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Apuntes para las memorias de William Mejía. Peripecias entre diez y veinte años

domingo, 22 de noviembre del 2009 a las 15:05

Sumario

 

Repito por gusto el tercero de primaria, 1961-62

El chico está de nuevo enamorado, 1962

Otro año perdido, 1963

¡Por fin para la ciudad!, 1964

Mi primer intento de delito, 1964

Mis primeros empleos, 1964

Para las lomas de nuevo, mi amigo, 1965

Primera campaña política, 1966

La primera novia me "frustra", 1966

Comienzo a leer libros, 1967

Mis primeras metas, 1967

Primeras ideas, 1967

Mi primera actuación para el teatro: Hago de cojo, 1968

Hago dos cursos en un año, 1969

Soy el único en haber hecho tres cursos en un año, 1970

Mi primera participación política organizada, 1970

 

1961-62. Repito por gusto el tercero de primaria

 

Después de pasar mis primeros diez años de vida en la zona rural de San José de Ocoa (en Cañada Grande, para ser más específicos), se presentó  el problema de que había terminado ya el el tercer curso de la primaria, y la escuela de allí no pasaba de ese nivel.

Yo estaba loco por seguir los estudios, no solo porque me gustaba descubrir cosas en la escuela, y cuando no estaba en ella también, para ir luego y sorprender a la "Señorita" como la llamábamos entonces, sino porque no me supo gustar nunca lo de trabajar la tierra (Cosa que le hizo saber papá a mi madre una vez, pues, dijo él, que dizque yo, cuando iba a llevarle el desayuno al conuco, me iba arrancando matitas y matitas, hasta que me desaparecía por detrás de la lomita, dejando en manos del viejo hasta "los trastes") "Mira, Isabel, ese muchacho no sale cosa buena, pues hace esto, esto y aquello". Así lo entendía papá, pero lo mío no era desamor al trabajo ni rechazo a la agricultura, al contrario, amo las dos cosas, y los amigos lo saben de sobra. El asunto era otro. Era la forma en que yo veía a mi padre trabajar día tras día en la agricultura, y siempre en la misma. A mí se me metió en la cabeza que yo no haría lo mismo.   

Sin embargo, no puedo ir a la ciudad, porque no hay planes de eso en la familia. Y repito por gusto el tercero de primaria, dos veces repito ese tercero, para no quedarme sin ir a la escuela. Entonces empecé a ser maestro, pues ayudaba a la maestra Ángela Sierra con los muchachos del curso.

A Trujillo lo mataron el miércoles 31 de mayo de 1961, y, el jueves o el viernes lo supimos en la escuela. Nos lo informó la profesora Ángela Sierra. Todo el mundo estaba llorando en mi campo, especialmente mamá, que entendía que ya, con la muerte del jefe, se iba a acabar el mundo… Y yo temblaba, por contagio. El impacto fue muy grande.

Luego vinieron las elecciones. Mamá era cívica, su compadre Luis Leria era de Bosch; la cuestión es que, cuando Bosch dijo “Borrón y cuenta nueva”, los trujillistas, entre ellos mamá, se fueron con él, y el compadre Luis Leria, quien siempre estuvo en política contrario a nuestra familia, se fue con los cívicos. Fue el primer acto de transfuguismo político que observé en mi vida, y me dejó muy confundido.

 

El chico está enamorado de nuevo

 

 

Cada vez que mi madrina visitaba a mis padres, casi siempre venía acompañada por una de sus sobrinas o primas. En esa oportunidad le tomó con venir con Santa, una prima suya que, con tres años más que yo, era de lo más mona ya. Tenía 15, y parecía ya una mujer echa y derecha. Y era una chica sumamente coqueta. Pues vino con mi madrina la “santa” Santa, y yo me volví loco...

Me mandaron a buscar agua al arroyo, porque yo buscaba latas de agua en mi casa, debido a que no había ninguna persona que ayudara a mamá en esto. De regreso busqué la forma de que Santa no me viese cargando agua, porque me daba una vergüenza tremenda, debido a que esas tareas, por lo menos en mi campo, era reservada a las mujeres.

Por tomar precauciones para que Santa no me viera, perdí un poco de tiempo, y al llegar, ya las visitantes se habían ido de vuelta a su casa, la cual distaba unas dos montañas cercanas y un par de arroyos cristalinos. De inmediato, salí corriendo, tomando por todos los atrechos, y por fin llegué al último cruce, nada más que para que ella me viera al pasar. No buscaba más, porque ni siquiera iba dispuesto a hablar con ella. Pero, qué pena, después de mucho esperar, me convencí de que había pasado ya de ese lugar. Entonces regresé alicaído, por no haberla visto una vez más en ese día primoroso para mí.

 

1963. Otro año perdido

 

La maestra insiste con su mamá, para que saque al niño. Después vino el golpe de estado contra Bosch, en septiembre, pero éste no tuvo gran repercusión en el campo, pues los trujillistas, que antes apoyaron a Bosch, ahora decían que éste no convenía al país. Yo no entendía por qué, pero los viejos trujillistas, y los católicos, así lo decían. Y Cañada Grande lo único que supo ser siempre fue trujillista y católica. Lo de Manolo Tavárez no recuerdo haberlo escuchado en nuestro campo.

 

1964. ¡Por fin para la ciudad!

 

Mi madre, después de los años perdidos de escuela, se muda para la ciudad de San José de Ocoa, para inscribirme en cuarto curso, ya que la escuela de Cañada Grande sólo llegaba hasta tercero. Mi primer hogar en la ciudad, estando ya como un tajalán, fue en la calle Manuel de Regla Pujols No. 13, -un número peligroso, aunque yo al principio no supe eso ni después de saberlo le hice caso alguno-, mientras que frente a frente, pero en la calle Altagracia, estaban “Los Cocoticos”, o Los Pimentel, la familia más chistosa de todo San José de Ocoa. Pero, en ese tiempo, ni ellos ni nosotros sabíamos unos de los otros.    

Nos mudamos en marzo, y como papá no había quedado muy conforme con tal decisión de mamá, parece que para castigarla por haber decidido esto sola, no le enviaba nada desde el campo, por lo que la vieja debió ingeniárselas para nosotros sobrevivir. Primero intentó con su máquina de coser, que la había traído en la mudanza, pero aún no tenía clientes en la ciudad. Luego se alquiló como limpiadora de café en la secadora de café de Yamil Isa, no yendo al almacén, sino que se lo traían en un camión hasta la casa.

 

Mi primer intento de delito

 

 

A los dos meses de mamá y yo estar en la ciudad, se apareció mi hermano Fello, quien venía peleado con el viejo, por cuestiones que se arrastraban desde lejos, y que, en el caso de Fello tenía que ver con el hecho de que él vivía tocando fiestas, a los veinte años, con un trío de güira, tambora y acordeón, cosa que a papá nunca le gustó, a pesar de que él mismo tocaba el acordeón.

Pues Fello llegó al pueblo. “Aquí estoy yo”, y con unos dineritos que había ganado en los bailes campesinos que hacía, se fue a la capital y compró un sillón para recortar, cosa que realizaba muy bien en el campo. Y montó un saloncito, en la calle 30 de Abril, con el cual empezó lentamente, pero muy lentamente a crear clientes, en un medio que, como el pueblo abajo, tenía instalados a “Mon” y a “Tatao”, los dos barberos de toda la vida. De modo que este negocio no le daba a mi hermano, al principio, más que para su desayuno y su cena, comidas que consistían en por lo menos una docena de unidades de pan, con su respectiva aguacate cada uno. Y es que Fello, fuerte como siempre fue, levantador de pesas hechas con hierros viejos o con cemento, no se satisfacía con cualquier comidita vieja de pueblo.

La pelada se hacía entonces a diez centavos –lo cual no era raro si se recuerda que apenas seis meses antes el gobierno de Juan Bosch había dejado la libra de arroz a diez cheles, y en el propio momento un pan con mantequilla costaba solamente dos chelucos–. Y en ese primer año, debido a la falta de clientes, situación agravada por la crisis económica generada por los desaciertos del Consejo de Estado que gobernaba el país, mi hermano hacía diariamente entre cuarenta y cincuenta centavos, debiendo guardar día por día diez de éstos, ya que al mes tenía que juntar tres pesos para el pago del alquiler del cuarto que le servía de local. 

Por mi parte, el primer oficio que encontré en la ciudad fue el bendito juego de las canicas o bolas, pues había venido enviciado desde el campo, dispuesto siempre a romper en dos el “bon” del contrario, nada más que por darme el lujo de romperlo en dos. Pero, para estar a la altura de los otros muchachos del barrio, necesitaba tener una buena provisión de canicas, las cuales se compraban entonces en ferreterías y farmacias, cosa bastante rara pues no servían ni para la construcción ni eran medicinas. Entonces necesitaba los chavos para comprarlas y ser, como lo había sido en el campo, el centro de la atención en el pueblo. Pero, ¿dónde encontrar dinero para las bolas, que estaban en ese momento a dos por chele? Lo de mamá no alcanzaba, por tanto, no podía acudir al paño de la vieja, porque no había paño. Así estaba la cosa...

Pensé entonces en una acción “salvadora”. Iría, de vez en cuando, a la barbería de mi hermano, de una a tres de la tarde, a sacar del cajón diez centavos de los que él guardaba allí, cosa que yo sabía porque varias veces el mismo Fello me había mandado a buscar dinero en ese sitio para completarle la cena a mamá. Esto era fácil para mí, pues para ello sólo tenía que sacar la llave del bolsillo de mi hermano cuando éste estuviese durmiendo la siesta, cosa que hacía todos los días, de manera abandonada.

Había, sin embargo, un impedimento. Un año atrás, yo estaba seguro de que tomar monedas de debajo del paño de mamá era una especie de juego, asido además al principio de que “hijo no le roba a padre”. Pero ahora veía claramente la diferencia entre un hecho y el otro. Ahora sabía con plena conciencia que si le quitaba las llaves a mi hermano, y más, si me metía en su barbería, sin su permiso, esto sí que sería un robo con todas las de la ley.

Por un tiempo detuve el impulso de robar, pero el único que iba al juego sin tener canicas nuevas en las manos era yo. Y necesitaba urgentemente ser parte de la pandilla de muchachos de pueblo, que se burlan a cada rato de un pobre niño de campo, que no tiene agallas para hacer gran cosa. Definitivamente, buscaría los diez cheles para comprar las condenadas bolas.

¡Y le saqué las llaves a Fello! ¡Y me fui tranquilamente a realizar mi primer robo en forma!...

Entré con tanta rapidez que se me olvidó cerrar la puerta… Ya frente a la caja débil de mi hermano (caja débil porque cedía con sólo meter una llave en un candadito),  y metí la llave, y el candado abrió… ¡Ahí estaban, ante mí, plateados, todos realitos (monedas de a diez cheles) que uno pueda imaginar juntos. Era como si mi hermano fuera coleccionista de realitos provocadores, para que yo me volviera loco… ¡Cuántas bolas podría comprar, Dios santo!

Metí las dos manos con pasión, como hacen los buscadores de tesoros cuando encuentran uno… ¡Loco de remate!... Pero, de repente, me quedé mirando el “botín” en mis manos, y recordé de pronto el “embón” de Donald, y las monedas sacadas de abajo del paño de mamá, y me frené de golpe, porque ahora yo iba a coger lo ajeno, porque lo de un hermano es de uno siempre que uno no se lo robe… Y, cerrando de golpe la caja, dije en voz alta: ¡No, yo jamás voy a coger lo ajeno!

¡Y qué sorpresa! Detrás de mí estaba parado mi hermano Fello, y me dijo abrazándome, “bien hecho, hermano, no coja lo ajeno ni con el pensamiento” Yo me puse más blanco que el papel más blanco. Él me quitó las llaves, abrió de nuevo la caja y me dio nueve realitos y me dijo: “Brao, toma estos noventa cheles, y que sea la última vez que intentes hacer esto en tu vida”...

Y esto sería así hasta el día de hoy, pues, a partir de ahí, soy uno de los pocos ciudadanos que, incluso, siempre devuelve el cambio cuando el otro se equivoca, sin importar que ese otro fuera un rico o un pobre, pues me hice la promesa eterna de no quedarme jamás con lo que no me perteneciera. En ese sentido, me hice a la idea de que no sería nunca uno de los tantos políticos deshonestos que andan por ahí, ni comerciante de los que le que quitan dos onzas al peso. No, señor, me hice a la idea de morir feliz, dando a mis hijos uno de los ejemplos de honestidad más grandes que padre alguno haya dado a sus hijos, cosa que ellos saben mejor que nadie en este mundo.

 

Mis primeros empleos

 

Viendo los esfuerzos que hacía mamá para no morirnos de hambre, y sabiendo que ella lo hacía por mí, porque desde el principio estuve consciente de ello, empecé a contribuir un poco, y me hice vendedor de helados en palitos de la fábrica de Los Cabral, visitando los barrios de la ciudad y las escuelas en los momentos de más calor, con lo que enfermé un par de veces antes de adaptarme.

Recuerdo que una vez le regalaron unas tallotas a mi madre, y, como no teníamos nada qué comer, yo tomé, sin el conocimiento de ella, un saquito de éstas y salí a la ciudad a venderlas. Y debí haber caminado mucho, con el consecuente sudor descompuesto de muchacho descuidado, pues como ahora mismo me suena en la cabeza la frase despectiva de una señorona de mi pueblo que, al ofrecerle las tallotas en venta, me dijo: “Yo no compro tollos, y menos de las manos de un tolloso como tú”. ¡Qué impacto, Dios mío, no creo haber oído en mi vida, ni que me lo dijeran ni que se lo dijeran a nadie más, una expresión de tal magnitud en la cara de un muchacho de catorce años!

(De todos modos, creo que para algo valió aquello la  pena, pues, de alguna manera, estas palabras se quedaron grabadas en mi cerebro, y es posible que por mostrar lo contrario de lo que significan me dediqué por completo después al arte de escribir.)

Más tarde vendí maní. ¡Maní! ¡Manicero! ¡Maní salaíto! ¡Maní! ¡El manicero se va! Calle arriba y calle abajo, por tan un par de centavos de ganancia al día. Pero, qué caramba, había que comer, había que ayudar a mamá con la comida de la casa.

Finalmente, con recursos aportados por mamá, compré un limpiabotas, y a limpiar zapatos sea dicho. Tarea que intercambiaba al principio con los consecuentes boches de los señores bien vestidos, por echarles a perder “unos zapatos nuevecitos”. “¡Quítame de adelante, muchacho del carajo, antes de que te parta la cara!”

Así, después de heladero, tallotero, manicero y bolero, y siguiendo solamente en la práctica de lustrar zapatos, fui a parar al cuarto curso de primaria, a las manos de Margarita Read, una de las maestras más extraordinarias que yo conociera en toda mi vida escolar. Ésta, que nunca se había casado, a pesar de que ya tenía edad suficiente para ello, me enseñó más que ningún otro profesor lo que era tener vocación para un asunto tan importante como éste.

En ese curso conocí a mi primer amigo de la ciudad, con el cual mantuve esta amistad durante toda mi vida. Me refiero Rafael Lara, alias Ito, uno de los individuos más leales que yo haya conocido. Con él compartía lo poco que yo tenía, y, muchas veces, tanto en ese curso como en los siguientes, yo pude comer una torreja gracias a un centavo que él me daba, de los dos que le daba su padre Pedro. Hay que recordar que en ese tiempo con dos centavos que llevábamos cada uno se podía comer dos torrejas o dos helados, o una torreja y un helado de coco, que era lo que generalmente comprábamos los dos. La torreja era una fritanga de harina de trigo con cebolla y bacalao, que a los muchachos nos daba seguidilla cuando las comíamos, pero ya expliqué que Ito y yo no estamos en libertad de caer en tales desbarajustes, porque el apretado bolsillo nos dejaba a la altura de la primera compra.

 

1965. Para las lomas de nuevo, mi amigo

 

 

Entonces estalla la guerra de abril, el día 24. Llovió esa tarde, después de añales sin llover. El día dos de mayo me llevan para el campo, por miedo a lo que pudiera pasar. Parece que perdería el año escolar. En el campo le doy seguimiento a todo lo que dicen en la emisora de la revolución, y me hice adicto a los radioteatros de los constitucionalistas. Estas cosas me marcan para siempre en mi pensamiento socio-político.

Entonces conocí de la existencia de los paquitos en el campo, porque el hijo de un vecino, que vino de la ciudad por los mismos motivos que me trajeron a mí, se entretenía leyendo estas historietas. Y me entretuve yo también con ellos, y le agradecí luego a mi amigo que me pusiera en esta lectura. Por esos mismos tiempos fue que sufrí la primera descompostura de estómago, de una manera importante. Me curaron a base de naranjada.

Cuando vuelvo a la ciudad, me presento a la escuela dispuesto a repetir el cuarto, pero no, me evaluaron y me llevaron directo a quinto curso, sin examinarme.

 

1966. Primera campaña política

 

Al tiempo que hacía el sexto curso, me vi involucrado de repente, como uno más, en la campaña a favor de Bosch. Al terminar la guerra cívico-militar dominicana de 1965, como parte de los acuerdos se hicieron elecciones al siguiente año. Los candidatos principales fueron Juan Bosch, liberal, y Joaquín Balaguer, conservador. Yo simpaticé de inmediato con Bosch, por lo que le habían hecho dos años antes, cosa que yo entendía que había sido un abuso, y en lo que contradecía automáticamente a mamá, que se fue con Balaguer. Ahí empezaron las diferencias políticas con la vieja. Naturalmente, yo no votaba todavía, y ella sí, de modo que Balaguer parecía llevar ventaja en mi familia. 

Y participé en mi primera caravana, y, por los lados de Rancho Arriba, en el primer tiroteo de los reformistas. Aquí llegaron entonces las primeras vaqueradas, a través de David Minyety, reformista de pura cepa, pero amigo mío de verdad.

 

La primera novia me "frustra"

  

En el oficio de limpiabotas fue en el que más tiempo duré, aproximadamente dos años, hasta que empecé a mirar a las muchachas del barrio con ojos menos inocentes y boté para siempre el asunto de lustrar zapatos. La primera novia me “frustró”, pues le gustaba el coqueteo con los otros. Ahí me hice a la idea de que unas mujeres son así – igual que una parte de los hombres-, gente que no está hecha para ser leal. Otros son al revés, quieren siempre con lealtad, aunque no lo merecen muchas veces los destinatarios.

 

1967. Comienzo a leer libros

 

Me inscribo en séptimo curso con Alsacia Pujols, una de las profesoras que más recuerdo y admiro; mientras tanto, mi hermano Freddy me habla de libros, que las vaqueradas no aportan mucho, que él me recomienda buscar otros libros. Yo le hablé a la profesora Alsacia Pujols de la recomendación de mi hermano, y ella me consigue “María”, de Jorge Issacs. Me gustó un mundo, y comencé a leer, buscando yo mismo los libros. Me hice asiduo a la biblioteca municipal de Ocoa.

 

Mis primeras metas

 

En una clase que ahora no alcanzo a recordar, pero supongo que fue de historia, se me metió en la mente lo que sigue: “William Mejía, tú eres de una familia pobre, si no te destacas, te embromaste”.

Con ello vino algo importante, me propuse estudiar para quedar entre los primeros lugares del curso, cosa que no había pasado en cuarto, quinto y sexto. Pero, eso sí, haciéndome la promesa de no combatir de boca con mis compañeros, para dármelas de ser el mejor, sino con hechos, para que fueran los mismos hechos los que hablaran. Y lo logré. Quedé entre los tres mejores.

 

Primeras ideas

 

Mi hermano Freddy, cinco años mayor, a quien yo veía leer mucho, entre otros libros algunos que estaban ligados a los rosacruces, aprovechó uno de mis viajes de vacaciones al campo, y en una caminata de un campo a otro, para visitar a mi hermana Cristiana, me habló de lo que se escondía en los misterios de La Biblia y de la religión. Él sabía interpretar todo lo que yo le preguntaba, y me impresionó, pues él, igual que mis otros hermanos, dejó la escuela con apenas el tercer curso de primaria. Pero sabía más de libros que cualquier otra persona que yo hubiese conocido hasta entonces. Por lo menos, eso me pareció, y me dejó impresionado. No era un rosacruz en el sentido de la palabra, sino una especie de simpatizante de esta corriente del pensamiento. Empecé ahí a creer en la Reencarnación, como la ven los rosacruces, pasando el alma de un cuerpo a otro nuevo, de generación en generación, como me lo contaba mi hermano.

Ahí le escuché hablar por primera vez de sus dudas sobre la Iglesia Católica. Según mi hermano, las cosas negativas en que ésta había participado en la Historia eran sencillamente increíbles. Me dijo tantas cosas que me quedé patidifuso, turulato, con ese cariño que hasta entonces le tenía yo a la gente del Papa. A partir de ahí, aproveché siempre para conversar con Freddy sobre estas cosas tan extrañas para mí, pero tan familiares para él.

Entonces fue que oí, no con escaso asombro, en qué consistió el “pecado” de Galileo, no por decir que la tierra era redonda, como piensan algunos, ya que eso lo había afirmado Ptolomeo desde el siglo II, sino por atreverse a asegurar que el centro del universo era el sol y no la tierra, como lo entendía la madre iglesia. Y Galileo murió ejecutado, afirmando de la tierra que “e pur si muvi”, que traducido para beneficio de la eterna verdad significa “y sin embargo se mueve”.

Pensé ahí mismo que eso fue con un científico de tal envergadura, ¿cuál no sería la atrocidad que cometería la inquisición con el hombre común y corriente de aquellos tiempos? Entonces supuse que aquello sería la peor dictadura de todos los tiempos, pues llevaban a la hoguera a cualquiera que pareciera soltar alguna palabra que se considerase ofensiva contra Dios, o que la iglesia lo considerase así por lo menos.      

También me habló de lo que él llama alevosa traición que le hizo la madre iglesia, junto a los reyes europeos, a Los Templarios, o caballeros del templo de Salomón, a principios del siglo XIV. Los templarios habían ganado mucho prestigio y riquezas, dentro del mundo cristiano, tanto por su desempeño en las primeras cruzadas como por la seriedad que ponían en el cuidado del dinero ajeno. Pero cometieron un terrible “pecado”, se independizaron un poco de Roma, y algunos impuestos, tanto del rey como de la iglesia, el diezmo por ejemplo, muchos habían decidido no pagarlos, para dedicar esos recursos a la continuación de la guerra contra los musulmanes, en busca de quitar a estos las tierras santas por las que se combatía hacía más de doscientos años. Los nombres comprometidos con la historia serían entonces los del Papa Clemente V, y el del rey francés Felipe el Justo, quien resolvería los acuciantes problemas económicos del reino apresando y despojando a los primeros cinco mil templarios en 1307 y puso a sus cabecillas a firmar declaraciones auto incriminándose de herejes. La herencia templaria vendría a ser reivindicada en 1760 cuando apareció la masonería alemana.      

Estos informes fueron muy importantes para mí, y me quedé observando desde el parque central a la gente que asistía al templo católico de la ciudad y comencé a juzgar a los feligreses desde ahí, mientras descendían por la escalinata exterior del templo. Éste es así, y aquél, asá. Los dos son hipócritas de siete suelas, nada más porque el hermano Freddy me lo dijo, y yo admiraba bastante a mi único hermano que leía mucho y en grandes libros.

Le pedí a mi querido hermano que me permitiese leer en sus libros, pero él no quiso. Dijo que todavía no era el tiempo de que yo leyera tales asuntos, que debía tener más edad y leer otros libros primero, los cuales pudiese entender mejor. Después, cuando tuve conocimientos y conciencia al respecto, se lo agradecí, ya que un muchacho de tan corta edad atrapado en estas cosas puede tener un resultado posterior muy negativo para su desarrollo, ya que puede desarrollar un espíritu crítico pero sin base, y esto es tan dañino como la misma ignorancia en el hombre.

Tres años después esto me llevaría ingresar al Templo Evangélico, a la iglesia menonita, a la cual ya era afiliada mi madre, y también papá. Pero más tarde, después de una reflexión profunda, a raíz de un desmán que hizo uno de mis pastores, me puse a pensar que es una locura poner intermediarios para llegar Dios; pues, si es verdad que a Dios hay que “amarlo sobre todas las cosas”, también es cierto que poner a alguien entre tú y él puede ser una torpeza, pues el hombre, por el hecho de ser hombre, es siempre motivo de sospecha. Y, de ahí para acá, me hice un creyente sin intermediario, solamente comunicados Dios y yo. Y no sé a otros, pero a mí me ha dado muy buenos resultados.

 

1968. Mi primera actuación para el teatro: Hago de cojo

 

Me inscribo en octavo curso, con Rhina Kellys, oriunda de Azua, profesora que tendría un importante espacio en mi vida. Me ayudó bastante. Continué con mi propósito de no quedar jamás en otro lugar que no fuera entre los mejores. Y así se repitió aquí.

Pero, ya con dieciocho años y las muchachas rondando por ahí, apareció el problema de que la crisis económica apretó para nuestra familia. No había dinero ni para comida, pues mamá y papá como que se habían desentendido finalmente. Entonces, vino el inconveniente de que uno de los zapatos, que ya tenían más de tres años, se dañó definitivamente, sin posibilidad de que lo sanaran en las clínicas de zapatos que había por la época. Y llegó el teatro: terminé el octavo curso cojeando, para dar la idea de que tenía un problema en el pie derecho. ¡Y todos me lo creyeron!

 

1969. Hago dos cursos en un año

 

Termino el octavo y me gano los libros de primero, gracias a mis notas brillantes, pero tengo que dejar la escuela por la razones de la estrecha economía. La profesora Rhina Kelly, que había quedado asombrada por mis resultados, me llama y me pregunta que si no quiero ser mensajero del distrito escolar, para que yo pudiera seguir en el bachillerato. Le dije que sí, y su esposo, que era director, se dispuso a ayudarme.

Y, en lo que el hacha va y viene, me metí a cobrador de guagua rural, (Ocoa-Rancho Arriba), pero, en los días libres estudio las mascotas de primero de Ito Lara, y me voy preparando de las asignaturas de primero de bachillerato. Entonces, al llegar enero se barajó lo del empleo en el distrito, porque se metió ahí la política colorada, en las altas instancias, y todo se fue a pique.

Al final del año decidí examinarme como estudiante libre de primero de secundaria y lo pasé, y me inscribí de una vez en segundo, y lo hice de manera oficial.

Mientras tanto, leía sin cesar, todo lo que me cayera en las manos. En ese año fue que compré un cuaderno para ir poniendo en él, exclusivamente, los títulos y los autores de los libros que iba leyendo, en orden de lectura, y mi afán era llenar esta página para continuar luego con la siguiente… ¡Qué provechoso entretenimiento! 

 

1970. Soy el único en haber hecho tres cursos en un año

 

Como en ese tiempo se podía terminar un curso y, si uno quería, realizaba el curso siguiente en las vacaciones, como estudiante libre, y tomando en cuenta que ya tenía veinte años de edad, pasado de sobra, decidí hacer el tercero de bachillerato en vacaciones (tres meses) e hice el cuarto de matemáticas de manera oficial, y, en las vacaciones siguientes, hice también las materias restantes para completar el cuarto de naturales. Todo en una maratónica jornada que duró justamente un año. El resultado de esta gran dedicación me llevó a ser profesor del liceo secundario de San José de Ocoa, apenas a los  cinco meses de haber terminado el bachillerato, para dar clases de matemáticas, que me gustaban un mundo, y me inscribí de inmediato en la universidad (para estudiar matemáticas), pero los libros me fueron llamando más tarde, y pasé definitivamente a ser profesor de literatura, abandonando la carrera, porque no era mi vocación.

 

Mi primera participación política organizada

 

Estando en cuarto curso de la secundaria llegó mi primera participación política, de manera organizada. Me vinculé al Movimiento de Concientización, del padre Cabezas. Tomé participación, desde esa posición, en las movilizaciones en apoyo a un mejor presupuesto para la UASD y en favor también de los presos políticos, que llenaban para entonces las cárceles dominicanas. Pero los errores de entonces de la izquierda dominicana me llevaron a separarme definitivamente de ese litoral, y, en 1973, fui uno de los dio apoyo al profesor Bosch cuando decidió crear un nueveo proyecto político.

 

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William Mejía

William Mejía escribió esta anotación hace 2 meses. En ella habla sobre Apuntes Sobre Segundos 10 Años Wm.

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