.

GUABONITA. – Eres un malvado, Guaguyón. Estás también contra tu cuñado.

GUAGUYÓN. – Anacocuyo está fuera de época. Y se necesita modernizar a la tribu.

ANACOCUYO. – (Entra por la derecha. Es un anciano con un bastón de mando.) ¿Qué haces, Guaguyón, con esta niña enlazada?

BEÍQUE. – Se resiste a irse con nosotros.

ANACOCUYO. – ¿Irse con nosotros? ¿De qué hablas, beíque? ¿Dónde debe ir con nosotros?

GUAGUYÓN. – A la isla Matinino. Está deshabitada y tiene más protección contra el sol.

ANACOCUYO. – ¿Cómo? Pero, ¿quién decidió tal cosa?

BEÍQUE. – Guaguyón ha querido interpretar tu voluntad.

ANACOCUYO. – ¡Pues no es mi voluntad! ¡Y no estoy de acuerdo!

GUAGUYÓN. – Envié hace un rato a Jaubabó y a Guatibonex a buscar Hierba Digo a la playa; pero, vista la tardanza, es posible que el sol haya dado cuenta de ellos.

ANACOCUYO. – ¡Pero si el sol sale ya…! Guaguyón, ¿cómo te has atrevido?

GUAGUYÓN. – Estás muy cansado, y te ayudo, cuñado.

ANACOCUYO. – ¿Qué dices, insolente?

GUAGUYÓN. – ¡Basta ya, Anacocuyo! (Toma el bastón de mando de manos del cacique.) ¡Dame acá ese bastón! (Le quita los demás atuendos de cacique y se los pone él.)

ANACOCUYO. – ¿Sabes bien lo que haces, Guaguyón?

GUAGUYÓN. – Claro que lo sé… Tomo desde ahora el mando de la tribu.

BEÍQUE. – Y yo quedo como segundo jefe de la tribu.

GUAGUYÓN. – Nos iremos a Matinino, y tú vendrás con nosotros, Anacocuyo.

ANACOCUYO. – Pero tenemos sólo unas cuantas canoas, no cabremos todos.

GUAGUYÓN. – Van sólo las mujeres con nosotros.

GUABONITA. – No pretenderás separar a los niños de sus madres, ¿verdad?

GUAGUYÓN. –Los niños se quedan... Tú tienes gran poder, beíque. Conviértelos en ranas; y así no sufrirán, pues entrarán enseguida al agua.

BEÍQUE. – ¿Qué dices, señor? (Se decide.) Lo haremos así, señor.

GUAGUYÓN. – Nos vamos esta noche, Anacocuyo.

Hala a Guabonita.

GUABONITA. – Yo no he dicho que quiero ir.

GUAGUYÓN. – El viaje se hace por ti, preciosa.

ANACOCUYO. – ¡Que el turei te ilumine, cuñado!

GUAGUYÓN. – ¡Vamos! (Se van todos.)

TODAS LAS VOCES. – Guabonita, Guabonita/. La flor

bella se va al mar/. Guabonita, Guabonita/. La flor

bella se va al mar. (Apagón.)

 

Escena 4

Es una playa. Cambio de ambientación, como fue explicado al principio. Luz tenue. Música suave que baja y desaparece.

ATABEIRA. – (Hace un paquete con sus cosas, porque se va. Es una anciana bonachona.) Mundo que gira y gira, Atabeira, esta vieja que va y viene y que viene y va, ha cumplido su tarea de investigación por esta parte de la tierra… Recojo ahora mis cosas y me voy hacia otros lugares… A ver, a ver… (Toma una linterna.) No puedo dejar mi linterna de luz cansada, porque, cansada y todo, la necesito un poco más allá para caminar en la noche sin tropezarme con la piedras y los árboles… Y como esta linterna antigua precisa de combustible a cada momento (Recoge astillas de leña seca), llevaré esta leña desde aquí; ya que, por donde voy a pasar ahora el campo está desierto, y me puedo ver sin luz a mitad del camino. (Levanta algunas hierbas verdes.) He de llevar también de estas hierbas poderosas; con cuyo jugo prepararé el experimento que servirá quizás para combatir los poderes del terrible Baibramo, que hoy día goza con trasformar en objetos y animales a todos los que encuentra en el campo a la hora de salir el sol… Como ese Baibramo es ciego, necesita que salga el sol para poder guiarse hasta sus víctimas… ¡Qué Baibramo tan odioso el que tenemos! Pero, ¿qué vemos allí? Son dos hombres que corren desesperados, sin protección. ¿No saben acaso que en poco tiempo saldrá el sol?... ¡Oigan, ustedes! ¿No se dan cuenta de que el sol aparecerá en un momento?

JAUBABÓ. – (Entra, seguido por Guatibonex.) ¿Quién nos habla en esta playa solitaria?

ATABEIRA. – Soy yo, Atabeira, que me marcho ya de estos alrededores.

GUATIBONEX. – (Cae de rodillas.) ¡Es Atabeira, la diosa-madre de Yucahuguamá!

ATABEIRA. – Están en peligro con el terrible Baibramo. ¡Váyanse enseguida!

JAUBABÓ. – (A Guatibonex, poniéndose también de rodillas.) ¿Baibramo?

ATABEIRA. – No es el sol el que transforma a la gente… Es Baibramo, el dios del mal… Lo hace guiándose con el sol y ocultándose detrás de él. Culpa después al sol por su acción… Pero, váyanse, que no tarda en aparecer.

JAUBABÓ. – Diosa-madre, nosotros tenemos que volver con suficiente hierba para el baño de la gente. De lo contrario nos castigará el cacique.

ATABEIRA. – ¡Los han engañado! ¡Tomen la hierba que tienen y váyanse enseguida!

JAUBABÓ. – Somos muy veloces; podremos llegar, Atabeira.

ATABEIRA. – Les queda muy poco tiempo... Miren, los rayos del sol despuntan ya por entre aquellas montañas. ¡Corran para ver si pueden llegar hasta la cueva “Amayauna”, que está aquí cerca! ¡Corran, que yo me voy también! (Se va.)

JAUBABÓ. – Llevemos algunas hierbas más, que Guaguyón puede enviarnos otra vez.

GUATIBONEX. – ¿Y la amenaza de Baibramo?

JAUBABÓ. – No te preocupes. Mira, hay una gran nube delante. El sol y Baibramo son inofensivos cuando el turei está nublado… Ese sol no saldrá por ahora, y Baibramo no actuará tampoco sin él. Hemos escuchamos a Atabeira.

GUATIBONEX. – Pero démonos prisa.

JAUBABÓ. – Complazcamos a Anacocuyo y a Guaguyón mientras sea posible.

GUATIBONEX. – ¿Crees que el Cacique Anacocuyo está enterado?

JAUBABÓ. – No lo sé. Pero al regreso lo averiguaremos.

GUATIBONEX. – ¡Mira, Jaubabó, la nube que cubre al sol se deshace! ¡Vámonos!.

JAUBABÓ. – (Echándose la hierba a cuestas.) ¡Quizás tengamos todavía tiempo!... (Se detiene.) Estamos perdidos. ¡Corre, Guatibonex, para ver si puedo entretener a Baibramo, mientras escapas entre los árboles hacia la cueva “Amayauna”... ¡Corre!

GUATIBONEX. – ¡Ven conmigo, Jaubabó!

JAUBABÓ. – ¡Vete ya, Guatibonex!

En ese momento, precedido por un ruido ensordecedor, sale el sol por la izquierda.

JAUBABÓ. – (Cae de rodillas, frente al sol.) ¡Sal de tu escondite, Baibramo!

BAIBRAMO. – (Entra, con cara monstruosa.) ¿Quién puede haberme descubierto?

JAUBABÓ. – Yo, Jaubabó.

BAIBRAMO. – ¡Otro que cae en la trampa de Baibramo! ¡Qué bien me quedó la nube hoy! (Saca un aparato que trae.)

JAUBABÓ. – No he violado las leyes de los dioses, Baibramo.

BAIBRAMO. – Basta con que estés en campo abierto al salir el sol.

JAUBABÓ. – Hacía un servicio a mi sociedad indígena.

BAIBRAMO. – (Le apunta con el aparato.) ¿Y crees que eso me importa, tonto?

JAUBABÓ. – No es justo que tú sigas transformando gente en objetos y animales. Y si hay una ley que lo permita, ésa no es una ley justa. Además, tú no tienes el derecho ni la autorización de Yucahuguamá para hacer lo que haces... Lo dijo Atabeira.

BAIBRAMO. – Veremos eso cuando me encuentre con Atabeira. Esa diosa entrometida sabrá cuántas verdades puede decir Baibramo… Además, nadie me dice lo que debo y lo que no debo hacer. ¡A transformarse, piojillo!

JAUBABÓ. No lo hagas, Baibramo.

Baibramo le dispara, y Jaubabó se trasforma, con un ritual impresionante, en un ave de vistoso plumaje. Y canta entonces con una melodía triste, con un trinar silvestre.

 

BAIBRAMO. – La mañana no ha de ser sencilla mientras anden por ahí intrusos que transformar… (Al ave.) Dime, ¿te acompaña alguien más?… Dímelo, de modo que pueda hallarle y transformarlo también… El cambio es bueno, ¿sabes? Es bueno para que dejen ese triste estado de hombres y mujeres inútiles que tienen ahora… Sin el hombre debe quedar el mundo; porque intentará luego crear la luz y el calor de manera artificial, y hará casi innecesaria la existencia del sol… Y el sol es mi guía… Sin el sol, Baibramo no tiene razón de ser. (Mientras el ave se va monte adentro.) ¡Espera, ave bronca!... Se fue, y no supe si lo acompañaba o no algún otro… Bueno, me ha salido ahora un ave cantarina… Creo que se me ha refinado el método; de mis últimos intentos salieron sólo piedras… La técnica mejora... Pero esta gente no anda sola tan lejos de sus escondrijos. Buscaré entre los árboles; alguno debe ocultarse entre éstos para evadir la transformación.

Voces confusas, como en protesta de nuevo, y Baibramo hace un gesto despreocupado, como si le restara importancia.

 

TODAS LAS VOCES. – ¿Por dónde anda Jaubabó?/ Su canto se oyó en el bosque/ ¿Por dónde anda Jaubabó?/ Su canto se oyó en el bosque/ (Apagón.)

 

Escena 5

Al subir la luz, es el mismo escenario anterior. Baibramo busca para ver si hay más gente que transformar. Efectos de sonido que simbolizan furia de los elementos.

ATABEIRA. – (Adentro.) ¡Detente, Baibramo!

BAIBRAMO. – ¿Quién me habla con tanta autoridad?

ATABEIRA. – (Entra.) Soy Atabeira… Me iba ya y decidí ocultarme cuando llegabas… ¿Qué haces aquí, en esta tierra de los hombres?

BAIBRAMO. – Yo no necesito permiso para andar en la tierra. Y te advierto que, como diosa, no debes interrumpir la labor de otros dioses… Va contra nuestras leyes.

ATABEIRA. – Va también contra las leyes del turei intervenir de manera directa entre los hombres, como lo estás haciendo tú.

BAIBRAMO. – Los castigo por su afán de saber demasiado. El sol es mi guía en esa tarea.

ATABEIRA. – ¿Es tu guía para dañar a la gente?

BAIBRAMO. – Con el tiempo los hombres intentarán apagar al sol.

ATABEIRA. – Y, como crees eso, tú quieres acabar con los hombres.

BAIBRAMO. – Éste que transformé en ave, y todos los demás que he transformado, estuvieron a campo abierto cuando salía el sol… Violaron la Ley.

ATABEIRA. – ¿Cuándo ha dicho el Hacedor que los hombres no deben estar a campo abierto al salir el sol? Puedes ser castigado por eso; pero como en el turei no se castiga, tu castigo puedes recibirlo en la tierra… No olvides que los hombres han aprendido sus trucos para combatir.

BAIBRAMO. – ¡No me hagas reír! ¿Los hombres van a combatir a Baibramo? ¡Ay, diosa, cuánto siento que tus tantos siglos de edad te hayan puesto a chochear!

ATABEIRA. – Yucahuguamá no va a impedir una acción de los hombres contra ti; castigaría así tu atrevimiento de tratar de igualarte con él.

BAIBRAMO. – Debes saber que mi poder está organizado en el turei y que Yucahuguamá en eso está de manos atadas; por lo que no tengo que seguir escuchando tus chocherías... Además, por ser la madre, tu opinión no vale nada en el turei...

ATABEIRA. – Pero vale en el corazón de mi hijo, en especial lo que se refiere a los hombres. Por eso investigo siempre, para saber cómo va la vida de los hombres en la tierra.

BAIBRAMO. – Informa todo lo que hago… Soy un dios como cualquiera.

ATABEIRA. – Un dios-demonio.

BAIBRAMO. – ¡Un dios-demonio, y no le temo a ningún otro dios... ¡Ha llegado la hora de la rebelión contra Yucahuguamá! (Yéndose.) ¡Adiós, anciana! ¡Veremos quién tiene la razón!

Le sigue un gran ruido, y Atabeira se va por el otro lado.

 

Acto II

En el mar, en una canoa. Aparecen Guaguyón, Anacocuyo, Guabonita y el beíque. Atabeira está a la derecha, recogiendo hierbas. Luz tenue. Las voces siguen en off.

 

Escena 1

TODAS LAS VOCES. – Entre el agua y las estrellas/ Primer viaje por el mar/ Entre el agua y las estrellas/ ¡Primer viaje por el mar.

VOCES FEMENINAS. – ¿Hacia dónde va la flor?

VOCES MASCULINAS. – Guabonita, Guabonita.

VOCES FEMENINAS. – ¿Hacia dónde va la flor?

VOCES MASCULINAS. – Guabonita, Guabonita.

TODAS LAS VOCES. – Entre el agua y las estrellas/ Primer viaje por el mar/ Entre el agua y las estrellas/ ¡Primer viaje por el mar.

ATABEIRA. – (Entra con sus cosas y alumbra con su linterna. Camina sobre las aguas, y a la par suena una música suave, que va bajando hasta que desaparece.) Un viaje más, y de nuevo en esta noche silenciosa... ¡Caray! Debo apretar el paso para salir del mar. De mi trabajo aquí se beneficiarían solamente los tiburones, y ésos no necesitan de nadie. Son tiburones en todo el sentido de la palabra. Pero..., ¿qué se distingue por allí? ¿Acaso no son canoas llenas de mujeres? (Se les acerca.) ¡Ey, ustedes! ¿Dónde van tan entrada la noche y en medio de la mar misteriosa?

GUAGUYÓN. – ¡Vamos a Matinino!

BEÍQUE. – ¡Miren, camina sobre las aguas!

ATABEIRA. – Soy Atabeira, la diosa-madre de Yucahuguamá.

GUAGUYÓN. – ¿Cómo podemos comprobarlo?

ATABEIRA. – Ante un dios hay que creer sin comprobar nada... ¿Y por qué van a Matinino?

BEÍQUE. – A protegernos mejor del sol.

ATABEIRA. – En todas partes es lo mismo.

ANACOCUYO. – Es una locura de mi cuñado Guaguyón, buena diosa.

ATABEIRA. – ¿Y los demás hombres? La mayoría son mujeres... Y los niños, ¿dónde están?

GUABONITA. – Las mujeres vamos secuestradas por el nuevo jefe Guaguyón.

GUAGUYÓN. – Las protejo del terrible sol.

GUABONITA. – ¡Falso! ¡Quiere a todas las mujeres para él y para su brujo diabólico! ¡Y a los niños ordenó convertirlos en ranas!

ATABEIRA. – Has hecho mal, Guaguyón. Y, en el caso de que fuera para salvarlas, estarías cometiendo un acto de desesperación; pues tengo ya casi listo un experimento que debe detener la transformación de las personas. Yo sé contra quién y cómo luchar.

GUAGUYÓN. – No nos interesa ni tu disputa con el sol ni tu opinión sobre nuestro viaje a Matinino.

ANACOCUYO. –Debes oírla, Guaguyón… Volvamos a Babeque.

GUAGUYÓN. – ¡Cállate de una vez, Anacocuyo!

ATABEIRA. – Me marcho. No quiero ver lo que ha de pasar ahora, y no puedo evitarlo tampoco. ¡Eres malo, Guaguyón, muy malo! (Se va.)

ANACOCUYO. – Que el turei te perdone, Guaguyón.

GUAGUYÓN. – No necesito perdón por nada, y menos del turei… Yo soy ahora el cacique. Los dioses tienen que estar conmigo.

ANACOCUYO. – Repito que el turei debe perdonarte, y el mar guiarte bien.

GUAGUYÓN. – El mar está también conmigo, Anacocuyo... Mira, el mar me ha traído un caracol, para indicarme que estamos ya cerca de Matinino... Acércate y mira.

ANACOCUYO. – (Busca con la vista.) ¿Dónde está el caracol, Guaguyón?

GUAGUYÓN. – (Lo empuja, y Anacocuyo cae al mar.) La noche te espera en el fondo del mar… ¡Adiós, cuñado! ¡Te he ayudado a morir como todo un cacique de Babeque!

BEÍQUE. – ¡Miren, se ve ya la isla Matinino!

GUAGUYÓN. – Cómo lo pensé, llegamos antes de que salga el sol.

TODAS LAS VOCES. – ¡Qué tristes que son las noches!/

Guabonita, Guabonita/ ¡Qué tristes que son las

noches!/ Guabonita, Guabonita. (Apagón.)

 

Escena 2

El mar. Es de noche. Guaguyón y el beíque pescan con varas en sendas canoas. Guabonita aparece atada a la canoa de Guaguyón. Luz sobre los personajes.

GUABONITA. – ¡Qué odiosas son estas noches, al lado de un monstruo como Guaguyón!

GUAGUYÓN. – Conviértete en mi mujer y verás que se me quita lo de monstruo.

GUABONITA. – Ni lo sueñes, condenado; porque, como dijo Atabeira, eres malo, Guaguyón. Y tendrás que pagar lo de Anacocuyo y lo de los niños. Y lo de Jaubabó y Guatibonex, también.

GUAGUYÓN. – ¿Y piensas todavía en ellos, tonta? Mira, muchacha, casi todas las mujeres que trajimos han estado conmigo en mi hamaca… ¿Qué debo hacer para que me quieras, bella niña?

GUABONITA. – ¿Por qué no entiendes, Guaguyón…? Si quedamos tú y yo solos en Matinino, te rechazaré también.

GUAGUYÓN. – ¿Ah, sí? ¿Y para qué me haces falta, si me sobran las mujeres? ¿Para qué me haces falta, tonta? ¡Beíque, vete a tierra y tenme lista a Caremí para cuando yo llegue! ¡Y a la Luz de Luna, a Brisa Fresca, a Vanahí..., a todas!

BEÍQUE. – Tus deseos serán cumplidos, pero recuerda que Brisa Fresca es mía.

GUAGUYÓN. – ¿Que es tuya? ¿Desde cuándo? ¿Es que tú no sabes que todas las mujeres son propiedad del cacique?

BEÍQUE. – Yo aparté a Brisa Fresca, con tu consentimiento, además de Caona y Onaney.

GUAGUYÓN. – ¿Reclamas también a Caona y a Onaney? ¿Estás loco? (Se queda pensativo. Al beíque.) ¡Está bien, beíque; quédate con Onaney, Caona y Brisa Fresca, pero que las demás estén esperándome cuando yo regrese de la pesca!

BEÍQUE. – Se hará de esa manera, mi señor.

GUAGUYÓN. – ¡Espera, beíque! ¡No vayas a ninguna parte!... Tú me prometiste el amor de Guabonita... Tráela ante mí, y haz con tus poderes que me implore de rodillas.

GUABONITA. – Eso te faltaba, cacique infeliz.

GUAGUYÓN. – ¿Infeliz el cacique? (Al brujo.) ¡Hazlo ya, beíque! Y si tus poderes no sirven con ella para que me implore, ¡desaparécela!

GUABONITA. – Hazlo tú mismo, Guaguyón… Eres el cacique.

BEÍQUE. – (Pasa de su canoa a la de Guaguyón, desata a Guabonita y se la pone al frente.) ¡Arrodíllate y ríndele culto a Guaguyón!

GUABONITA. – Como quieras... (Lo golpea con la vara de pescar, se echa al agua y se oculta detrás de una de las canoas.)

BEÍQUE. – ¡Ay, hija de todos los demonios!

GUAGUYÓN. – ¡No dejes que escape, o te va a pesar a ti más que a mí! ¡No dejes que escape ni que se ahogue, si de verdad quieres tu vida! ¡Si escapa o muere, lo pagarás, brujo inservible! ¡Nada detrás de ella, brujo inútil!

BEÍQUE. – Eres injusto, cacique. (Y se echa al mar.)

Guaguyón se echa también al mar, detrás del beíque, momento que aprovecha Guabonita para subir a la canoa y remar mar adentro.

GUAGUYÓN. – ¡Se fue en la otra canoa! ¡Se fue en la otra canoa! ¡Vamos por ella! (Sube con el beíque en la canoa que queda y empiezan a remar desesperadamente.) ¡Tú tienes la culpa de que Guabonita se escapara, hurón pelado!

BEÍQUE. – Yo creo que nuestros dioses protegen a Guabonita.

GUAGUYÓN. – (Le da con el remo.) ¡No vuelvas a decir eso, beíque estúpido! ¿No sabes acaso que los dioses protegen siempre al cacique?

BEÍQUE. – Creo que te equivocas, Guaguyón.

GUAGUYÓN. – ¡El cacique no se equivoca! ¡Maldita sea! (Se para y lo toma por el cuello.) ¡Cállate, idiota!

BEÍQUE. – ¿No recuerdas ya que te he ayudado en todo hasta hoy?

GUAGUYÓN. – No tengo qué agradecerte... ¡Eres un brujo malo y has hecho mucho mal!

BEÍQUE. – ¿Te arrepientes de lo que hemos hecho?

GUAGUYÓN. – ¡Sí, me arrepiento! ¡Me arrepiento y te maldigo, brujo criminal! ¡Te maldigo por los niños, y por Anacocuyo..., y por Guabonita!... ¡Que se desaten enseguida todos los vientos de la diosa Guabancex! ¡Te maldigo; te maldigo, beíque!

Al instante hay vientos huracanados, y la canoa se mueve agitadamente.

BEÍQUE. – (Mientras se vira la canoa.) ¡Ayúdame, cacique, ayúdame!

GUAGUYÓN. – ¡Es el fin, brujo inútil, es el fin!

Sigue la repentina tempestad, y desaparecen los dos. A poco, todo se calma, y se ve a Guaguyón que sube a duras penas a la canoa.

TODAS LAS VOCES. – ¿Te castiga el buen turei?/ ¡Ay, de ti, mal Guaguyón!/ ¿Te castiga el buen turei?/ ¡Ay, de ti, mal Guaguyón!

(Apagón.)

 

Escena 3

Playa en Guanín. A la izquierda, sentada en la arena, Guabonita. Luz tenue.

ATABEIRA. – (Entra sin ver a Guabonita, echa en un cántaro una botella de agua, por porciones. Y va probando. Música suave que baja y desaparece.) Debo darme prisa; pues el sol no tarda en aparecer en el turei de Guanín, seguido por el endemoniado Baibramo... Y creo que tengo ya el compuesto preciso para quitarle su poder a este dios perverso... Un compuesto preparado con Hierba Digo, de la isla Babeque; bejucos misteriosos, de Matinino, y raíces de hierbabuena, de Guanín… Además, ceniza de cometa, hollín de volcanes estelares y algo que no debe faltar en este tipo de combinación, polvo de mi vestuario…; todo batido con agua de mar… Y listo. Naturalmente, con la esperanza de que resulte, porque, de lo contrario, son muchos los

que serán transformados todavía en objetos y animales. (Ve a Guabonita.) ¡Buenos días, linda muchacha! Amanece ya. ¿Qué haces en esta playa solitaria?

GUABONITA. – ¿Eres tú que me hablas, madre Atabeira?

ATABEIRA. – Yo, preciosa. Creo haberte visto anoche en el mar de Matinino. Pero, dime, ¿por qué te veo tan triste?

GUABONITA. – ¡Si supieras, diosa! En Babeque dejé a mi amor, que salió en busca de hierba para el baño, y, cuando salimos, aún no regresaba... En Matinino trataron de que fuera la mujer del gran señor…

GUABONITA. – Y anoche me eché a la mar, perdí mi canoa cuando llegué a la playa, y aquí me ves, sin saber siquiera dónde estoy.

ATABEIRA. – Estás en la tierra de Guanín, Guabonita.

GUABONITA. – ¿Sabes mi nombre?

ATABEIRA. – Sé más cosas de las que tú imaginas. Ahora, ayúdame con Baibramo, que más tarde puede ser que yo te ayude con lo de tu amor.

GUABONITA. – Te creo, Atabeira. Pero, ¿por qué dices Baibramo?

ATABEIRA. – A más de uno he tenido que explicarlo en estos días. No es el sol que transforma a la gente, es Baibramo que se esconde tras el sol… ¿Ves ese cántaro? En él hay un compuesto que puede acabar con el poder de ese dios travieso… Cuando aparezca, tú debes darle para que beba, usando una vasija que hay dentro.

GUABONITA. – ¿Y no me transformará desde que me vea?

ATABEIRA. – Depende de tu habilidad... Ponte este collar de guanines, son piedrecitas que hay sólo en esta isla.

GUABONITA. – (Toma el collar.) Oye, ¿y cómo sé si tiene sed?

ATABEIRA. – Recuerda que anda con el sol. Ha de tener siempre sed… Toma también esta bolsita… Si logras que beba, échale después de este polvo milagroso… (Yendo a esconderse.) ¡Alerta que se aproxima ya el sol!

TODAS LAS VOCES. – ¿Qué puede pasar ahora?/ Pasará lo inesperado/ ¿Qué puede pasar ahora?/ Pasará lo inesperado.

 

Escena 4

BAIBRAMO. – (Entra sin ruido. Luz amarilla.) Pero, ¿qué es esto? Una mujer en Guanín. (Saca su aparato.) Vino seguramente de otro lugar. Ésta es tierra deshabitada. Bien, entonces, haré mi primer trabajo de transformación en Guanín.

GUABONITA. – ¡Espera, Baibramo!

BAIBRAMO. – Baibramo no espera… (Para sí.) Todos saben ya que soy yo, y no el sol.

GUABONITA. – Yo puedo guiarte hasta donde hay mucha gente desprevenida.

BAIBRAMO. – Guanín está deshabitada... He llegado sólo porque percibí tu presencia.

GUABONITA. – Estás equivocado, Baibramo... En Guanín hay dos tribus rivales... Y yo quiero guiarte hasta donde están los enemigos de la mía... Es mucha gente y acostumbran a salir sin ninguna prevención. Si lo dudas, mira mi collar, es de guanines. Estos collares los hace mi tribu.

BAIBRAMO. – No pierdo nada al comprobarlo. Vamos, llévame. Pero ten cuidado.

GUABONITA. – El viaje es largo, Baibramo. ¿No quieres refrescarte un poco antes de irnos? Si quieres puedes tomar un poco de agua. Imagino cómo sufres con esos calores tan inmensos. (Le ofrece agua del cántaro.)

BAIBRAMO. – Dame de esa agua, y vamos, que estoy impaciente.

GUABONITA. – No desesperes, Baibramo, que la paciencia es importante entre los hombres y debe serlo también entre los dioses.

BAIBRAMO. – ¡Basta de palabras! (Bebe.) ¡Vamos enseguida!

BAIBRAMO. – (Impactado de repente.) ¿Qué me has

dado de beber, condenada muchacha? ¿Qué me has hecho? ¡Ya verás!

BAIBRAMO. – (Dispara el aparato transformador sobre Guabonita, varias veces, pero ella sigue igual.) ¡No es posible!

BAIBRAMO. – ¡He perdido mi poder de transformación! ¡No es posible!

ATABEIRA. – (Entra.) ¡Se acabó tu equivocada misión de transformar a la gente!

BAIBRAMO. – ¡Tenía que ser Atabeira!

ATABEIRA. – Te has equivocado mucho, Baibramo.

BAIBRAMO. – (Persigue ferozmente a Guabonita.) ¡Te mataré! ¡Te mataré! ¡Te mataré, atrevida muchacha! (La alcanza y la levanta en vilo.)

ATABEIRA. – ¡El polvo, Guabonita! Guabonita le echa el polvo.

BAIBRAMO. – ¿Qué haces? ¿Qué es esto, Atabeira? (Al instante se le quita la ferocidad.)

ATABEIRA. – Volverás a tener a partir de ahora sólo tu misión originaria… ¿Has entendido bien el mensaje del turei?

BAIBRAMO. – Entendido, Atabeira (Coloca a Guabonita sobre la arena y se va.)

ATABEIRA. – Pasemos ahora a otra cosa, Guabonita... El mar acaba de echarnos en la playa a un tipo conocido. Anda, recógelo… (Tararea.) Cierto cacique nos trajo el mar, quemado por el sol y por la maldad.

GUABONITA. – Es Guaguyón. Y está muy mal... Tiene llagas en todo el cuerpo.

ATABEIRA. – (Le da una bolsita.) Toma, muchacha, échale de este polvo… Cúralo, que habrá que hacer siempre bien por mal.

GUABONITA. – ¿Y si vuelve después a lo mismo?

ATABEIRA. – A lo mejor se para de ahí diferente. ¡Hoy es un día de grandes cambios! Me voy ahora, o no me dará tiempo de echar el ojo y el oído por otros lugares.

GUABONITA. – ¡No te vayas! Dime antes cómo y por dónde puedo ir hasta Babeque.

ATABEIRA. – (Mientras Guabonita le echa del polvo a Guaguyón.) Guaguyón puede ayudarte… Es otra sorpresa que te espera. (Al irse.) Cuando llegues a tu isla, es posible que encuentres a los niños sanos y salvos, y, también, a un Guatibonex que escapó del maleficio de Baibramo.

GUATIBONEX. – ¿Los niños y Guatibonex?... ¿Y Jaubabó? ¿Qué sabes de Jaubabó?

ATABEIRA. – Fue transformado en un ave cantarina, de plumaje multicolor. Pero a todo se le puede dar marcha atrás, menos a la muerte… Quiero decirte solamente que si ves en tu isla a cierto pájaro que canta bellísimo, échale del polvo que te queda en la bolsa, del mismo polvo con el que curaste a Guaguyón, y cuélgale los guanines en el cuello al ave, para ver lo que pasa… ¡Adiós, Guabonita! (Se va.)

GUABONITA. – ¡Gracias, Atabeira, Gracias!

GUAGUYÓN. – (Se recobra.) ¿Eres tú, Guabonita? ¿Por qué me has curado? No lo merezco.

GUABONITA. – Todo el mundo merece estar sano.

GUAGUYÓN. – ¿Cómo llegaste a Guanín?

GUABONITA. – No lo sé, pues perdí la canoa. Y quiero irme ahora para Babeque, pero no sé tampoco la forma de hacerlo.

GUAGUYÓN. – Te daré mi canoa para que vuelvas a Babeque. Yo encontraré cómo regresar a Matinino. Vete esta misma noche, y rema siempre hacia el Este... Llegarás antes de que vuelva el sol.

GUABONITA. – (Mientras va hacia la conoa.) Lo del sol, no era el sol, sino Baibramo; pero Atabeira lo convirtió en un buen dios... (Se monta.) Me voy ahora mismo... ¡Adiós! (Se va remando.)

GUAGUYÓN. – Adiós, Guabonita... Y si vuelves a ver a Jaubabó, pídele que me perdone... (Se distinguen las figuras del areíto que empieza a entrar de puntillas.) Sí, Guabonita, corre detrás de tu Jaubabó, y, si lo encuentras, transfórmalo de nuevo... Tú, que has doblegado el poder de Guaguyón, y que has participado en el cambio de ese terrible Baibramo, más fácil podrás devolverle el cuerpo a tu amor... ¡Adiós, cacica feliz!

TODAS LAS VOCES. – (En penumbra.) ¿Qué se forma y se transforma? ¿Qué se forma y se transforma? ¡Son jugadas del amor! ¡Son jugadas del amor!

(Apagón.)

 

Escena 5

La gruta. A la izquierda, sobre una roca, el ave canta su melodía triste. Luz de antorchas. El areíto, en penumbras a la derecha.

GUATIBONEX. – (Entra y va hacia el ave.) Pero, ¿Qué es eso, Jaubabó? ¿Cantas todavía tu pena? ¿No sabes que mientras más le canta a la tristeza más se ahonda tu penar?... Sé que no escuchas nada ya y que haces sólo cantar y cantar. Pero, ¿crees que con eso la traerás de vuelta? (El ave aletea.) Sí, sí, sé también que no puedes volar, porque tus alas son muy pequeñas... Si no, hace tiempo que hubieses ido por todos los mares detrás de tu florecilla. Lo sé… Ella no volverá, amigo. Guaguyón se la llevó y no la regresará nunca más... Créeme, el hechizo de los niños no le resultó al beíque… No sigas cantando tu dolor, que van entonces a crecer tristes, y no hay cosa más desgraciada que un pueblo triste... ¡En dónde andará Guabonita!

GUABONITA. – (Entra, con una bolsa en la mano.) ¡Aquí estoy, Guatibonex!

GUATIBONEX. – (Mientras el ave aletea y cae de la roca.) ¡Guabonita, hermana mía!

GUABONITA. – (Ve al ave.) Es Jaubabó, ¿verdad?... Es un ave hermosa, y me refieren que canta bellamente.

El ave aletea y canta con ritmo alegre.

GUABONITA. – Vamos a intentar con el polvo de Atabeira, que puede servir para que Jaubabó se transforme de nuevo. Me lo dio la misma Atabeira, después que venció a Baibramo. Bueno, más o menos yo la ayudé. Pero, ayúdame ahora tú con Jaubabó… Veamos qué dice este polvo milagroso. Veamos. (Le echa del polvo al ave, pero no surte efecto.)

GUATIBONEX. – Inténtalo de nuevo.

GUABONITA. – Veamos otra vez. (Le echa de nuevo, y nada.)

GUATIBONEX. – Te han engañado, Guabonita. Este polvo es sólo eso…, polvo.

GUABONITA. – ¡No, Guatibonex, este polvo tiene que servir! (Le pone el collar de Guanines en el cuello al ave.) Veamos una vez más… (Le echa lo que queda del polvo, y empiezan a cumplirse los mismos pasos del ritual de transformación.)

GUATIBONEX. – ¡Se transforma! ¡Se transforma!

GUABONITA. – (Viendo ya que se perfila la figura de Jaubabó.) ¡Es Jaubabó! ¡Es Jaubabó! (Hacia el cielo.) ¡Gracias, madre Atabeira!

JAUBABÓ. (Recobrado.) ¿Eres tú, Guabonita?

Guabonita besa a Jaubabó, y, como ocurriera al principio, de la cabeza de la muchacha salen estrellas, y salen tantas que forman un rayo de luz que se eleva hacia el techo. Mientras tanto, el grupo del areíto entra y empieza a moverse alrededor de la piedra donde estaba el ave, con sus bailes y cantos de la ocasión, y ahora se han integrado Guabonita, Jaubabó y Guatibonex.

TODAS LAS VOCES. – ¡Qué esperanza de la noche!/ Es que va asomando el sol/ ¡Qué limpia la madrugada!/ Es que va asomando el sol.

La luz empieza a bajar.

VOCES MASCULINAS. – ¿A quiénes ama el turei?

VOCES FEMENINAS. – Guabonita y Jaubabó.

La luz palidece.

VOCES MASCULINAS. – ¿A quiénes ama el turei?

VOCES FEMENINAS. – Guabonita y Jaubabó.

En penumbras, mientras van saliendo y cantando.

TODAS LAS VOCES. – ¿Por qué el turei los protege?/ Porque son de sol y amor/ ¿Por qué el turei los protege?/ Porque son de sol y amor.

Telón

 

Santo Domingo, DN., 1992.

 

GLOSARIO

Amayauna. Cueva que, según los nativos de la isla de Santo Domingo, existía en la montaña Cauta.

Areito. Danza y canto de los indios que habitaban a las antillas mayores.

Atabeira o Atabex. Diosa superior de los taínos.

Babeque. La española, actual isla de Santo Domingo.

Baibrama. Dios taíno del mal.

beíque. Brujo de la tribu taína.

Cauta. Según los taínos, era una montaña de la isla Babeque, o Santo Domingo.

cacica. Esposa o novia del cacique.

cacique. Señor o superior de una provincia o pueblo de indios.

Canoa. Pequeño bote de un remo, en el que hacían los indios sus viajes por mar.

cemí. Divinidad materializada con poderes sobrenaturales y cuya intervención en la vida de las tribus se hacía por intermedio de los curanderos, hechiceros o adivinos. Se tallaban en madera o se esculpían en roca.

Guabancex. Diosa taína de las tempestades.

Guanín o Guanino. Se llamaba así a una de las antillas mayores, posiblemente Puerto Rico. Se refiere también al oro de baja ley, que tenía color algo morado. Entre los indios se tenía por joya preciosa para ornamentación corporal de los hombres y de los cemíes.

Hierba de Digo. Hierba que usaban para el baño los indios de las antillas mayores.

Matinino. Así llamaban los indios a una de las antillas mayores, probablemente Cuba.

tribu. Cada una de las agrupaciones en que se dividían algunos pueblos antiguos.

turei. Era a lo que los indios de las antillas mayores llamaban cielo.

Yucahuguamá. Dios supremo de los taínos.

 

El tema de esta recreación fue tomado de la leyenda de Guagugiona, o Guaguyona, que aparece en la “Historia del Almirante don Cristóbal Colón”, escrita por Fernando Colón (Madrid, 1892), quien a su vez la recoge de la “Escritura o Relación Acerca de las Antigüedades de los Indios”, de Fray Ramón Pané. Ésta es una versión original del autor, en la que se ha considerado conveniente modificar la terminación de los nombres indígenas originales, muy frecuentemente terminados en o los femeninos y en a los masculinos.

 

Nota: Esta obra está protegida por la ley de derecho de autor. Para cualquier fin, favor de comunicarse con el autor (William Mejía) por medio de los siguietes correos electrónicos: teatristasactivos@gmail.com, elandarin@hotmail.com, w.meja@yahoo.es

 

Inician con gran éxito jornada Conociendo la literatura de William Mejía

domingo, 06 de diciembre del 2009 a las 03:44

Con la presencia de numerosos estudiantes y profesores de la enseñanza media se inició en Pueblo Viejo, Azua, la jornada “Conociendo a los escritores del Sur”, que se dedica en esta primera versión a William Mejía, escritor sureño que es actualmente uno de los más importantes creadores en las letras del país, ganador de más de 30 premios literarios en los últimos veinticinco años.

En sus palabras, la directora Regional de Educación, licenciada Rafaela Nova, dijo que “la iniciativa ha concretizado tomando en cuenta que a veces los estudiantes llegan a las universidades sin conocer a las personalidades que viven al lado de su casa.” Y aseguró que “eso no pasará mientras yo esté al frente de esta dirección, pues el primer recurso que debe proyectar la educación es el recurso local con que cuentan sus comunidades”.

Sostuvo Nova que este proyecto pretende realizarse cada año, con un escritor distinto  cada vez, en las tres provincias que integran la regional: Azua, Peravia y San José de Ocoa. La actividad de homenaje William Mejía en las escuelas se realiza en Azua del 1 al 15 de diciembre de 2009; mientras que en Peravia se hará del 22 de febrero al 5 de marzo de 2010; y en Ocoa, del 15 al 30 de marzo.

En la provincia de Azua las primeras comunidades escolares visitadas, con una respuesta muy entusiasta por parte de estudiantes y profesores de la enseñanza media, fueron, además de Pueblo Viejo, Ansonia, Las Charcas, Estebanía, Tábara Abajo y Sabana Yegua. Continúan ahora Peralta, Proyecto 2C, Proyecto 4, Tábara Arriba, Los Toros, Las Yayas, el Instituto Politécnico de Azua y el liceo Román B. de Castro. Los colegios privados de la ciudad realizarán sus encuentros a finales del mes de enero, junto a las escuelas del municipio de Padre las Casas.

Aclaró la directora Regional de Educación que la jornada tiene cuatro aristas: conocimiento teórico del autor, lectura de sus textos, encuentro del escritor con los alumnos y maestros, y concurso de argumentación sobre cualquier texto de William Mejía.

En todas las actividades realizadas hasta el momento en esta jornada han participado, en cada centro, más de cincuenta lectores, los cuales han hecho análisis de los textos de William Mejía, en su presencia, y le han preguntado todos los pormenores en relación con su vida literaria.

Mejía agradeció de manera general la disposición y el trabajo realizado por el Distrito Escolar 03-01 de Azua, para la realización de esta novedosa jornada, pero, en especial, tuvo palabras especiales de reconocimiento y gratitud para el departamento de letras del distrito y de los propios centros educativos involucrados, así como a las direcciones de los planteles intervenidos por el proyecto. 

El escritor sureño distinguido tuvo palabras de gratificación para los organizadores por haberlo escogido para este proyecto piloto, y comentó que otros escritores del Sur deberían ser tomados en cuenta para próximas actividades de este tipo, pues actualmente hay varias figuras de notable carrera literaria, entre los que sobresalen Viriato Sención, Emilia Pereyra, Bernardo Silfa, Rannel Báez y Virgilio López y otros.

En el acto inaugural de la jornada “Conociendo la literatura de William Mejía” estuvieron presentes también Julio Ramírez, Director del Distrito Escolar 03-01; Rannel Báez, Director Regional de Cultura; y la licenciada Estela Minyety, Directora del Liceo Enriquillo, de Pueblo Viejo, quien pronunció las palabras de bienvenida.

  

 

Apuntes para las memorias de William Mejía. Peripecias entre diez y veinte años

domingo, 22 de noviembre del 2009 a las 15:05

Sumario

 

Repito por gusto el tercero de primaria, 1961-62

El chico está de nuevo enamorado, 1962

Otro año perdido, 1963

¡Por fin para la ciudad!, 1964

Mi primer intento de delito, 1964

Mis primeros empleos, 1964

Para las lomas de nuevo, mi amigo, 1965

Primera campaña política, 1966

La primera novia me "frustra", 1966

Comienzo a leer libros, 1967

Mis primeras metas, 1967

Primeras ideas, 1967

Mi primera actuación para el teatro: Hago de cojo, 1968

Hago dos cursos en un año, 1969

Soy el único en haber hecho tres cursos en un año, 1970

Mi primera participación política organizada, 1970

 

1961-62. Repito por gusto el tercero de primaria

 

Después de pasar mis primeros diez años de vida en la zona rural de San José de Ocoa (en Cañada Grande, para ser más específicos), se presentó  el problema de que había terminado ya el el tercer curso de la primaria, y la escuela de allí no pasaba de ese nivel.

Yo estaba loco por seguir los estudios, no solo porque me gustaba descubrir cosas en la escuela, y cuando no estaba en ella también, para ir luego y sorprender a la "Señorita" como la llamábamos entonces, sino porque no me supo gustar nunca lo de trabajar la tierra (Cosa que le hizo saber papá a mi madre una vez, pues, dijo él, que dizque yo, cuando iba a llevarle el desayuno al conuco, me iba arrancando matitas y matitas, hasta que me desaparecía por detrás de la lomita, dejando en manos del viejo hasta "los trastes") "Mira, Isabel, ese muchacho no sale cosa buena, pues hace esto, esto y aquello". Así lo entendía papá, pero lo mío no era desamor al trabajo ni rechazo a la agricultura, al contrario, amo las dos cosas, y los amigos lo saben de sobra. El asunto era otro. Era la forma en que yo veía a mi padre trabajar día tras día en la agricultura, y siempre en la misma. A mí se me metió en la cabeza que yo no haría lo mismo.   

Sin embargo, no puedo ir a la ciudad, porque no hay planes de eso en la familia. Y repito por gusto el tercero de primaria, dos veces repito ese tercero, para no quedarme sin ir a la escuela. Entonces empecé a ser maestro, pues ayudaba a la maestra Ángela Sierra con los muchachos del curso.

A Trujillo lo mataron el miércoles 31 de mayo de 1961, y, el jueves o el viernes lo supimos en la escuela. Nos lo informó la profesora Ángela Sierra. Todo el mundo estaba llorando en mi campo, especialmente mamá, que entendía que ya, con la muerte del jefe, se iba a acabar el mundo… Y yo temblaba, por contagio. El impacto fue muy grande.

Luego vinieron las elecciones. Mamá era cívica, su compadre Luis Leria era de Bosch; la cuestión es que, cuando Bosch dijo “Borrón y cuenta nueva”, los trujillistas, entre ellos mamá, se fueron con él, y el compadre Luis Leria, quien siempre estuvo en política contrario a nuestra familia, se fue con los cívicos. Fue el primer acto de transfuguismo político que observé en mi vida, y me dejó muy confundido.

 

El chico está enamorado de nuevo

 

 

Cada vez que mi madrina visitaba a mis padres, casi siempre venía acompañada por una de sus sobrinas o primas. En esa oportunidad le tomó con venir con Santa, una prima suya que, con tres años más que yo, era de lo más mona ya. Tenía 15, y parecía ya una mujer echa y derecha. Y era una chica sumamente coqueta. Pues vino con mi madrina la “santa” Santa, y yo me volví loco...

Me mandaron a buscar agua al arroyo, porque yo buscaba latas de agua en mi casa, debido a que no había ninguna persona que ayudara a mamá en esto. De regreso busqué la forma de que Santa no me viese cargando agua, porque me daba una vergüenza tremenda, debido a que esas tareas, por lo menos en mi campo, era reservada a las mujeres.

Por tomar precauciones para que Santa no me viera, perdí un poco de tiempo, y al llegar, ya las visitantes se habían ido de vuelta a su casa, la cual distaba unas dos montañas cercanas y un par de arroyos cristalinos. De inmediato, salí corriendo, tomando por todos los atrechos, y por fin llegué al último cruce, nada más que para que ella me viera al pasar. No buscaba más, porque ni siquiera iba dispuesto a hablar con ella. Pero, qué pena, después de mucho esperar, me convencí de que había pasado ya de ese lugar. Entonces regresé alicaído, por no haberla visto una vez más en ese día primoroso para mí.

 

1963. Otro año perdido

 

La maestra insiste con su mamá, para que saque al niño. Después vino el golpe de estado contra Bosch, en septiembre, pero éste no tuvo gran repercusión en el campo, pues los trujillistas, que antes apoyaron a Bosch, ahora decían que éste no convenía al país. Yo no entendía por qué, pero los viejos trujillistas, y los católicos, así lo decían. Y Cañada Grande lo único que supo ser siempre fue trujillista y católica. Lo de Manolo Tavárez no recuerdo haberlo escuchado en nuestro campo.

 

1964. ¡Por fin para la ciudad!

 

Mi madre, después de los años perdidos de escuela, se muda para la ciudad de San José de Ocoa, para inscribirme en cuarto curso, ya que la escuela de Cañada Grande sólo llegaba hasta tercero. Mi primer hogar en la ciudad, estando ya como un tajalán, fue en la calle Manuel de Regla Pujols No. 13, -un número peligroso, aunque yo al principio no supe eso ni después de saberlo le hice caso alguno-, mientras que frente a frente, pero en la calle Altagracia, estaban “Los Cocoticos”, o Los Pimentel, la familia más chistosa de todo San José de Ocoa. Pero, en ese tiempo, ni ellos ni nosotros sabíamos unos de los otros.    

Nos mudamos en marzo, y como papá no había quedado muy conforme con tal decisión de mamá, parece que para castigarla por haber decidido esto sola, no le enviaba nada desde el campo, por lo que la vieja debió ingeniárselas para nosotros sobrevivir. Primero intentó con su máquina de coser, que la había traído en la mudanza, pero aún no tenía clientes en la ciudad. Luego se alquiló como limpiadora de café en la secadora de café de Yamil Isa, no yendo al almacén, sino que se lo traían en un camión hasta la casa.

 

Mi primer intento de delito

 

 

A los dos meses de mamá y yo estar en la ciudad, se apareció mi hermano Fello, quien venía peleado con el viejo, por cuestiones que se arrastraban desde lejos, y que, en el caso de Fello tenía que ver con el hecho de que él vivía tocando fiestas, a los veinte años, con un trío de güira, tambora y acordeón, cosa que a papá nunca le gustó, a pesar de que él mismo tocaba el acordeón.

Pues Fello llegó al pueblo. “Aquí estoy yo”, y con unos dineritos que había ganado en los bailes campesinos que hacía, se fue a la capital y compró un sillón para recortar, cosa que realizaba muy bien en el campo. Y montó un saloncito, en la calle 30 de Abril, con el cual empezó lentamente, pero muy lentamente a crear clientes, en un medio que, como el pueblo abajo, tenía instalados a “Mon” y a “Tatao”, los dos barberos de toda la vida. De modo que este negocio no le daba a mi hermano, al principio, más que para su desayuno y su cena, comidas que consistían en por lo menos una docena de unidades de pan, con su respectiva aguacate cada uno. Y es que Fello, fuerte como siempre fue, levantador de pesas hechas con hierros viejos o con cemento, no se satisfacía con cualquier comidita vieja de pueblo.

La pelada se hacía entonces a diez centavos –lo cual no era raro si se recuerda que apenas seis meses antes el gobierno de Juan Bosch había dejado la libra de arroz a diez cheles, y en el propio momento un pan con mantequilla costaba solamente dos chelucos–. Y en ese primer año, debido a la falta de clientes, situación agravada por la crisis económica generada por los desaciertos del Consejo de Estado que gobernaba el país, mi hermano hacía diariamente entre cuarenta y cincuenta centavos, debiendo guardar día por día diez de éstos, ya que al mes tenía que juntar tres pesos para el pago del alquiler del cuarto que le servía de local. 

Por mi parte, el primer oficio que encontré en la ciudad fue el bendito juego de las canicas o bolas, pues había venido enviciado desde el campo, dispuesto siempre a romper en dos el “bon” del contrario, nada más que por darme el lujo de romperlo en dos. Pero, para estar a la altura de los otros muchachos del barrio, necesitaba tener una buena provisión de canicas, las cuales se compraban entonces en ferreterías y farmacias, cosa bastante rara pues no servían ni para la construcción ni eran medicinas. Entonces necesitaba los chavos para comprarlas y ser, como lo había sido en el campo, el centro de la atención en el pueblo. Pero, ¿dónde encontrar dinero para las bolas, que estaban en ese momento a dos por chele? Lo de mamá no alcanzaba, por tanto, no podía acudir al paño de la vieja, porque no había paño. Así estaba la cosa...

Pensé entonces en una acción “salvadora”. Iría, de vez en cuando, a la barbería de mi hermano, de una a tres de la tarde, a sacar del cajón diez centavos de los que él guardaba allí, cosa que yo sabía porque varias veces el mismo Fello me había mandado a buscar dinero en ese sitio para completarle la cena a mamá. Esto era fácil para mí, pues para ello sólo tenía que sacar la llave del bolsillo de mi hermano cuando éste estuviese durmiendo la siesta, cosa que hacía todos los días, de manera abandonada.

Había, sin embargo, un impedimento. Un año atrás, yo estaba seguro de que tomar monedas de debajo del paño de mamá era una especie de juego, asido además al principio de que “hijo no le roba a padre”. Pero ahora veía claramente la diferencia entre un hecho y el otro. Ahora sabía con plena conciencia que si le quitaba las llaves a mi hermano, y más, si me metía en su barbería, sin su permiso, esto sí que sería un robo con todas las de la ley.

Por un tiempo detuve el impulso de robar, pero el único que iba al juego sin tener canicas nuevas en las manos era yo. Y necesitaba urgentemente ser parte de la pandilla de muchachos de pueblo, que se burlan a cada rato de un pobre niño de campo, que no tiene agallas para hacer gran cosa. Definitivamente, buscaría los diez cheles para comprar las condenadas bolas.

¡Y le saqué las llaves a Fello! ¡Y me fui tranquilamente a realizar mi primer robo en forma!...

Entré con tanta rapidez que se me olvidó cerrar la puerta… Ya frente a la caja débil de mi hermano (caja débil porque cedía con sólo meter una llave en un candadito),  y metí la llave, y el candado abrió… ¡Ahí estaban, ante mí, plateados, todos realitos (monedas de a diez cheles) que uno pueda imaginar juntos. Era como si mi hermano fuera coleccionista de realitos provocadores, para que yo me volviera loco… ¡Cuántas bolas podría comprar, Dios santo!

Metí las dos manos con pasión, como hacen los buscadores de tesoros cuando encuentran uno… ¡Loco de remate!... Pero, de repente, me quedé mirando el “botín” en mis manos, y recordé de pronto el “embón” de Donald, y las monedas sacadas de abajo del paño de mamá, y me frené de golpe, porque ahora yo iba a coger lo ajeno, porque lo de un hermano es de uno siempre que uno no se lo robe… Y, cerrando de golpe la caja, dije en voz alta: ¡No, yo jamás voy a coger lo ajeno!

¡Y qué sorpresa! Detrás de mí estaba parado mi hermano Fello, y me dijo abrazándome, “bien hecho, hermano, no coja lo ajeno ni con el pensamiento” Yo me puse más blanco que el papel más blanco. Él me quitó las llaves, abrió de nuevo la caja y me dio nueve realitos y me dijo: “Brao, toma estos noventa cheles, y que sea la última vez que intentes hacer esto en tu vida”...

Y esto sería así hasta el día de hoy, pues, a partir de ahí, soy uno de los pocos ciudadanos que, incluso, siempre devuelve el cambio cuando el otro se equivoca, sin importar que ese otro fuera un rico o un pobre, pues me hice la promesa eterna de no quedarme jamás con lo que no me perteneciera. En ese sentido, me hice a la idea de que no sería nunca uno de los tantos políticos deshonestos que andan por ahí, ni comerciante de los que le que quitan dos onzas al peso. No, señor, me hice a la idea de morir feliz, dando a mis hijos uno de los ejemplos de honestidad más grandes que padre alguno haya dado a sus hijos, cosa que ellos saben mejor que nadie en este mundo.

 

Mis primeros empleos

 

Viendo los esfuerzos que hacía mamá para no morirnos de hambre, y sabiendo que ella lo hacía por mí, porque desde el principio estuve consciente de ello, empecé a contribuir un poco, y me hice vendedor de helados en palitos de la fábrica de Los Cabral, visitando los barrios de la ciudad y las escuelas en los momentos de más calor, con lo que enfermé un par de veces antes de adaptarme.

Recuerdo que una vez le regalaron unas tallotas a mi madre, y, como no teníamos nada qué comer, yo tomé, sin el conocimiento de ella, un saquito de éstas y salí a la ciudad a venderlas. Y debí haber caminado mucho, con el consecuente sudor descompuesto de muchacho descuidado, pues como ahora mismo me suena en la cabeza la frase despectiva de una señorona de mi pueblo que, al ofrecerle las tallotas en venta, me dijo: “Yo no compro tollos, y menos de las manos de un tolloso como tú”. ¡Qué impacto, Dios mío, no creo haber oído en mi vida, ni que me lo dijeran ni que se lo dijeran a nadie más, una expresión de tal magnitud en la cara de un muchacho de catorce años!

(De todos modos, creo que para algo valió aquello la  pena, pues, de alguna manera, estas palabras se quedaron grabadas en mi cerebro, y es posible que por mostrar lo contrario de lo que significan me dediqué por completo después al arte de escribir.)

Más tarde vendí maní. ¡Maní! ¡Manicero! ¡Maní salaíto! ¡Maní! ¡El manicero se va! Calle arriba y calle abajo, por tan un par de centavos de ganancia al día. Pero, qué caramba, había que comer, había que ayudar a mamá con la comida de la casa.

Finalmente, con recursos aportados por mamá, compré un limpiabotas, y a limpiar zapatos sea dicho. Tarea que intercambiaba al principio con los consecuentes boches de los señores bien vestidos, por echarles a perder “unos zapatos nuevecitos”. “¡Quítame de adelante, muchacho del carajo, antes de que te parta la cara!”

Así, después de heladero, tallotero, manicero y bolero, y siguiendo solamente en la práctica de lustrar zapatos, fui a parar al cuarto curso de primaria, a las manos de Margarita Read, una de las maestras más extraordinarias que yo conociera en toda mi vida escolar. Ésta, que nunca se había casado, a pesar de que ya tenía edad suficiente para ello, me enseñó más que ningún otro profesor lo que era tener vocación para un asunto tan importante como éste.

En ese curso conocí a mi primer amigo de la ciudad, con el cual mantuve esta amistad durante toda mi vida. Me refiero Rafael Lara, alias Ito, uno de los individuos más leales que yo haya conocido. Con él compartía lo poco que yo tenía, y, muchas veces, tanto en ese curso como en los siguientes, yo pude comer una torreja gracias a un centavo que él me daba, de los dos que le daba su padre Pedro. Hay que recordar que en ese tiempo con dos centavos que llevábamos cada uno se podía comer dos torrejas o dos helados, o una torreja y un helado de coco, que era lo que generalmente comprábamos los dos. La torreja era una fritanga de harina de trigo con cebolla y bacalao, que a los muchachos nos daba seguidilla cuando las comíamos, pero ya expliqué que Ito y yo no estamos en libertad de caer en tales desbarajustes, porque el apretado bolsillo nos dejaba a la altura de la primera compra.

 

1965. Para las lomas de nuevo, mi amigo

 

 

Entonces estalla la guerra de abril, el día 24. Llovió esa tarde, después de añales sin llover. El día dos de mayo me llevan para el campo, por miedo a lo que pudiera pasar. Parece que perdería el año escolar. En el campo le doy seguimiento a todo lo que dicen en la emisora de la revolución, y me hice adicto a los radioteatros de los constitucionalistas. Estas cosas me marcan para siempre en mi pensamiento socio-político.

Entonces conocí de la existencia de los paquitos en el campo, porque el hijo de un vecino, que vino de la ciudad por los mismos motivos que me trajeron a mí, se entretenía leyendo estas historietas. Y me entretuve yo también con ellos, y le agradecí luego a mi amigo que me pusiera en esta lectura. Por esos mismos tiempos fue que sufrí la primera descompostura de estómago, de una manera importante. Me curaron a base de naranjada.

Cuando vuelvo a la ciudad, me presento a la escuela dispuesto a repetir el cuarto, pero no, me evaluaron y me llevaron directo a quinto curso, sin examinarme.

 

1966. Primera campaña política

 

Al tiempo que hacía el sexto curso, me vi involucrado de repente, como uno más, en la campaña a favor de Bosch. Al terminar la guerra cívico-militar dominicana de 1965, como parte de los acuerdos se hicieron elecciones al siguiente año. Los candidatos principales fueron Juan Bosch, liberal, y Joaquín Balaguer, conservador. Yo simpaticé de inmediato con Bosch, por lo que le habían hecho dos años antes, cosa que yo entendía que había sido un abuso, y en lo que contradecía automáticamente a mamá, que se fue con Balaguer. Ahí empezaron las diferencias políticas con la vieja. Naturalmente, yo no votaba todavía, y ella sí, de modo que Balaguer parecía llevar ventaja en mi familia. 

Y participé en mi primera caravana, y, por los lados de Rancho Arriba, en el primer tiroteo de los reformistas. Aquí llegaron entonces las primeras vaqueradas, a través de David Minyety, reformista de pura cepa, pero amigo mío de verdad.

 

La primera novia me "frustra"

  

En el oficio de limpiabotas fue en el que más tiempo duré, aproximadamente dos años, hasta que empecé a mirar a las muchachas del barrio con ojos menos inocentes y boté para siempre el asunto de lustrar zapatos. La primera novia me “frustró”, pues le gustaba el coqueteo con los otros. Ahí me hice a la idea de que unas mujeres son así – igual que una parte de los hombres-, gente que no está hecha para ser leal. Otros son al revés, quieren siempre con lealtad, aunque no lo merecen muchas veces los destinatarios.

 

1967. Comienzo a leer libros

 

Me inscribo en séptimo curso con Alsacia Pujols, una de las profesoras que más recuerdo y admiro; mientras tanto, mi hermano Freddy me habla de libros, que las vaqueradas no aportan mucho, que él me recomienda buscar otros libros. Yo le hablé a la profesora Alsacia Pujols de la recomendación de mi hermano, y ella me consigue “María”, de Jorge Issacs. Me gustó un mundo, y comencé a leer, buscando yo mismo los libros. Me hice asiduo a la biblioteca municipal de Ocoa.

 

Mis primeras metas

 

En una clase que ahora no alcanzo a recordar, pero supongo que fue de historia, se me metió en la mente lo que sigue: “William Mejía, tú eres de una familia pobre, si no te destacas, te embromaste”.

Con ello vino algo importante, me propuse estudiar para quedar entre los primeros lugares del curso, cosa que no había pasado en cuarto, quinto y sexto. Pero, eso sí, haciéndome la promesa de no combatir de boca con mis compañeros, para dármelas de ser el mejor, sino con hechos, para que fueran los mismos hechos los que hablaran. Y lo logré. Quedé entre los tres mejores.

 

Primeras ideas

 

Mi hermano Freddy, cinco años mayor, a quien yo veía leer mucho, entre otros libros algunos que estaban ligados a los rosacruces, aprovechó uno de mis viajes de vacaciones al campo, y en una caminata de un campo a otro, para visitar a mi hermana Cristiana, me habló de lo que se escondía en los misterios de La Biblia y de la religión. Él sabía interpretar todo lo que yo le preguntaba, y me impresionó, pues él, igual que mis otros hermanos, dejó la escuela con apenas el tercer curso de primaria. Pero sabía más de libros que cualquier otra persona que yo hubiese conocido hasta entonces. Por lo menos, eso me pareció, y me dejó impresionado. No era un rosacruz en el sentido de la palabra, sino una especie de simpatizante de esta corriente del pensamiento. Empecé ahí a creer en la Reencarnación, como la ven los rosacruces, pasando el alma de un cuerpo a otro nuevo, de generación en generación, como me lo contaba mi hermano.

Ahí le escuché hablar por primera vez de sus dudas sobre la Iglesia Católica. Según mi hermano, las cosas negativas en que ésta había participado en la Historia eran sencillamente increíbles. Me dijo tantas cosas que me quedé patidifuso, turulato, con ese cariño que hasta entonces le tenía yo a la gente del Papa. A partir de ahí, aproveché siempre para conversar con Freddy sobre estas cosas tan extrañas para mí, pero tan familiares para él.

Entonces fue que oí, no con escaso asombro, en qué consistió el “pecado” de Galileo, no por decir que la tierra era redonda, como piensan algunos, ya que eso lo había afirmado Ptolomeo desde el siglo II, sino por atreverse a asegurar que el centro del universo era el sol y no la tierra, como lo entendía la madre iglesia. Y Galileo murió ejecutado, afirmando de la tierra que “e pur si muvi”, que traducido para beneficio de la eterna verdad significa “y sin embargo se mueve”.

Pensé ahí mismo que eso fue con un científico de tal envergadura, ¿cuál no sería la atrocidad que cometería la inquisición con el hombre común y corriente de aquellos tiempos? Entonces supuse que aquello sería la peor dictadura de todos los tiempos, pues llevaban a la hoguera a cualquiera que pareciera soltar alguna palabra que se considerase ofensiva contra Dios, o que la iglesia lo considerase así por lo menos.      

También me habló de lo que él llama alevosa traición que le hizo la madre iglesia, junto a los reyes europeos, a Los Templarios, o caballeros del templo de Salomón, a principios del siglo XIV. Los templarios habían ganado mucho prestigio y riquezas, dentro del mundo cristiano, tanto por su desempeño en las primeras cruzadas como por la seriedad que ponían en el cuidado del dinero ajeno. Pero cometieron un terrible “pecado”, se independizaron un poco de Roma, y algunos impuestos, tanto del rey como de la iglesia, el diezmo por ejemplo, muchos habían decidido no pagarlos, para dedicar esos recursos a la continuación de la guerra contra los musulmanes, en busca de quitar a estos las tierras santas por las que se combatía hacía más de doscientos años. Los nombres comprometidos con la historia serían entonces los del Papa Clemente V, y el del rey francés Felipe el Justo, quien resolvería los acuciantes problemas económicos del reino apresando y despojando a los primeros cinco mil templarios en 1307 y puso a sus cabecillas a firmar declaraciones auto incriminándose de herejes. La herencia templaria vendría a ser reivindicada en 1760 cuando apareció la masonería alemana.      

Estos informes fueron muy importantes para mí, y me quedé observando desde el parque central a la gente que asistía al templo católico de la ciudad y comencé a juzgar a los feligreses desde ahí, mientras descendían por la escalinata exterior del templo. Éste es así, y aquél, asá. Los dos son hipócritas de siete suelas, nada más porque el hermano Freddy me lo dijo, y yo admiraba bastante a mi único hermano que leía mucho y en grandes libros.

Le pedí a mi querido hermano que me permitiese leer en sus libros, pero él no quiso. Dijo que todavía no era el tiempo de que yo leyera tales asuntos, que debía tener más edad y leer otros libros primero, los cuales pudiese entender mejor. Después, cuando tuve conocimientos y conciencia al respecto, se lo agradecí, ya que un muchacho de tan corta edad atrapado en estas cosas puede tener un resultado posterior muy negativo para su desarrollo, ya que puede desarrollar un espíritu crítico pero sin base, y esto es tan dañino como la misma ignorancia en el hombre.

Tres años después esto me llevaría ingresar al Templo Evangélico, a la iglesia menonita, a la cual ya era afiliada mi madre, y también papá. Pero más tarde, después de una reflexión profunda, a raíz de un desmán que hizo uno de mis pastores, me puse a pensar que es una locura poner intermediarios para llegar Dios; pues, si es verdad que a Dios hay que “amarlo sobre todas las cosas”, también es cierto que poner a alguien entre tú y él puede ser una torpeza, pues el hombre, por el hecho de ser hombre, es siempre motivo de sospecha. Y, de ahí para acá, me hice un creyente sin intermediario, solamente comunicados Dios y yo. Y no sé a otros, pero a mí me ha dado muy buenos resultados.

 

1968. Mi primera actuación para el teatro: Hago de cojo

 

Me inscribo en octavo curso, con Rhina Kellys, oriunda de Azua, profesora que tendría un importante espacio en mi vida. Me ayudó bastante. Continué con mi propósito de no quedar jamás en otro lugar que no fuera entre los mejores. Y así se repitió aquí.

Pero, ya con dieciocho años y las muchachas rondando por ahí, apareció el problema de que la crisis económica apretó para nuestra familia. No había dinero ni para comida, pues mamá y papá como que se habían desentendido finalmente. Entonces, vino el inconveniente de que uno de los zapatos, que ya tenían más de tres años, se dañó definitivamente, sin posibilidad de que lo sanaran en las clínicas de zapatos que había por la época. Y llegó el teatro: terminé el octavo curso cojeando, para dar la idea de que tenía un problema en el pie derecho. ¡Y todos me lo creyeron!

 

1969. Hago dos cursos en un año

 

Termino el octavo y me gano los libros de primero, gracias a mis notas brillantes, pero tengo que dejar la escuela por la razones de la estrecha economía. La profesora Rhina Kelly, que había quedado asombrada por mis resultados, me llama y me pregunta que si no quiero ser mensajero del distrito escolar, para que yo pudiera seguir en el bachillerato. Le dije que sí, y su esposo, que era director, se dispuso a ayudarme.

Y, en lo que el hacha va y viene, me metí a cobrador de guagua rural, (Ocoa-Rancho Arriba), pero, en los días libres estudio las mascotas de primero de Ito Lara, y me voy preparando de las asignaturas de primero de bachillerato. Entonces, al llegar enero se barajó lo del empleo en el distrito, porque se metió ahí la política colorada, en las altas instancias, y todo se fue a pique.

Al final del año decidí examinarme como estudiante libre de primero de secundaria y lo pasé, y me inscribí de una vez en segundo, y lo hice de manera oficial.

Mientras tanto, leía sin cesar, todo lo que me cayera en las manos. En ese año fue que compré un cuaderno para ir poniendo en él, exclusivamente, los títulos y los autores de los libros que iba leyendo, en orden de lectura, y mi afán era llenar esta página para continuar luego con la siguiente… ¡Qué provechoso entretenimiento! 

 

1970. Soy el único en haber hecho tres cursos en un año

 

Como en ese tiempo se podía terminar un curso y, si uno quería, realizaba el curso siguiente en las vacaciones, como estudiante libre, y tomando en cuenta que ya tenía veinte años de edad, pasado de sobra, decidí hacer el tercero de bachillerato en vacaciones (tres meses) e hice el cuarto de matemáticas de manera oficial, y, en las vacaciones siguientes, hice también las materias restantes para completar el cuarto de naturales. Todo en una maratónica jornada que duró justamente un año. El resultado de esta gran dedicación me llevó a ser profesor del liceo secundario de San José de Ocoa, apenas a los  cinco meses de haber terminado el bachillerato, para dar clases de matemáticas, que me gustaban un mundo, y me inscribí de inmediato en la universidad (para estudiar matemáticas), pero los libros me fueron llamando más tarde, y pasé definitivamente a ser profesor de literatura, abandonando la carrera, porque no era mi vocación.

 

Mi primera participación política organizada

 

Estando en cuarto curso de la secundaria llegó mi primera participación política, de manera organizada. Me vinculé al Movimiento de Concientización, del padre Cabezas. Tomé participación, desde esa posición, en las movilizaciones en apoyo a un mejor presupuesto para la UASD y en favor también de los presos políticos, que llenaban para entonces las cárceles dominicanas. Pero los errores de entonces de la izquierda dominicana me llevaron a separarme definitivamente de ese litoral, y, en 1973, fui uno de los dio apoyo al profesor Bosch cuando decidió crear un nueveo proyecto político.

 

Biografía resumida de William Mejía

martes, 17 de noviembre del 2009 a las 21:31

Narrador, dramaturgo y ensayista, nacido en 1950, en San José de Ocoa, República Dominicana. Ha sido uno de los autores más premiados en su país en los últimos tiempos.

Como narrador ha obtenido tres importantes galardones: el premio nacional de cuentos, Casa de Teatro 1981, con el relato “Reflexiones”; el atheneísta de novela, en 1990, con su obra “Daniel: el guerrillero 201”, y el nacional de novela UCE 2000, por “Una Rosa en el Quinto Infierno”, obra que sirvió de base para el guión ganador del Premio Nacional de Cine 2006, y será filmada próximamente. En el año 2005 publicó su segunda novela, “Naufragio”. Y en 2007, la tercera: “Estrella”.

Trabaja también con éxito las narraciones para niños, destacándose en este renglón los textos “La novia del pececito”, “Guabonita” y “Las manchas de la luna”, incluidos en la Coedición Latinoamericana de Cuentos para Niños, del CERLALC y la UNESCO, publicadas entre los años 1984 y 1986; y su más reciente libro: “Por el amor de Guabonita”, cuentos para niños, publicado por la editora internacional Norma en el año 2009.

Como dramaturgo ha logrado unos 10 premios nacionales de teatro. Entre estas obras teatrales premiadas se destacan “La trama de san Miguel” (1987), “Batallando” (1989), “Encuentro en la astronave” (1991), “La visión del paladín” (1993), “Anónimos y realengos” (1995) y “Las espuelas del Ministro”, Premio Nacional de Teatro 2006. Además, en el año 2007 publicó “La tercera campanada”; y en 2008, el libro de teatro para niños y jóvenes “El poder del cielo”.

En el renglón ensayo ha obtenido dos galardones: el atheneísta 1990, por su trabajo “Ciriaco Ramírez, un héroe marginado”; y el premio Universidad Dominicana O & M, con su obra “Causas de las Deficiencias en la Enseñanza de la Lengua Española en República Dominicana”, en 1991.

Es actualmente Director de Proyectos Especiales, de la Secretaría de Estado de Cultura, y profesor de Lectura comentada y Literatura, de la Escuela Nacional de Arte Dramático.

 

 

Sobre el blog

WIME

WIME

Ver ficha del blog en OboLog

Login

Comentarios

Apuntes para las memorias de William Mejía. Peripecias entre diez y veinte años (Marylin Avilés)
Saludos. Me ha parecido muy interesante su vida y  cómo se ha esmerado por aprender, aun cuando los ......(22 ene)
Biografía resumida de William Mejía (Anónimo)
Si, definitvamente es un honor haber sido alumna de William Mejía: "El super hombre".  A parte de ......(18 nov)
Autores contemporáneos latinoamericanos: Reynaldo Disla y Función de hastío. Por William Mejía (cinthya)
ola esa respuesta esta de la chingada q invesil el q la puso...(31 oct)
Autores contemporáneos latinoamericanos: Reynaldo Disla y Función de hastío. Por William Mejía (cinthya)
ola esa respuesta esta de la chingada q invesil el q la puso...(31 oct)
Biografía resumida de William Mejía (la bebe cotizada)
k bn es william mejia...(01 oct)

Más comentados

Autores contemporáneos latinoamericanos: Reynaldo Disla y Función de hastío. Por William Mejía (6)
Reynaldo Hungría Disla Ortiz es un escritor y teatrista dominicano (Cotuí, 1956). Es uno de los ...
Biografía resumida de William Mejía (4)
Narrador, dramaturgo y ensayista, nacido en 1950, en San José de Ocoa, República Dominicana. Ha ...
El amor y las soledades de Virgilio López. Por William Mejía (4)
Desde siempre, el poeta se ha considerado a sí mismo como si fuera un dios tronante o un apacible ...
La pluma volcánica de Fania Herrera. Por William Mejía (4)
Conocí a Fania Herrera, como escritora, en 1985, en el Primer Concurso Literario Regional, ...
La visión del Paladín. Obra teatral del dramaturgo dominicano William Mejía. Por Wilmer Peraza*. República Bolivariana de Venezuela (3)
Paladín, según definición del diccionario, está referido a caballero fuerte y valeroso que, ...

Suscripción

Suscríbete al Feed RSS XML

También puedes suscribirte directamente con alguno de los siguientes enlaces:

  • Suscríbete en Bloglines
  • Suscríbete en Google